Extravagancia unilateral

Arturo Xicoténcatl

La longevidad, el tiempo, como en los vinos, penetra en la esencia misma, del cuerpo y del espíritu... 22/03/2013 00:35

Extravagancia unilateral

Si una atleta corriera hoy los 400 m planos en una centésima de segundo más rápido que la plusmarca mundial de 47.60 que la alemana demócrata Marita Koch señaló en 1985 en Canberra, Australia, ¿qué tiempo posee más calidad, el actual récord de la atleta del siglo XXI que se elevó hoy al firmamento del atletismo y conmocionó a la prensa, la radio y la televisión o el de la supercompetidora Koch?

No hay discusión en cuanto a que el tiempo, sin duda, es más rápido, pero el cronometraje de Marita Koch es de calidad superior si consideramos que tiene casi tres décadas sin que nadie se aproxime ni siquiera a los 48 segundos. Y en ese lapso el atletismo  evolucionó en forma notable con el soporte de la ciencia, la tecnología, material sintético de las pistas, zapatillas, sistemas de acondicionamiento físico, blocks, estímulos económicos, las sustancias prohibidas incluso.

Podríamos llegar a una conclusión de apariencia paradójica, dentro de un límite de modernidad: ¡algunas marcas antiguas de hace 20 o 30 años si fuesen rotas por estrecho margen, seguirían siendo mejores que las actuales! Desde esta óptica, en la que hay algo de extravagancia y matiz unilateral, ¡un récord viejo es mejor que el nuevo! ¿No es así?

Racimos de niños de 10 años nadan el crawl, el hectómetro libre, en la actualidad mucho más rápido que Johnny Weissmüller, pero eso no los hace mejor en clase, ni se les podría comparar con aquella figura legendaria e histórica, dominante, que brilló en el sprint en los Juegos Olímpicos de París y Ámsterdam.

La longevidad, el tiempo, como en los vinos, penetra en la esencia misma, del cuerpo y del espíritu, y transforma y dota a los récords de algo intangible con la certidumbre transparente y sólida de una clase superior. Hoy se puede ser más rápido pero no mejor.

¡Qué sucede con los récords como el de Marita Koch, el 43.18 de Michael Johnson en 400 m de Sevilla 99, el 2.45 metros en Salamanca, en salto de altura del cubano Javier Sotomayor; el 9.95 m de Mike Powell en Tokio 91, el 10.49 y el 21.34 en Seúl e Indianápolis 88 en 100 y 200 m de Florence Griffith? ¡Muestran en su sello calidad de imbatibles en décadas!

Tiene sentido expresar ¿los cinco centímetros de diferencia en el salto de longitud, el 8.90 m en comparación con el 8.95 m, hacen a Powell mejor que Bob Beamon? Pulse la evolución que se registró en 23 años entre el tartán de México 68 con la fabricación del material sintético del Mundial de Tokio 91.

Son esfuerzos que se aproximan al límite de la capacidad humana, ¿se agotan acaso las reservas del potencial humano en estas pruebas? O falta espolear el espíritu del hombre con el desarrollo social, político, económico, científico, cultural, de una conducta flameante de superación y orgullo, como sucedió en la década de los 70 y albores del 80 con la República Democrática Alemana, con Estados Unidos y Rusia y otros países.

Hoy por hoy en esas pruebas y en otras, por ejemplo, en 5, 10 y maratón, el atletismo carece no sólo de figuras dominantes como se proyectó a través de la pugna agonal, entre etíopes y kenianos, en Haile Gebrselassie a Paul Tergat y de otros astros, sino acaso de un entorno propicio que sea levadura espiritual como sucedió en aquella época. Los récords no sólo son pasión, esfuerzo muscular y ciencia, son además tiempo, historia, circunstancias.

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