Transformar; no sólo administrar
Armando Román Zozaya
13/03/2013 01:44
Durante la celebración de sus primeros 100 días como presidente —evento tan superficial como innecesario, por cierto—, Enrique Peña declaró que su gobierno no sólo administrará al país sino que lo transformará. ¡Qué bueno que ese sea el ánimo! ¡Qué bien que el titular del Ejecutivo en particular, y la clase política en general (esto lo ilustra el Pacto por México), tengan claro que nos urge una transformación! Sin embargo, ¿transformación en qué dirección, a favor de quién y por medio de quién?
Dado lo visto hasta ahora, parece que la transformación será en favor del libre mercado y de políticas públicas que tengan por objetivo equipar a las personas para participar en el mismo: ¡muy bien! Pero no hay que olvidar que, para que los mercados funcionen de verdad, se requiere que la ley sea más que el papel en el que está escrita, que los individuos se sepan y estén seguros con relación a su propiedad, a su persona y a sus decisiones de producción y consumo, por lo menos. Así, una cosa es generar competencia en las telecomunicaciones, por ejemplo, y otra muy diferente que, por eso, nuestra economía funcione mejor y todos los mexicanos nos beneficiemos: sin ley de verdad, sin paz y tranquilidad, no hay economía que rinda adecuadamente. A este respecto, ¿qué están haciendo las autoridades de los estados? ¿Y la federal? El punto es éste: no pongamos la carreta delante de los bueyes; la seguridad pública y la genuina aplicación de la ley son prioritarias. No hay “transformación” del país si no arreglamos ese asunto, incluso si hay reforma educativa, energética, etcétera.
Aun si lográramos una economía que crezca más, no nos servirá de mucho si la gente no es parte de la misma. Por ejemplo, según cifras de Coneval, alrededor de 80% de la población mexicana es pobre o está en situación de vulnerabilidad ante la pobreza. Mayor competencia económica, más crecimiento económico, no les será de mayor utilidad a estas personas si no están educadas y capacitadas, si no están saludables y si ni siquiera cuentan con infraestructura para ser partícipes de los mercados. A este respecto, la reforma educativa y la cruzada contra el hambre son buenas ideas, pero también urge que el Seguro Popular opere bien y de verdad. Es imperativo igualmente, entre otras cosas, que se construyan más y mejores carreteras y que, dentro de las ciudades, se mejore la movilidad. Todo esto exige una reforma fiscal orientada a minimizar la evasión, eliminar nuestra dependencia absoluta del petróleo y maximizar el gasto público. Si todo lo anterior no se concreta, la “transformación” de México sólo favorecerá a algunos, a los de siempre; las cosas habrán cambiado para permanecer igual.
El hecho de que el gobierno se conciba como el gran transformador es positivo pues, por lo menos, deja ver voluntad de trabajar para bien. Sin embargo, es un error analítico y práctico el plantear que la transformación de la que habla Peña Nieto ocurrirá de arriba hacia abajo, es decir, de la autoridad hacia la ciudadanía; los países que han logrado transformarse y dejar atrás muchos de sus problemas sí contaron con autoridades involucradas en el proceso, pero, a final de cuentas, es la gente, la sociedad, la que saca las cosas adelante. Enrique Peña y su equipo se equivocan, entonces, al asumir que ellos, y los políticos, son los que van a transformar a México: ¿qué papel nos toca a nosotros, los ciudadanos? ¿En qué vamos a contribuir y cómo? No somos entes pasivos, esperando la salvación. ¿O sí? La autoridad debe incorporar a la sociedad en el cambio. Debe, también, lograr que ésta se comprometa con éste. Es más, la transformación que el país exige pasa, necesariamente, porque todos y cada uno de nosotros entendamos que, con diversos grados de responsabilidad, el país está en nuestras manos; no sólo en las de quienes gobiernan.
Transformemos, pues, a México, pero entre todos, para todos y a favor de todos.
Twitter: @aromanzozaya
