Del mito al mitote: creación y copia

Antonio Toca

En nuestro medio la copia tiene una connotación negativa. 09/03/2013 00:34

Del mito al mitote: creación y copia

En la civilización Occidental se ha mitificado la labor del creador —igualándola a la de Dios— porque se considera que crea a partir de la nada. Este mito ha permeado todas las actividades creativas, fijando en millones de personas la idea de que cada obra debe ser original y única. La diferencia entre crear algo, copiarlo o repetirlo, explica que Oscar Wilde advirtiera que la creación tiende a repetirse… y que para evitar ese conflicto muchos artistas se copian a sí mismos o copian a los demás en aburrida repetición (Obras completas. Editorial Aguilar, Madrid, 1967 p. 914). Sin embargo, en nuestro medio la copia tiene una connotación negativa: es una acción reprobable. Se glorifica tanto la creación, que es lógico que se considere a la copia como algo indigno; porque no crea, sólo reproduce.

Lo que resulta paradójico es que en otras culturas, como las de China o Japón, la copia tiene una connotación positiva, porque se considera que para aprender es fundamental copiar de la manera más precisa las obras que se consideren relevantes de un maestro reconocido. De manera similar, en Occidente, la evidencia histórica y experimental ha revelado que durante siglos, el método para aprender y dominar un arte o una práctica fue copiar cómo un maestro diseñaba y realizaba sus obras. En las artes, en la arquitectura y en el diseño, el aprendiz copió para reproducir fielmente la obra de un maestro ya que, con tiempo y dedicación, se podía conocer mejor la obra, los materiales y la técnica originales y —a partir de esta experiencia— se adquiría el oficio y la capacidad para poder crear nuevas obras. El proceso de repetición es una forma muy efectiva de aprender y, al realizarlo, el aprendiz se convertía en oficial y después en un maestro. A pesar de las evidencias de que grandes creadores se iniciaron copiando obras valiosas, muchos aún consideran que sus creaciones no tuvieron antecedentes: la obra de Mozart o la de Picasso desmitifican esa suposición.

Se ha estudiado que antes de saber hablar, un bebé distingue gestos y sonidos; de hecho, copia lo que ve y oye en su entorno. Se quiera o no admitir esa evidencia revela que aprender es, primero que nada, imitar. Inclusive desde muy pequeño el niño sabe distinguir entre una cosa y otra, y esa capacidad para reconocer semejanzas y diferencias es una de las habilidades más útiles que nos permite entender y ordenar el mundo.

Como lo señaló Erich Fromm, la creatividad es la habilidad de ver… y responder. Eso implica desarrollar la habilidad para reconocer obras valiosas, para responder después con una obra que puede ser una evolución o una ruptura, con respecto a las ya realizadas. Lo que resulta sorprendente es que se intente una ruptura, sin tener primero la habilidad y el oficio necesarios para poder crearla. Repetición y ruptura son parte de la evolución de todas las artes. La primera asegura la continuidad de la tradición y se apoya en pasadas experiencias. La ruptura, en cambio, ofrece nuevas formas y maneras de crear, descartando o modificando el pasado.

Ese proceso de repetición y creación —realizado en talleres dirigidos por maestros— permite aprender de manera directa cualquier actividad artística, sea arquitectura, escultura, danza, música, pintura o poesía. Por eso, suponer que la habilidad de crear es inexplicable es un gran mito —un verdadero mitote—; que desprecia la evidencia de que aprendemos imitando, mejorando y transformando lo que vemos, oímos o tocamos.

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