Tacones gourmet

Anna Bolena Meléndez

Así, con mi vestidito llegué a uno de los restaurantes más hot de la ciudad. 21/03/2013 00:40

Tacones gourmet

Lo que haría por un postre… sobre todo si es de chocolate. Les voy a contar la historia sobre un postre de chocolate que me hizo escribir toda esta reflexión.

Los que me conocen saben que tengo una pasión por la comida. Siempre he sido una buena tragona, desde tacos de esquina hasta restaurantes fifiri-nice. De unos años para acá me volví amante del vino tinto de la mano de volverme aficionada de cocinar. Nada de esto me parece raro siendo que está de moda y ahora las mujeres hemos regresado a la cocina por la puerta grande, le quitamos el estigma de mujer abnegada y la convertimos en una parte cool de ser mujer —y hasta hombre—.

Esto ha hecho que los chefs se vuelen la cabeza y se inventen una cantidad de platillos exóticos y restaurantes sobrevalorados, alrededor del planeta. Qué sería de unas buenas vacaciones sin ir al restaurante megahot del destino en el que estamos. Ponernos nuestros tacones favoritos y aquel vestido que espera ansioso porque a un nuevo chef se le ocurra algún platillo estrambótico, es parte del nuevo gourmet.

Así, con mi vestidito y mis tacones llegué a uno de los restaurantes más hot de la ciudad. Lo primero que llegó fue una carta en iPad que le rompía el hocico al ambiente romántico iluminado por velas del lugar. Yo no sé si es la edad o me sigue gustando más ver un menú en papel, en donde pueda navegar de adelante para atrás sin tener que empezar de ceros y sin tener que perder la vista.

Por fin, después de ir y venir en el bendito iPad escogimos lo que comeríamos. De los precios ni voy a hablar porque esa podría ser otra columna completa y prefiero no recordarlo para eso de evitar las agruras.

A la mesa de al lado le llegaron sus platillos, y cómo no notarlo si los platos tenían una decoración un tanto exuberante. Juro por la palomita buena onda que no exagero y tras ver ese derroche de ridiculez comencé con esta reflexión que les comparto hoy: cada plato tenía clavado un tenedor o espada o pez gigante que impedía que los comensales pudieran seguir conviviendo con sus compañeros de mesa. No exagero, a un tipo le sirvieron un corte de carne y literalmente el bendito tenedor de decoración le tapaba la cara. O sea, dejé de ver al señor mientras se comió su platillo. Sin mencionar que los meseros parecían mudanceros.

A la mesa de al lado le llegó un postre que rayaba en la estupidez humana: un vil algodón de azúcar del tamaño de un meteorito que acabó con la conversación de sus dos comensales. Les juro que ambos se tenían que asomar por los lados para poder platicar. Me di un clavado en la carta y el mugroso algodón de azúcar que compramos en Coyoacán por 15 pesos, costaba más de 250 pesos. No se vale.

No se vale que un chef le ponga ese costo a un pinchurriento algodón de azúcar en esteroides y no se vale que nosotros seamos tan pen... de pagarlo.

Por lo regular, estos restaurantes que se han puesto de moda, en los que los precios le dan una buena mordida a tu quincena, ni siquiera son tan ricos. Te hacen creer que son deliciosos y como todo el mundo va, ahí va uno de borrego. Te sacan todos los trucos baratos como cartas en iPad y plato muy acá para hacer valer lo que no vale su comida. Juro que he comido en lugares cero pretensiosos, en donde cocinan chefs maravillosos y que no salgo con remordimientos post-comida.

Con toda esta reflexión en la cabeza y riéndome de la imbecilidad humana, ahí voy yo a pedir mi postre que jamás perdono…

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