Tacones de telenovela
Anna Bolena Meléndez
Todos tratan sobre una débil mujer que es abusada por otras mujeres. 15/03/2013 00:16
Todas nos hemos clavado algún día con una telenovela. Una de esas historias rosas que durante seis meses nos tienen como tontas, postradas frente a un televisor esperando que Fernando Colunga le pida matrimonio a la Cenicienta del momento.
Yo sí me eché Rosa Salvaje, Cuna de Lobos, las Marías de Thalía… ¡uff!, la de Diana Salazar (recuerdo el final casi tan vívido como el final de Dumbo). Eso de haber crecido sin que la televisión por cable existiera, o por lo menos sin que se tuviera acceso a ella, nos hacía recurrir a la lista de telenovelas diarias con las que se emboban muchas familias mexicanas.
En estos días les estaba echando la culpa a los cuentos de Disney y a las películas hollywoodenses por nuestros “temas” emocionales, pero ahora me doy cuenta de que no solamente ellos tienen la culpa; también la tienen las benditas telenovelas.
Desde cuentos y películas hasta telenovelas, nos han tatuado en nuestro ADN femenino arquetipos de personajes que protagonizan y antagonizan al amor. Todas ellas con un final feliz: el matrimonio para los protagonistas y muerte o locura para los malos.
¡Qué atorada nos pasaron a dar! Porque desde que nuestra cabecita comienza a formarse entre juicios, personalidades y caracteres, nos sientan a que estos tres géneros nos enseñen al amor de manera completamente errada.
Todos tratan sobre una débil mujer que es abusada por otras mujeres que quieren impedir que llegue a su final feliz, para, de preferencia, ellas quedarse con ese final feliz y, con métodos bajos de seducción, conquistar al príncipe que le corresponde a la pobrecita. Pero el príncipe lucha y lucha contra dragones, o contra lo que le toque, para poder subir a la torre, o adonde sea que se encuentre la bendita princesa, para rescatarla de otra mujer, por lo regular una bruja, que también se la quiere ‘ingar.
Eso sí, en las maravillosas telenovelas, género que se repite una y otra vez bajo otros nombres y cambio de actores, siempre la débil Cenicienta se rebela y hace un regreso triunfal al mejor estilo Kill Bill para romperle su mandarina en gajos a las brujas malditas que se le quieren quedar con el pastel.
Y ese es el amor que conocemos: historias de mujeres que tras morir en un incendio resucitan con otra cara completamente diferente a la que tenían, amnesias que no les permiten reconocer a su príncipe un tanto atolondrado por las bitches que le hacen la vida imposible a la protagonista. Protagonistas tan buenas, tan buenas, pero tan buenas que rayan en pen---; antagonistas tan malos, tan malos, que terminas deseándoles el infierno o la muerte o, de perdida, la locura.
Llanto, mucho llanto por ese amor por el que se debe luchar apasionadamente, contra viento y marea —título de una reciente telenovela que no vi y no sé por qué me lo sé—. Títulos trillados que ya hasta broma parecen.
¿Y qué nos han dejado esos cuentos y telenovelas? ¡Puras fallas! Porque si en verdad la vida fuera una telenovela, como no recuerdo qué eslogan lo dice, tendríamos por sentado que toda historia de amor dramática hasta raspar las banquetas, tendría como final un matrimonio, y todas sabemos que no es así.
Así que, mis queridas Cirilas telenoveleras, dejemos de creer de una vez por todas que el amor está demarcado por estereotipos que para lo único bueno que sirven son para contar historias repetitivas.
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