El secreto de los tacones

Anna Bolena Meléndez

Todos sabemos secretos que nos llevaremos hasta el fondo de la tumba. 14/03/2013 00:23

El secreto de los tacones

Todos nos enteramos de los secretos de otros. Algunas veces porque las personas nos cuentan sus propios secretos y otras porque la indiscreción de algunos nos lleva a conocer secretos de otros que se supone que serían secretos.

Y para qué están los mejores amigos sino para que nos sirvan como baúl de nuestros secretos. Todos sabemos secretos que nos llevaremos hasta el fondo de la tumba y otros secretos de los que habríamos preferido no enterarnos.

Pero hay de secretos a secretos; secretos que cuando dejan de ser secretos te abren una caja de Pandora que bien podría haberse quedado encerrada en sus propios secretos. Secretos que envuelven a otros, incluso la dignidad de otros y que prometes guardar por jurar callarte antes de que siquiera te contaran el secreto.

Secretos que sabes que si los involucrados los supieran probablemente su vida cambiaría. Secretos que pesan más que una tonelada de cemento y que de liberarlos te convertirían en traicionero. Pero cómo se le llama a quienes cuentan un secreto con el fin de desahogar su propia tonelada de cemento y no piensan que entregar esa estafeta de información es de lo más egoísta.

Un secreto es una responsabilidad no solamente para quien lo desea guardar sino también para quien se escoge como compañero de carga. Por eso uno no puede ir por la vida contando todos sus secretos. Un secreto se debe saber a quién se cuenta, y no dejar entre la espada y la pared a una persona por culpa de secretos ajenos.

Por eso se llaman secretos porque muchas veces es mejor atragantarte con tu propia información que obligar a otro a que la cargue contigo.

Y es que lo primero que uno debe de hacer antes de contar un secreto no es preguntar: “¿Juras por tu vida no contarle a nadie lo que te voy a contar?”, sino ofrecer la posibilidad a esa persona de decidir si desea o no guardar un secreto y qué tipo de secreto.

Sí hay tipos de secretos, uno que no importa contar porque el único involucrado eres tú y simplemente depositas tu confianza en otro para que guarde tu secreto y los que involucran a otras personas que deberían conocer ese secreto, convirtiendo al interlocutor, no solamente en un portador de dicho secreto sino en un cómplice de quien en primera instancia necesita guardar ese secreto.

Cuando uno no conoce a los afectados por dicho secreto se hace más fácil guardarlo, pero cuando juras no contar algo y luego te dejan caer la loza de cemento que contiene hasta traicionar a seres queridos por culpa de una promesa que se hace a ciegas, todo toma un diferente color.

Por eso es mejor dejar los secretos en secreto. No involucrar a más personas que a lo mejor no quieren guardar ningún secreto, o mejor aún no hacer cosas que tengas que guardar en secreto.

Y la próxima vez que te pregunten “¿juras que lo que te voy a contar no lo contarás a nadie?”, ya sabrás que lo mejor es cerciorarse de qué clase de secreto están hablando y quiénes son las personas que nunca podrían enterarse de ese secreto. Así tienes chance de saber si lo quieres guardar o no.

Porque como reza el dicho: “entre menos sepas… más vives.”

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