Treinta y dos Tacones

Anna Bolena Meléndez

Es sabido de muchas mujeres que no saben recibir un halago y lo intentan revertir. 13/03/2013 01:27

Treinta y dos Tacones

Nunca he comprendido muy bien por qué algunas mujeres –y hombres– le tienen tanto miedo y hasta repudio a envejecer. Algunos me dirán que porque sigo siendo joven, pero no lo creo: planeo tomar mi vejez con dignidad y a lo mejor hasta dejarme ver mis canas (esto último aún lo estoy considerando).

Hace unos días me encontré con una señora que oscila los sesenta y lleva varios meses ejercitándose bajo régimen de entrenadora. La vi comenzar un tanto gordita, y ahora la veo progresar y soy testigo de que el ejercicio le ha sentado de maravilla.

Soy una persona que no halaga por halagar ni dice cosas que no siente o piensa por la sola necesidad de quedar bien. Creo que los halagos son bellos, sobre todo cuando son sinceros; me gusta decirle cosas lindas a la gente incluso aunque no los conozca, por eso le dejé saber a la señora que el gimnasio le estaba sentando de maravilla.

Bien es sabido de muchas mujeres que no saben recibir un halago y lo intentan revertir con una bomba de cosas negativas sobre ellas mismas. En vez de decir “¡gracias!” y tomarlo como un motivante más en su lucha diaria por ir a levantar pesas, me dijo: “Ay, mijita, una a esta edad ya no le sienta nada bien. Estos pellejos ya no vuelven a su lugar ni aunque me mate haciendo ejercicio. Después de mi tercer hijo esta panza no la desapareces con nada. Es que la edad no llega sola, por eso disfruta de tu juventud”.

No pude hacer más que sonreírle y quedarme pensando ¿por qué ella no disfruta de su vejez así como yo debería de disfrutar de mi juventud? No sólo me llama la atención lo difícil que les resulta a algunas personas recibir un complemento sin rebatirlo con todo lo malo que tienen, sino que a muchas personas les cuesta trabajo aceptar la vejez con alegría.

Claro, la juventud tiene sus ventajas, comenzando porque biológicamente te queda más tiempo para vivir, pero la vejez también tiene muchas cosas buenas que en la juventud no se gozan como: sabiduría, paciencia y experiencia.

Definitivamente la edad se lleva en el alma, el cuerpo es solo un cascarón que nos sirve para dar la mano al saludar, para sonreír y portar las canas que comienzan a salir cuando menos te los esperas.

Tengo un sinfín de ejemplos a mi alrededor que me confirman que la edad no es más que la forma relativa que tenemos para medir nuestra vida de manera cuantitativa, pero no se nos puede olvidar la cualitativa.

Conozco viejos de ochenta y dos años que siguen ejerciendo, jugando tenis y con más vitalidad que muchos veinteañeros. Veo hombres y mujeres en sus setenta que pareciera que los años no les hacen ni cosquillas, y personas de cuarenta que se han acabado. Veo diferentes tipos de arrugas: arrugas que narran la cantidad de carcajadas que un viejo ha tenido en su vida, y las que cuentan sobre la amargura de un joven cincuentón que frunce su seño a cada paso que da.

Así que hoy que cumplo treinta y dos años, recibo con dignidad tanto a la primera cana que me encontré hace unos cuantos días, como a mis jóvenes arruguitas que le darán carácter a mi cara cuando llegue mi vejez. Acojo con agradecimiento y amor todo lo que tener treinta y dos años me trae, sin vergüenza de decir mi edad, sin necesidad de restarla. Así, cuando alguien me diga que me veo bella sin maquillaje, sabré aceptar el halago sin argumentos y sonreiré.

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