De anillos y tacones

Anna Bolena Meléndez

Yo sí acepto que toda la vida soñé con mi anillo de compromiso. 11/03/2013 00:42

De anillos y tacones

Disney es en parte culpable de que todas las mujeres busquemos el amor en hombres que no existen. El estudio de cine del ratón y otros colegas suyos de Hollywood son responsables de que creemos fantasías en nuestra cabezota, que no nos dejan ver y, a veces, ni disfrutar la realidad.

Yo sí acepto que toda la vida soñé con mi anillo de compromiso. Aunque por momentos perdí la fe en el matrimonio, quería, por lo menos, portar un bonito anillo que me recordara todos los días aquel especial momento en que Cirilo se arrodillara frente a mí para comprometer nuestras vidas. Ese día en el que ellos se rompen la cabeza para lograr hacerte la mujer más feliz del planeta ha sido alimentado por las cientos de películas rosas en donde ella, con un vestido de sueño y pinta de princesa, se tapa la boca de emoción mientras su chico se arrodilla y le pregunta: “¿Te quieres casar conmigo?”.

Entonces, cuando nos encontramos en una relación seria, soñamos con que el escabroso tema de casarnos salga a flote con Cirilo sin que huya por la primer salida de emergencia. La verdad es que te pueden querer mucho pero para desear casarse contigo se necesita mucho más que eso.

A los hombres les da pánico el compromiso, pero cuando la mera mera llega, ese miedo se disuelve casi por completo y toman el paso con la misma alegría que lo tomamos nosotras. Buscan el anillo perfecto, se toman su tiempo para pensar cómo es que te lo van a dar y descifran cómo sería la forma más romántica para entregar ese símbolo que se porta en el dedo del corazón.

El problema de todo esto es que nosotras, con la información en las manos de que pronto nos entregarán ese anillo tan esperado, nos convertimos en un personaje de película de Hollywood y comenzamos a disfrazar de escenarios perfectos todo en nuestro alrededor.

Si nuestro Cirilo nos invita a cenar —como todos los viernes, por ejemplo—, juramos que esa cena va a ser “la cena”. Nos arreglamos con el vestido que queremos portar por primera vez nuestro hermoso anillo de compromiso. Nos vamos a hacer manicure porque “Cirilo me invitó a cenar muy sospechoso”. Mejor dicho, nos disfrazamos de princesa con el pie listo para que nos quede la zapatilla.

Le vemos cara de cómplice al mesero, tomamos despacio el vino, no vaya a ser que nos atasquemos con el anillo, que podría estar en todos los lugares clichés que nos han enseñado en las películas. Si la comida pasa sin que ningún anillo aparezca, desmenuzamos al postre en busca de una piedra brillante. La cena termina siendo casi amarga de tanto esperar.

Mi anillo me fue anunciado como que llegaría en el momento menos esperado, por eso, tras maquillar cada momento trillado de una perfecta oportunidad para que llegara mi anillo, me tocó olvidar un poco el tema y conformarme con saber que venía el camino. Sólo debía dejarlo de esperar.

Y sí, llegó cuando menos lo imaginé —probablemente a muchas les pasó también—: una noche en la que mis pies sufrieron la consecuencia de hacerla de anfitriona con tacones, Mr. JC y yo nos fuimos a caminar al parque, no sin antes yo decirle: “dame un segundo, que me voy a cambiar”. En efecto, cambié a la princesa de vestido y zapatos perfectos por la Cenicienta lavapisos: pants, chongo, chanclas y lentes. Obvio, debía ir cómoda a una caminata postcena.

Allí, con las estrellas y mis fachas por testigo, se arrodilló en una piedra frente al mar y me pidió matrimonio cuando menos lo esperé…

                www.twitter.com/AlasdeOrquidea

                AlasdeOrquidea@gmail.com

                www.taconesycorbatas.com

                www.alasdeorquidea.com

                www.facebook.com/AlasdeOrquidea

                www.youtube.com/AlasdeOrquidea

Redes sociales

Comparte tu opinión