Hacia la gobernabilidad democrática
Alberto Begné Guerra
04/03/2013 00:54
Desde la firma del Pacto por México hasta los acuerdos de la Asamblea Nacional del PRI, pasando por las reformas —aprobadas o en curso— en materia educativa, amparo y telecomunicaciones, entre otras, así como por la decisión de poner fin a la mafia sindical del magisterio, el ejercicio de la política y el poder público ha puesto al país en movimiento. El contraste es inevitable. Durante 12 años, no obstante la gran legitimidad que les otorgaban seis décadas de oposición democrática y el voto ciudadano, los gobiernos panistas no fueron capaces de construir un proyecto de cambio que cumpliera las expectativas generadas por la alternancia. Y lo que es peor: vaciaron de contenido, orientación y eficacia la esfera del poder público, doblegada una y otra vez por los llamados poderes fácticos.
Recibieron, no cabe duda, la pesada herencia de las estructuras corporativas, las prácticas clientelares y los intereses monopólicos formados en el viejo régimen priista. Pero tuvieron opciones para enfrentarlos. Una alianza reformista entre el gobierno de Vicente Fox y el PRD, por ejemplo, pudo ser una herramienta efectiva para desmontar las bases del entonces maltrecho aparato del PRI. Su ignorancia, frivolidad e impericia, sin embargo, cerraron esa posibilidad. Las condiciones de Felipe Calderón fueron mucho más difíciles de entrada: su cuestionada legitimidad y el desafío del crimen organizado estrecharon sus márgenes de maniobra. Pero lo cierto es que pudo haber obtenido mejores resultados mediante acuerdos estratégicos con el PRI —que dieron resultados en la primera parte de su gobierno—, si no hubiera incurrido en una conducción tan errática y contradictoria de la relación con este partido, por no hablar de la obsesión monotemática de su gestión, plasmada en la guerra contra el narcotráfico, cuyos costos humanos, sociales y económicos —lo que, con ligereza, llamaron daños colaterales— aún no terminan de revelarse en toda su dimensión.
A casi cien días del inicio del gobierno de Enrique Peña Nieto, el saldo más positivo tiene que ver, precisamente, con la recuperación de la política y el poder público como los instrumentos indispensables para la negociación y los acuerdos, las decisiones y la acción. La parálisis de los últimos años parece quedar atrás. Y lo más importante es que el movimiento del país se está produciendo en el marco de las instituciones y la pluralidad. Sería prematuro sostener que hemos cruzado la meta de la gobernabilidad democrática, que no es otra cosa que la eficacia del poder público dentro de los límites de la democracia constitucional, pero sí es pertinente afirmar que, hasta ahora, con la decisiva contribución de los dirigentes de los tres principales partidos, ha sido trazada la ruta indicada para llegar a ella.
*Socio consultor de Consultiva
abegne.guerra@gmail.com
