CIUDAD DE MÉXICO, 2 de septiembre.- Las calles por las que corre Pancho son de los años 90. Por lo menos así las imagina cuando atraviesa la Ciudad de México con una mano atada a la de Gabriel, su guía en aquello de mover las piernas con los ojos cerrados.

Pancho es casi ciego, tiene una bala en la cabeza y recrea en la mente el México tal y como lo dejó de mirar. Su trote es ligero, trae un antifaz que le cubre los ojos y se deja guiar por la voz de Gabriel.

Pancho no lo sabe, pero está justo a un  lado del Hemiciclo a Juárez. Gabriel, quien se ha convertido en sus ojos, le platica todo lo que pasa a su alrededor: La Alameda, las miles de piernas que se mueven sin rumbo fijo, la gente en calzoncillos y números en el pecho, la Torre latinoamericana en una esquina y la voz que suena potente cada vez que menciona: “¡amigos corredores, estamos a unos minutos de que dé inicio el Maratón de la Ciudad de México!”

Pancho no alcanzó a presenciar el remozamiento de La Alameda y se la imagina tal y como la vio hace 21 años, cuando era un corredor de maratones y tenía 26 años. Entonces no necesitaba que alguien corriera a su lado, que le avisara cada vez que se acerca un tope, un bache, una coladera.

¡Pum! El balazo se escucha y los miles de corredores, ansiosos, saben que es el inicio de una aventura que se alargará durante 42.195 kilómetros. Para Pancho ese sonido significó una tragedia aquel 23 de febrero del 93, cuando Francisco Hernández tenía 26 años y era de la policía montada.

Mi caballo era negro, tosco y se llamaba Malacatonche. Con él recorría todo el Ajusco cada 48 horas y también corría a placer. ¿Qué sucedió?, un día que estaba fuera de servicio fui a cobrar mi quincena y de pronto sentí un fuerte impacto que retumbó en mi cabeza. Cuando desperté me enteré que tenía una bala en el pómulo izquierdo, que había perdido el ojo derecho y me había afectado el nervio óptico del lado izquierdo. En un inicio tenía un  60 por ciento de vista en el ojo, pero poco a poco la visión se ha convertido en sombras y movimientos borrosos.”

Correr bajo la lluvia es algo que no estaba programado para los maratonistas, aunque para Pancho hay cosas peores en la vida. Corre con antifaz para que no lo distraiga la mínima visibilidad que tiene en el ojo izquierdo. Escucha las indicaciones en la voz de Gabriel, así como las incontables pisadas que chocan con los charcos y los gritos de apoyo que de alguna manera le indican a Pancho por dónde habrá que correr.

Pancho tiene 47 años. Gabriel es ocho años mayor. Se conocieron sobre el camellón de la calzada Zaragoza donde solían entrenar, Pancho se había quedado sin guía para las carreras y Gabriel había comenzado a entrenar a chamacos que gustan devorar kilómetros en cualquier terreno.

“Ya llevamos así como cinco años”, asegura Gabriel Fabre, quien se ha convertido en entrenador, amigo, guía y la sombra de Pancho. “Tres horas diarias, seis días a la semana”.

No han pasado ni cinco kilómetros cuando la angustia llega al corredor invidente. “¡Gabriel, ya no aguanto las ganas de ir al baño!”. Ambos se desvían de la ruta y se detienen junto a un arbolito, detrás de un camión. “Yo no me preocupo, porque no veo dónde estoy”, bromea Panchillo, mientras Gabriel le dice que se apure, antes de que un  oficial les llame la atención. Increíble, cinco kilómetros más tarde se repite la acción.

Con la vejiga tranquila y los pies en movimiento, Pancho escucha a su guía: “Adelante de ti está el Ángel de la Independencia... a tu derecha está un corredor acalambrado... tope a cinco metros”. Y Panchillo recurre a la memoria para darle cuerpo a las palabras de su guía. Se imagina el viejo Ángel, el Paseo de la Reforma de hace dos décadas, el corredor que se revuelca por culpa de los calambres. Ya tendrá tiempo de soñar alguna noche esta carrera y mirar todo lo que escuchó.

Porque Pancho sueña con los ojos abiertos y “entonces veo todo lo que escuché. Seguro que no son las imágenes reales, pero me gusta mirar las cosas, aunque sólo se trate de un sueño. De pronto despierto y trato de abrir los ojos. Es triste regresar a la realidad”.

La carrera se alarga y para invidente y guía el tiempo se mata con charla, pedacitos de sándwich, traguitos de líquidos e historias que sólo uno de los dos alcanza a observar. Pancho confía en lo que dice Gabriel, así como en los ruidos que escucha con más detalle que un corredor convencional. Escucha a los corredores que jadean, los que dicen palabrotas para animarse, los gritos de apoyo de madrugadores que han decidido asomarse a las banquetas, así como las bocinas de aquellos locos al volante que no entienden a los otros locos; los que prefieren salir a correr hasta el cansancio.

“Gabriel se ha convertido en mis ojos. Él es quien maneja”, explica Pancho, al referirse a que su guía es quien jala del cordón que une sus manos para indicarle hacía dónde dirigirse. “¿Cómo es Gabriel?  Sé que usa lentes, tiene el pelo alborotado y está flaco. También es regañón”.

Fabre sabe que tiene prohibido cansarse, pues los guías deben estar más preparados. “Además de aguantar su ritmo, hay que estar atentos para que no choque con alguien o no pase por un bache”, explica Gabriel, quien además le da trocitos de comida a Pancho durante el recorrido.

Aún así, Pancho se queja de tanto bache en la carrera, así como el lodo dentro del Bosque de Chapultepec. “A veces llegas a chocar con algún corredor y éste te devuelve el golpe. Después se dan cuenta que soy ciego y ya no saben cómo disculparse.”

Panchillo tiene tiempo durante la carrera para acordarse de Maribel, aquella amiga que fue a visitarlo cuando estaba hospitalizado. “Cuando salí del hospital ya éramos novios y más adelante se convirtió en mi mujer”. Dice que tienen tres hijos (Lizbeth, Francisco Javier y Maricarmen), a quienes conoce por su voz, el tacto y hasta el sonido de sus movimientos.

Hasta sus oídos llegan rumores de que un mexicano ha ganado la carrera. Gritos de júbilo entre los corredores por una noticia falsa. Mientras Gabriel y Pancho toman Insurgentes, un ciervo peruano ingresa asustado y veloz al estadio de Ciudad Universitaria. Detrás de él cuatro panteras africanas tratan de darle alcance. Imposible.

Pancho y Gabriel tampoco ven a los rarámuri que descalzos cruzan la línea, los corredores disfrazados de superhéroes o a la mujer embarazada que uno no se explica cómo diablos recorrió los 42 mil 195 metros con una panza a punto de explotar. Tampoco miran a Roberto, el corredor que llega a la meta de la mano de Astrid y se hinca frente a ella para mostrarle un anillo de compromiso.

Pancho sabe que está cerca de CU porque la gente le grita que ya falta poquito. También lo entiende su cuerpo, que acusa cansancio. Gabriel no baja el ritmo, no se puede dar ese lujo.

Un murmullo le hace entender a Pancho que el estadio en donde juegan los Pumas está a la vuelta de la esquina. Entonces crecen los gritos de apoyo y el jadeo de los otros corredores lo ponen alerta.

“¡Vamos a entrar al túnel!”, le dice su guía con voz enérgica. Pancho siente el frío dentro del túnel, los ecos de las pisadas y un leve murmullo al final.

“¡Pista!”, grita Gabriel y es el momento en el que una brisa golpea el rostro del corredor invidente; los gritos de la muchedumbre se hacen escandalosos y la dureza de las calles se transforma en la comodidad de correr en el tartán de la pista en la que hace 46 años el Sargento Pedraza perdió el oro en piernas de un ruso de apellido impronunciable.

Gabriel tira del cordón y es el momento en que ambos dan el último jalón a la maratónica carrera. Pancho cruza la meta a oscuras, pero las piernas y su corazón le indican que todo ha terminado. Ambos se funden en un festivo abrazo.

Quizá el final sea un tanto ingrato. La gente vitorea al corredor invidente, el mismo que saludo de mano a cuanto competidor se acerca a reconocer su esfuerzo. Pero Gabriel, su guía, pasa desapercibido para muchos. Menos para Panchillo.

Ya llegará el momento de regresar a casa y platicar la aventura a la familia. En la noche Pancho volverá a la cama y tratará de soñar la maratónica carrera, ponerle rostro y cuerpo a los corredores que no vio y revivir La Diana, Chapultepec y el Ángel como los miró hace un par de décadas.

Pancho dice que la mínima vista que le queda en el ojo izquierdo se extinguirá en menos de un año. Por lo pronto pone imágenes a los ruidos y voces de una mañana que nunca olvidará.