CIUDAD DE MÉXICO, 29 de agosto.- Una imagen jamás vista, menos esperada. Un salvadoreño, de nombre Marcelo Acosta, en la piscina olímpica de los juegos juveniles de Nanjing. Es la prueba de los 400 metros libres. Junto a él hay un ucraniano, un noruego, un egipcio, un israelí, un polaco y hasta un brasileño. Todos favoritos sobre el centroamericano, pero casi todos, salvo el ucraniano, superados por él.

Marcelo Acosta (11 de julio de 1996) se convirtió en el primer nadador latinoamericano que subió al podio en Nanjing. Superó en esa prueba a un brasileño, a un mexicano de nombre Ricardo Vargas (lugar 19) y también a un cubano, cuyo país ha sido la influencia en el sistema de entrenamiento de El Salvador.

La historia de Marcelo arrancó diez años atrás, en medio de una familia en la que los dos hermanos mayores eran amantes de la piscina. Comenzó todo como una forma de protección. “Los salvadoreños, preocupados por nuestros hijos tratamos de que sepan andar en bicicleta y aprendan a nadar para que si un día van a la piscina, no se vayan a ahogar”, cuenta Mauricio Acosta, padre del nadador.

Sólo tres países latinoamericanos llegaron al podio en la natación de Nanjing: Brasil y Venezuela, dos potencias respaldadas por la chequera de sus respectivos gobiernos, y El Salvador, nación de poco más de seis millones de habitantes y la más pequeña, geográficamente hablando, de Centroamérica.

De entre estas circunstancias pasó Marcelo a entrenar en la unión americana, la base de su éxito. “Lo llevamos a Estados Unidos como un esfuerzo meramente familiar”, cuenta el padre Acosta. “La fortuna de mi esposa y mía está en nuestros hijos, no tenemos ranchos en la playa, no tenemos carros lujosos. Vivimos en una colonia de clase media”, relata.

En una charla telefónica, el mandamás de los Acosta relata las circunstancias de su éxito y, sobre todo, la felicidad de la presea conseguida por su vástago. “No tenemos más que la satisfacción de haberle dado al país la primera medalla de plata en la historia”, presume. “Desgraciadamente no se invierte con decisión de parte del gobierno central”, lamenta. “Tenemos una beca de 300 dólares mensuales, y a esta fecha en 2014 no le han dado ni cinco. Está presupuestado, pero no nos han autorizado entregarlo”, lamenta.

Una vez que Marcelo dio sus primeros buenos resultados, las autoridades deportivas de El Salvador decidieron apoyar la misión. “Es de voluntad, nunca me he considerado víctima. Nosotros concebimos a nuestros hijos y estamos obligados a sacarlos adelante, nunca he estirado la mano para que me den algo.”

Entre el esfuerzo familiar y la aportación del Comité Olímpico y el gobierno salvadoreño, Marcelo Acosta pudo ir a Estados Unidos, pulió detalles para llegar en forma a la piscina de Nanjing y dio la primera medalla en la historia de la natación olímpica para su país. También fue el primer podio de Latinoamérica en esa competencia.

“El COES nos daba alimentación y pago de la vivienda en Estados Unidos y nosotros pagamos todos los Grand Prix a donde ha acudido Marcelo este año. La familia, la federación y el Comité Olímpico”, dice Mauricio Acosta.

Abogado de profesión, el papá Acosta no encuentra una cifra económica para explicar el valor de la medalla; apenas atina a establecer un comparativo. “Seguro que el costo de nuestra plata ha de ser mínimo respecto a lo que invierten los países que han ganado el oro, realmente los medios son limitados, nos ha movido más el coraje, el deseo, ese horizonte de conseguir lo que desea Marcelo, es un guerrero”.

El medio de supervivencia

En un país históricamente azotado por temblores (2001) y huracanes (1998 y 2005), con 12 por ciento de desempleo, la natación se ha convertido en un medio de supervivencia para Marcelo Acosta.

“En El Salvador difícilmente se va a vivir del deporte, queremos que ingrese a una buena universidad en Estados Unidos, que sea buena en su programa de natación porque de lo contrario perderíamos, como nos ha pasado antes, a los atletas porque tienen necesidad de estudiar para poder vivir más adelante”, dice su padre.

La idea es que Marcelo viva y estudie en la unión americana, que eleve su nivel deportivo y siga representando a Estados Unidos. A nivel regional, espera que sea un impulso para mejorar resultados. “La medalla de Marcelo debe ser un ejemplo a Latinoamérica para voltearnos a ver, porque algo bueno hemos hecho, podríamos estrechar relaciones y no vernos con indiferencia”, reclama.

“Esta es la mejor muestra de que hemos entendido cómo se hacen los atletas, ya no hay de que estos son negritos o chiquitos, Latinoamérica ha cambiado el físico de los muchachos. Mi hijo mide 1.80, no hay que envidiarle a Europa u otras partes del mundo”, defiende.

Ahora esperan dinero (1.8 millones de dólares) para ir a los Centroamericanos y del Caribe de Veracruz, luego pensarán en el Mundial de piscina corta de Qatar, enseguida los Panamericanos de Toronto. “Que se mantenga estudiando en Estados Unidos, que compita allá y represente al país en los eventos internacionales. Luego pues llegar a Río, llegar a finales sería fantástico”, dice el padre Acosta sobre sus metas, mientras en México un objetivo así queda muy lejos siquiera de ser pronunciado.