CIUDAD DE MÉXICO, 28 de agosto.- El Club Universidad, fundado el 28 de agosto de 1954, cumple 60 años en medio de una crisis que tardará en enterrar, salvo que suceda una serie de hechos inesperados. Perdió la brújula y renunció a su identidad en los recientes años para sumergirse en una época gris que lo ha llevado a perder protagonismo en la Liga MX, a vivir entre críticas y descalificaciones, y a mirar a lo lejos cómo otros clubes disfrutan de la gloria. Pero aún así su festejo debe de ser acorde a su envergadura. 

Su historia está repleta de pasajes llenos de gloria que le pueden servir como ejemplo para retomar el rumbo: Es la cantera de la que salieron gran parte de los mejores jugadores del país. Es el laboratorio de técnicos y directivos que ha servido de ejemplo a otras instituciones. Es la institución que aprendió a desafiar a los poderosos con un puñado de jóvenes y con los recursos económicos mínimos que ha enarbolado la frase del “bueno, bonito y barato”.

Es la organización con una de las aficiones más numerosas, estruendosas y fieles, siempre con una causa por defender. Es el club que se ha convertido en base de la Selección Nacional en múltiples ocasiones, pero no en la actualidad. Y sobre todo, representa a una de las instituciones más importantes en la historia de la nación, la Universidad Nacional Autónoma de México. Por eso debe celebrar.

Excélsior echa un vistazo a sus archivos, platica con la gente que le dio brillo al azul y oro, hurga en los recuerdos para tratar de representar todas las maravillas que han encontrado origen en Ciudad Universitaria para presentar este especial que no se debería perder ningún aficionado del club. En estas páginas aparece la diestra de Ricardo Ferretti golpeando con rencor el balón para clavarlo en uno de los ángulos de la portería defendida por Adrián Chávez con la que los Pumas derrotaron a su más enconado rival: América.

Aparece el menudito Manuel Negrete y su zurda privilegiada con la que hacía magia. Las chilenas y desparpajo del Niño de Oro previo a emigrar a España donde se codearía con gigantes, recordado por José Luis López, al que se le reconoce como el primer Pareja y con quien a su lado derribó la leyenda del Cruz Azul en 1981. Los goles de Evanivaldo Castro Cabinho, a quien se le ha calificado como uno de los extranjeros más importantes que han llegado. El ingenio y mesura de Bora Milutinovic. La maestría del argentino que cimentó las bases, Renato Cesarini y el significado de evolucionar.

 

Pumas, una historia dorada; siete títulos en seis décadas

La historia es contada por ellos: Juan Carlos Vera, Manuel Negrete, Antonio Torres Servín, José Luis Pareja López, David Patiño, Abraham Nava, Juan de Dios Ramírez Perales y Luis Flores, todos campeones con Pumas en alguna época y reunidos otra vez, en el aniversario 60 del club que los hizo sentirse grandes. 

En los 70, este era un equipo de monstruos y gigantes”, dice el Pareja López, el primer futbolista en lograr seis títulos (Copa 1974-75; campeón de Campeones 1974-75; campeón de Liga 1976-77 y 1980-81; campeón de la Concacaf 1981; y campeón Interamericano en ese mismo año) tras el ascenso a la máxima categoría.

Hugo era suplente del Cabo. A mí me fueron cambiando de posición, de acuerdo a la necesidad que había en el equipo. Éramos como hermanos, con un pensamiento único: ser campeones. A veces nos costaba entender lo que decía Cabinho, pero todos lo ayudábamos en el campo”, recuerda.

Cabinho era un tipo serio, “quizá el que más en ese entonces”, continúa el Pareja. “Una vez en el vestidor, minutos antes de jugar un partido, la Cobra Muñante llevó su radio y puso su música. Nos sorprendió, porque nadie había visto quién era. De repente, Muñante salió bailando, con puros shorts, sin tenis ni nada. Y así calentó. Cuando terminamos, Cabinho, con el poco español que hablaba, al ver que el otro seguía en su ritmo, se acercó desesperado a decirle: ‘¡Ya vístete, que ya vamos a jugar!’ Y la Cobra sólo se rió”.

Por ese entonces, en la temporada de 1979, un volante zurdo surgido en las fuerzas básicas de nombre Manuel Negrete debutaba con el primer equipo. “Si algo tenía ese grupo es que se moría en la raya por la camiseta. Tratábamos de ser los mejores y vivíamos dedicados al futbol”, menciona quien todavía es el máximo goleador mexicano (101 tantos) que ha tenido Universidad.

Negrete, campeón en la campaña 1980-81 y mundialista en 1986, explica los retos que tenía con Hugo Sánchez, en entrenamientos y partidos que se prestaban para hacer genialidades.

Nos retábamos uno al otro para ver quien metía más goles de chilena o de volea. Recuerdo el  que hice contra el Puebla, en la liguilla de 1984-85: se me sigue enchinando la piel, porque fue uno de los más bellos que he visto en CU. Desgraciadamente no pudimos ganar el campeonato, pero es una prueba de que competíamos por demostrar quién era mejor”, sostiene.

Antes de lograr su tercer título de Liga, el cuadro azul y oro perdió dos finales (1984-85 y 1987-88) contra el América. La última de ellas es cuestionada todavía por Abraham Nava, un defensor recio, rápido y técnicamente dotado, que fue campeón en la Temporada 1990-91 con el técnico Miguel Mejía Barón.

Íbamos ganando 1-0 en el partido de ida y en el Azteca nos dieron la vuelta 4-1, con unos goles medio raros. El dolor duró varios días, pero después lo asimilamos”, externa.

Nava practicaba jugadas a balón parado con Tuca Ferretti. “Teniamos una muy hecha, yo se la movía y él disparaba”, relata. “Pero ese día (en la final de vuelta de la campaña 1990-91), me pidió que no la tocara. Él ya había visto que Adrián Chávez estaba adelantado y así se dio el gol. No sé si fue revancha, pero Pumas se convirtió en un rival a vencer”.

En ese equipo había sólo dos extranjeros: Tuca Ferretti y Juan Carlos Vera, un chileno proveniente del Morelia que portaba el número uno a pesar de jugar como 10.

Todos caminábamos hacia el mismo lado. No importaba si eras pequeño, calvo, viejo, feo o moreno. Se podían tener diferencias, pero no pasaba de una conversación. Siempre molestábamos al Tuca, por ser el más viejo y el más enojón. Llegó el momento en que Jorge (Campos) no quería ponerse su playera de todos colores, porque muchos le decían que parecía un payaso de circo”, cuenta.

Y hay más detalles: “Cada que Luis García se miraba al espejo, volteaba a vernos y nos decía ‘miren qué guapo estoy, ¿cómo pueden estar al lado mío, si son tan feos?’ Miguel Mejía Barón tuvo la suerte de hacer un grupo de chicos buenos”.

Al igual que Nava y Vera, Juan de Dios Ramírez Perales, quien dice haber aprendido todo de Claudio Suárez en la defensa central, hace mención de las principales virtudes que presumía el Club Universidad.

Fue una generación que mantuvo su proceso desde fuerzas básicas: primero fueron campeones, luego seleccionados nacionales y al final mundialistas. Fuimos la defensa menos goleada, hicimos la mayor cantidad de goles y tuvimos al campeón goleador. Era un equipo ejemplar”, recalca.

El Capi guarda una anécdota curiosa con Jorge Campos: “Siempre tuvo la costumbre de mojarnos con la manguera de una tina de masaje. Cada vez que pasábamos cerca, nos echaba un chorro de agua fría. Una vez, Tuca estaba de espalda y, para colmo, ya era nuestro técnico. El Brody no se había dado cuenta de quién era y lo mojó. Cuando vio que era Tuca y que le empezó a temblar el bigote, mejor se salió”.

Los años que siguieron, sin embargo, fueron de poca gloria. Universidad se perdió por algún tiempo hasta el regreso de Hugo Sánchez, quien empezaba su carrera como entrenador. Así se dio el Bicampeonato y los otros dos títulos con Tuca Ferretti (2009) y Guillermo Vázquez Herrera (2011).

 

Luis Flores: “Entendí que estaba loco, pero no tonto”

Era un 6 de enero de 1980, en un partido de Pumas contra la U de G,  cuando Luis Flores apareció en el campo. Tenía 18 años y, aunque estaba detrás de delanteros como Hugo Sánchez y Manuel Negrete, no le costó hacer goles cada vez que entraba como cambio.

En esa época yo estaba medio loco y muy acelerado, pero Bora (Milutinovic) me tuvo paciencia y se lo reconozco. Como joven cometí muchas estupideces, me equivoqué, pero afortundamente conté con gente que siempre tenía un consejo cuando lo necesitaba. Entendí que estaba loco, pero no era tonto”, señala.

Flores fue campeón de Liga en 1980-81, conquistó la Copa Interamericana en ese mismo año y terminó como máximo goleador en la temporada 1987-88, con 24 tantos. A pesar de ello, y de los momentos felices que vivió como jugador universitario,  todavía tiene dudas de la final que les ganó el América en la campaña 1984-85.

  “Siempre las hubo y conforme va pasando el tiempo uno se da cuenta que hubo mano negra en ese juego. Ahora que trabajo como auxiliar en Querétaro, mucha gente me ha dicho que es partidaria de Pumas desde aquella final. Fuimos víctimas y lo saben”, expresa.

Si hubo un equipo que Flores considera el mejor en estos 60 años de historia, es el de 1987-88, aún cuando les volvió a arrebatar el título el cuadro azulcrema.

Fue el que más goles metió en una temporada. Era un Pumas que ¡híjole!, marcó época con futbolistas como Miguel España, Adolfo Ríos, que tenía como suplente a Jorge Campos, Germán Tello y mi compadre Manuel Negrete”, añade.

Luego de ser campeón, Flores pasó al Sporting de Gijón de España y luego volvió, en 1987, para un año después partir al Valencia y terminar su carrera lejos de casa, en el Guadalajara.

“Pumas fue mi alma mater. Me siguen provocando nostalgia todos sus alrededores: la Universidad, el estadio, la misma avenida Insurgentes o Rectoría. Es algo inevitable. Conseguí todo a nivel profesional, fui campeón con el equipo, campeón de Concacaf, campeón Interamericano, campeón de goleo, novato del año, todos los títulos”, concluye.

 

David Patiño: “En el primer día me fracturaron la tibia”

Hay un gol que marca la carrera de David Patiño en Universidad: aquel de la temporada 1990-91 ante el América, en la final de ida jugada en el estadio Azteca.

Patiño recibió el balón fuera del área, se quitó la marca de Alejandro Domínguez y disparó al ángulo, venciendo la estirada del guardameta Adrián Chávez.

Es el más importante que pude hacer. Significó mucho por su valor, por tener el Azteca lleno y la posibilidad de llevarnos una final que en ese momento era complicada. Había una gran rivalidad contra el América”, apunta.

Si bien Patiño consiguió la Copa de Campeones de la Concacaf en 1989 y formó parte del equipo campeón en la Liga, hubo algo en su debut profesional más que doloroso.

“El primer día que me puse la playera de Pumas como profesional, me fracturaron la tibia. Era un partido contra Estudiantes de Chiapas, en el 83. Habíamos hecho pretemporada y justo en el primer duelo de preparación ocurrió esa jugada”, recuerda y se le escapa la risa.

“Pero este club siempre fue el lugar donde aprendí los mayores valores de juego, me dio la posibilidad de desarrollar una forma de vida.”

Los niños campeones.

Antonio Torres Servín es otro de los que forman parte del grupo de históricos ganadores. Dice que, a pesar del plantel de jugadores que tenía Universidad y de los éxitos que empezaban a ganar, había gente que dudaba de la capacidad de sus canteranos.

En ese entonces, los jugadores del América decían que nunca se había visto en la historia del futbol mexicano a unos niños que pudieran lograr el campeonato. Y al final lo demostramos. Dentro de la cancha nos cuidábamos uno al otro. Disfrutábamos el juego”, refiere.

Torres Servín le da el máximo crédito al técnico Miguel Mejía Barón por haber formado a una familia de jugadores en su tiempo.

“Fue un director técnico que comprendía al jugador de forma excelente. En la cancha estábamos respaldados por Miguel España, Tuca Ferretti, Abraham Nava, Alberto García Aspe, Luis García, Ramírez Perales, Sergio Bernal y muchos otros. Era un grupo muy unido, que era la principal base de la selección”, finaliza.