CIUDAD DE MÉXICO, 26 de agosto.- José Ángel Mantequilla Nápoles es un cronopio, lo mismo que Justo Suárez, Luis Ángel Firpo, Jack Dempsey o Carlitos Monzón. Entraron alguna vez en la cabeza de Julio Cortázar como sus personajes, dibujos fuera del margen, poemas sin rimas, todos boxeadores.

Cortázar nunca escribió para que lo quisieran pero, contrario a ello, mantuvo una legión de fervientes emocionados que aprendieron con sus guías sentimentales a abrir puertas a actitudes, pasiones e imaginación desbordada en sus relatos.

Es la casa en Banfield de la familia Cortázar, la única en el barrio que puede presumir de una radio con una antena realmente gigantesca. Esa noche la transmisión llega desde Nueva York donde se da la pelea de los pesos pesados Jack Dempsey y Luis Ángel Firpo, un argentino del que la prensa sudamericana no paraba de hablar. Perdió y Julito a los nueve años descubrió un apasionamiento por el boxeo que exteriorizó hasta una edad madura, cuando le sirvió esa experiencia en varios relatos como La noche de Mantequilla, Torito o La vuelta al día. Porque en realidad, Firpo derribó a Dempsey, pero el réferi y el público le ayudaron a levantarse y al seguir la pelea el norteamericano venció. Eso hizo que Cortázar siempre, de alguna manera, se inclinara por el más débil en el boxeo.   

Cortázar se convertiría en un devoto aficionado del boxeo. “Una forma elevada de arte” que le hacía transparentar sus ideales. A diferencia de cualquier deporte colectivo, la responsabilidad individual en un ring es incomesurablemente pesada y eso le deleitaba.

Detesto el futbol así como me gusta el boxeo. Ocurre que esta afirmación, en boca de un argentino, es algo grave… capaz de desatar muchas iras, capaz de provocar mi defenestración… Pero me es tan indiferente como el rugby o el beisbol.”

Normalmente, con un libro bajo el brazo, entraba a las diferentes funciones de box. En París no perdió la oportunidad de ver la pelea de Monzón ante Mantequilla Nápoles, en una carpa puesta por Alain Delon y sus recuerdos giraban en una espiral por todo lo que había leído cuando era niño. Ya era el hombre Cortázar, el de la literatura del juego y la sugestión, el mismo de Rayuela, 62 modelo para armar o Historias de cronopios y famas, el que perdía los estribos por el boxeo.

“La vida de los boxeadores depende de sus recursos, de sus jabs y sus ganchos. Nunca olvidaré la pelea de Firpo contra Dempsey. En Argentina se consideró un robo nacional.  Me impactó aquella pelea pero, claro, como vivía en una casa repleta de mujeres, difícilmente habría alguien que me acompañara a una pelea.”

En el colegio Mariano Acosta, a los 16 años, Cortázar entró a su clase de pedagogía. Su maestro Jacinto Cúcaro en lugar de hablar sobre el tema en turno, narraba cosas de Justo Suárez, el boxeador, el Torito de Mataderos. Nadie en ese tiempo era capaz de perderse una pelea de él, era una especie de ídolo disfrazado con antifaz y guantes de box. Parte del universo que construyó fue el azulejo de Suárez en Torito, que no era otra cosa que las memorias de un hombre derruido por la tuberculosis que terminó siendo cuidado por la hermana y que ni orinar podía solo. En un estado de delirio en donde se acordaba de sus noches de ring con el brazo en alto.

“Era un boxeador extraordinario que conmocionó a Argentina, conectaba muy fácil con la gente y curiosamente también terminó perdiendo en Estados Unidos. Murió en un hospital de Córdoba. Para mí, su muerte -que fue una verdadera tragedia del deporte- terminó siendo un acontecimiento importante. En París, cuando vivía en la Ciudad Universitaria, me llegó el recuerdo de golpe y me senté a escribir el relato en dos horas.”

No veía al boxeo como una disciplina de violencia, sino dos destinos que se juegan el uno contra el otro. Estéticamente era algo que le hipnotizaba, sobre todo los movimientos de Sugar Ray Robinson, del que aprendió a catar a los boxeadores con talento. Para Cortázar un buen agarrón de boxeo podía ser tan hermoso como la metáfora más noble.

En La noche de Mantequilla, donde narra el ajetreo de los aficionados mexicanos por apoyar a Nápoles contra la solidaridad irreverente de los argentinos por Monzón, realizó un ajedrez inolvidable de un cuento político y gangsteril que trascendió a la sorpresa cuando muchos se enteraron que estuvo presente en aquella función improvisada en París.

Pero no siempre situó todo en arenas y estadios. El box marcó casi toda la violencia en sus relatos como en Las manos que crecen, donde un tipo llamado Plack tunde a golpes a otro llamado Cary y al irse, inexplicablemente las manos le crecen a un tamaño descomunal a tal grado que en su desesperación, urge a un médico a que se las corte. Despierta de la anestesia y se sitúa en el lugar donde se enfrentó a golpes con Cary, pensando que todo había sido una confusión mental, que en realidad Cary lo había vencido de un puñetazo a la mandíbula por lo que respira hondo, aliviado, sólo para darse cuenta que en lugar de sus manos, le quedaron dos muñones.

Es la vida de Cortázar, a 100 años de su nacimiento, una historia de puños. Le doblegó el poder de Monzón, la perfección de Robinson, el descaro de Mohamed Alí y el baile en el ring de Nicolino Locche.

En Francia, alrededor de 1951, fue relator para la radio de algunas peleas transmitidas en México y Argentina, pero la realización fue un desastre por su mala pronunciación de la letra r, así que lo echaron pronto del micrófono.

Su gestión al escribir de box era removida de cualquier forma por el ejemplo del que fuera presidente de la República democrática de Vietnam, Ho Chi Minh, como le confesó en una entrevista al periodista Antonio Trilla: “¿Sabía que fue cronista de boxeo en los años 20?”

Alguna ocasión para una revista francesa hizo la nota de una batalla entre dos peleadores norteamericanos, uno negro y otro blanco, realizando un excelente alegato sobre el racismo. Claro que nunca ocupó esa palabra ni una vez. “Recordé ese alegato cuando vi la transmisión de la pelea Monzón-Boutier porque me indignaron los comentarios racistas que hacía el relator.”

Entre todas esas maravillosas ocupaciones inclasificables que tenía Cortázar como arrancarle la pata a una araña para enviarla en un sobre a un ministro de exteriores, ver globos verdes en un teatro vacío, crear instrucciones para subir escaleras o jugar Rayuela buscando sin sorpresa a la Maga en un encuentro casual que era lo menos casual entre los dos, estaba siempre, metido en su mente, algún golpe maestro de sus queridos boxeadores.