CIUDAD DE MÉXICO, 9 de julio.-En la habitación número 107 del hotel Florida, el que está enfrente del Estadio Sergio Léon Chávez de Irapuato, Alejandro Sabella, actual técnico de la selección de Argentina, vivió su último año como futbolista profesional.

En Los Freseros, a Sabella le decían El Viejo o El Pelón. Llegó a México a los 35 años. En la temporada 88-89, el mediocampista argentino dejó su patria para escuchar las ofertas del Cruz Azul y el Atlante, aunque, debido a los compromisos de su representante, su fino toque y talento para crear jugadas de gol fue a parar al equipo del Bajío.

Llegó engañado a México. Él venía para Atlante o Cruz Azul, pero el representante tenía buena relación con el presidente del Irapuato, Agustín Gazca, y lo trae en la noche, lo meten a la suite, le dicen que este equipo es mejor que los otros. En la mañana va al estadio, a las oficinas, y firmó engañado”, recuerda  Francisco Rotllan, exfutbolista del Irapuato y uno de los amigos del actual técnico de Argentina.

En el menú de diario pedía milanesas y aceptaba que no podía estar sin comer carne. En Irapuato, sus compañeros comentaban que no era argentino. “Para nada era creído y sólo tenía un nombre, no como casi todos los argentinos, que usan nombres compuestos”, señala.

El día que su equipo eligió calzado, Sabella prefirió unos de tacos de tela en lugar de los zapatos tradicionales, “pues contaba que con los tacos normales perdía sensibilidad a la hora de tocar la pelota, por eso usaba unos Adidas de tela, creo que se los traían de Inglaterra”, rememora Rotllan.

Debajo de la playera del Irapuato, El Viejo Sabella utilizaba una marra de color gris.

No permitía que nadie la tocara, esa playera estaba toda destrozada y desgarrada, pero él siempre se la ponía debajo del uniforme. Según nos comentaba: ‘Es la de la suerte’”.

La rutina de Sabella en Irapuato dependía del resultado del fin de semana. “Si ganábamos, repetía todo lo que hizo en la semana antes del triunfo. Programaba el doctor, la comida, las salidas y hasta la hora de dormir, a la misma hora. Un día hasta se negó a cambiar de hotel para hacer la concentración. El entrenador no supo qué hacer, Sabella se concentró solo y todo el equipo se fue al otro. Es el futbolista más cabalero que vi”, narra Rotllan.

Fanático del séptimo arte, en sus tiempos libres, cuando no visitaba la casa de la familia Rotllan, se le podía encontrar en las salas de cine. “Preguntaba más por el teatro, pero en Irapuato no teníamos teatro. Se tenía que conformar con el cine”, indica.

Después de los entrenamientos, el actual técnico de Argentina prefería ir a cambiarse a los vestidores de los jóvenes de fuerzas básicas que estar con el primer equipo.

Para él era estar más cómodo estar con los de fuerzas básicas que con los de experiencia. Creo que eso le hacía sentirse más joven”, cuenta Ricardo Gámez, futbolista que compartió vestidor con Sabella en el Irapuato.

En sus días de descanso,
El Pelón Sabella elegía chanclas, short y playera para ver futbol o platicar con sus cercanos sobre las tácticas del balompié. En la noche, utilizaba un gorro, antifaz y pijama para dormir.

Sabella era penoso, no daba entrevistas, se ponía fuera de los reflectores. Siempre firmaba autógrafos, era amable, pero no era alguien que pensaras iba a ser el técnico de la albiceleste. Imagínate lo que es convivir con esos monstruos”, agrega Rotllan.

Hasta su último día en la habitación 107 del hotel Florida, sus compañeros supieron que el Irapuato era el último capítulo de su carrera.

Él tenía la idea de seguir jugando. Aquí hizo una buena mancuerna con Horacio Rocha. Lo que lo lastimó mucho fue la ruptura de su matrimonio y creo que su situación familiar lo lleva al retiro. Sabella no quería estar alejado de las hijas. Le pegaba mucho no verlas. Todos fuimos a despedirlo al aeropuerto.”