RÍO DE JANEIRO, 21 de junio.- El barrio se construyó ladrillo sobre ladrillo a un lado del puerto. Siempre fue una especie de favela con gente reacia a la hospitalidad y con dificultades para sobresalir. El nombre como el del Corcovado, es el de Cristo pero aquí fue donde se planeó el robo de la Jules Rimet.

Brasil se había hecho acreedor a la Copa tras ganarla en 1970 y creyeron guardarla a perpetuidad. No repararon en que la urna de cristal en que la exhibían tenía una parte de madera. Entonces, un banquero que trabajaba asociado a la Confederación Brasileña de Futbol, llamado Sergio Pereira, lo planeó todo.

Pereira entraba constantemente al edificio de la Confederación y vio la copa sin resguardo. Todo fue relativamente fácil. Hizo una llamada y citó en el bar de santo Cristo a Antonio Setta, un oscuro amigo suyo que era experto en abrir cajas fuertes.

Los habitantes de Santo Cristo tratan de negarlo, culpan a la mala información de que de ahí se haya derivado la Copa pero el barrio, que ha entrado en un necesario proceso de modernidad y de construcciones ferroviarias, ofrece otra realidad.   

El Bar Santo Cristo era una pequeña lonchería sucia que tenía lentos ventiladores en el techo y ofrecía, como es común, personas tomando en la fachada del lugar. Ahí, cerca del congelador, Sergio Pereira le propuso a Antonio Setta robarse la copa.

“No es por aquí. Ése bar estaba detrás de la iglesia pero de Santo Cristo no salió nunca el robo. La Copa significa mucho para los brasileños y los de esta localidad hubiéramos hecho algo. Yo creo que fue en el centro pero nos echaron la culpa”, dice Alberto, un viejo que transita cansino en el lugar tratando de olvidar el episodio.

Pero el Bar de Santo Cristo se convirtió en un nuevo lugar con los años. Se expandió y dejó de ser ese lugar solitario y lóbrego donde los maleantes se reunían. Ahora es más familiar el ambiente.

No se tiene con certeza la situación de que hayan planeado esto en el Bar Santo Cristo”, afirma Junior Walder, dueño del lugar hoy en día, “en ese tiempo era común que muchos rateros se reunieran no sólo en este sitio sino en varios más. La verdad es que vino una disminución de la delincuencia pero no es grato que recuerden tu lugar de trabajo como el punto de partida de un robo”.

La lonchería cambió de nombre que sigue con su oscuro pasado. Pereira y Setta no estuvieron solos aquella vez. Se apoyaron en dos hombres de poca monta como José Vieria, apodado el “Bigote” y Ricardo Rocha alias el “Barba”. Sin ningún reparo por la historia, entraron a las oficinas de futbol brasileño y extrajeron la Copa. El revuelo fue generalizado y un tremendo escándalo hirió a todos.

Pelé apareció en las estaciones de radio pidiendo que los culpables devolvieran la copa. La gente indignada se alió a la policía y todo Río de Janeiro se puso de cabeza. Mientras tanto, en el Bar Santo Cristo, envuelta en papel periódico, el trofeo fue escondido en el congelador.

Al notar que no pudieron cerrar su operación porque nadie compraría la Jules Rimet, los ladrones comenzaron con problemas entre ellos. Decidieron por fin ir con un conocido de Setta, Carlos Hernández, que junto a su mesa de fundición descansaba constantemente su pasaporte argentino. Era comprador de oro en el mercado negro y les aceptó el trofeo pero a cambio de que le permitieran fundirlo.

Acorralados accedieron a la terrible opción. Llegaron al barrio entre las empinadas y tristes callejuelas y por la noche emprendieron el camino al centro para desaparecer el trofeo. Hernández hizo más de 30 lingotes de oro. Cuando fueron detenidos, ingratamente y con burla, dijo, “no hay nada peor para los brasileños que un  argentino les haya fundido su copita”.

Los ladrones fueron capturados y condenados a la cárcel. Todo el robo se perpetró en diciembre de 1983 y en el 2003, Pereira, que transitaba por Santo Cristo pensando en lo increíble que hubiera sido robar la copa, terminó por arrepentirse cuando murió tras pasar más de 18 años encerrado.

La Confederación Brasileña de Futbol mandó a hacer una réplica que costó 32 mil dólares y en una ceremonia simbólica juntó a los tres capitanes de los campeonatos para recuperar lo que un día en Santo Cristo, bajo el fuerte calor mitigado por una cerveza, se planeó robar.

ald