CIUDAD DE MÉXICO, 21 de junio.- Hace unos años que por la colonia Condesa se ven franceses empujando carritos de bebé, franceses trotando, franceses conversando en las esquinas, franceses bebiendo vino. Son 20 mil de acuerdo con un registro oficial, pero la embajada gala da por descontado que en realidad en México viven más de 50 mil de sus conciudadanos, y ayer parecía que todos ellos estaban reunidos en el restaurante Chuchito Pérez, el más improbable de los sitios franceses del Distrito Federal, para celebrar el más insospechado de los regresos de su selección de futbol.

“¡Vive les bleus! Hasta la victoria!”, escribió en su cuenta de Twitter la embajadora francesa Elisabeth Beton-Delègue.

“¡Y uno, y dos, y tres, y cuatro, y cinco!”, coreaban los franceses en el restaurante Chuchito Pérez de la Condesa. Uno de ellos llevaba un extraño sombrero vikingo. Todos, hombres y mujeres, vestían la casaca azul de su selección.

Le habían metido cinco goles a sus vecinos de Suiza. Para los franceses era una suerte de revancha contra ellos mismos, un regreso improbable, una forma de lavar ayer la vergüenza de aquella selección que decidió declararse en huelga en Sudáfrica, tras perder 0-2 contra México.

Ayer el trago amargo del Mundial de Sudáfrica 2010 y el gris paso de la selección francesa en las eliminatorias, más su clasificación trastabillante en el repechaje, parecían sepultados para siempre. Ayer los franceses bebían tequila y devoraban tostadas y sushi con aguacate. Comenzaban a soñar en azul.

El segundo partido de la jornada de ayer fue un encuentro de primos lejanos. “Esto es como un Brasil contra México, pero sin Ochoa”, dijo Laurent Hochuli, un suizo amable, correcto y decente, como casi todos ellos.

Ayer en el restaurante Chuchito Pérez también parecía estar la mitad de los 5 mil 200 hombres y mujeres que conforman la comunidad suiza en México. Vestían de rojo y estaban muy alegres hasta que cayó el primer gol de la selección que ayer vistió de blanco. Y después el segundo, y más tarde tres más.

Tal vez el gol más celebrado fue el anotado por Karim Benzema, el único sobreviviente de aquella selección de huelguistas. Recibió de espalda al arco, giró y de un punterazo metió el cuarto de los franceses. Antes se había dado el lujo de fallar un penal.

“¡El que no brinque no es francés!”, se escuchaba en el segundo piso del restaurante.

“Hay que reconocer que están jugando bien. Ya se están sacando la espinita”, escribía en el monitor de su celular
Mireille Hingant, una francesa que vive en México desde hace nueve años.

En los momentos finales del partido, la selección suiza anotó el de la honra y un gol más. Pero ya era demasiado tarde. Los suizos, ejemplo de orden y logística, naufragaban en el campo de Salvador de Bahía. En el Chuchito Pérez de la Condesa, 200 franceses que se escuchaban como 50 mil cantaban La Marsellesa.

“Marchemos, marchemos, que una sangre impura empape nuestros surcos.”

“¡Francia campeón, Francia campeón!”, se escuchaba en las calles mojadas de Campeche y Saltillo.