CIUDAD DE MÉXICO, 19 de junio.- Se diría que el Mundial de 1950 es el Maracanazo. Muy contadas han sido las visiones de los héroes uruguayos y los vencidos brasileños. Como se le vea, ganar una final de la Copa del Mundo (2-1) contra el anfitrión y en el Estadio Maracaná es un capítulo de gran importancia en el futbol.

Pero con el paso de las décadas el economista uruguayo Daniel Braidot tiene sus reservas.

“Existe un sentimiento bastante ambiguo, agridulce, diría. Ganarle una final a Brasil, en ese entonces el mejor equipo del orbe, en su propio estadio sería una hazaña para cualquier selección, pero que lo haya hecho un país de en aquel entonces de alrededor de dos millones de habitantes, configura algo superlativo que, impreso en la ‘genética’ del uruguayo, pauta y pautará su forma de vivir el deporte y, también, su identidad nacional. Gracias a ese tipo de sucesos en Uruguay dicen que nacés con una pelota de futbol en las patas”, señala Braidot, que vive en México desde 1983.

“Pero un acontecimiento que tuvo lugar hace más de 60 años configura un recordatorio de que a partir de entonces no son muchas las hazañas futbolísticas de ese nivel que podemos presumir. De hecho, cada vez menos. Y esto da un poco de tristeza… y algo de vergüenza”, señala.

“Al Maracanazo hoy habría que verlo con más dignidad. Con un sentimiento de respeto y reverencia, y no estar reflotándolo, manoseándolo y explotándolo como si hubiese ocurrido ayer.”

Cualquiera que charle con Braidot adivina que el tipo ha vivido. Le gusta confesarlo y tiene vocación de profesor. Mate en mano y tema expuesto, nadie lo para. Estudió Medicina en Uruguay, carrera que dejó trunca, pero se formó como economista en la Universidad de La Habana. Llegó a México en 1983 para  cursar una Maestría en la UNAM. Su padre, Blas, ya residía acá desde 1976.

“Practiqué mi profesión en el ámbito académico. En Cuba ejercí la docencia en la Facultad de Economía y fungí durante un tiempo como investigador adjunto en el Centro de Investigaciones de Economía Internacional (CIDE)”, relata.

Poco después, Braidot trabajó en la iniciativa privada hasta que, en 2005, fundó con su socia una agencia de investigación de mercados, “a la cual renuncié hace unos meses con miras a retirarme del trabajo activo y quizás regresar al medio académico”.

Su padre, Blas Braidot, que murió en el DF en 2003, fue un director, actor y productor teatral que llegó a México huyendo de la dictadura militar. Pero no regresó a Montevideo. Daniel, tampoco.

“El Centro Histórico es el lugar que más me seduce del DF. Especialmente después de la restauración, limpieza de ambulantes incluida, de los últimos años. Lo disfruto enormemente, incluso en los días en que está atestado de gente. Después de tantos años, no recuerdo la primera vez que estuve en el Centro. Creo que fue por 1976, pero actualmente me gusta más y recientemente he pernoctado como turista en algún hotel del Zócalo. Cuando uno va en este plan, y no de paso o como parte del trabajo, ve el Centro con otros ojos y lo disfruta muchísimo, realmente lo descubre”, señala.

Brasil 2014 no será, para Braidot, el Mundial charrúa, “pero la selección uruguaya, quién sabe por qué extraña y fastidiosa maldición, es capaz de recomponerse de último momento, ganarle a adversarios mucho más fuertes y hasta clasificar o incluso campeonar, aunque no sin antes haber hecho sufrir hasta el espasmo a sus aficionados”, refiere.

Será la famosa garra charrúa, se le interroga. “En el futbol algo tenemos. De lo contrario, sólo por razones técnicas no se explicarían los galardones que un país de menos de 3.5 millones de habitantes ha obtenido en el deporte más popular del orbe”, reflexiona Braidot.

“Se le atribuye a Benedetti la frase: ‘En Uruguay tenemos el mejor futbol del mundo. Lo único que nos hace falta es un poco más de gente.’ Ya llegarán.”