CIUDAD DE MÉXICO, 18 de junio.-  Este lugar se llama Brazuca, como el balón del Mundial, y es el centro de concentración de los aficionados brasileños. Aquí se escucha samba y se toca la batucada, mientras al fondo la bandera del país hace juego con las postales de Río de Janeiro. Una serie de mesas de madera son ordenadas minutos antes de que empiece el partido: juega Brasil contra México, y ya hay reservaciones desde hace una semana.

En la entrada, una recepcionista rubia, con un collar colorido de papel crepe y la camiseta verdeamarelha, muestra el camino a los visitantes. Poco tardan en aparecer las cornetas, los globos y las matracas de plástico. El aroma a picaña llega incluso hasta el segundo piso, donde el ambiente es de menor euforia y se ven más niños que adultos.

En uno de los rincones de abajo alguien empieza a golpear la mesa: es Luis Carlos, un panameño que no aparenta serlo por la pasión con la que le grita a Neymar que suelte la pelota.

“Entré aquí porque vi la bandera de Brasil y ante México debemos ser locales”, dice antes de saltar de su asiento, tras una atajada de Guillermo Ochoa. “Es el país donde nacieron mis padres antes de mudarse al Caribe”, continúa. “Fueron residentes durante mucho tiempo y decidieron criarme como un ciudadano de allá.”

Su acento no se acerca siquiera al portugués, pero porta dichoso la camiseta de los anfitriones. A la mesa llegan caipirinhas, cervezas y, conforme pasa el tiempo, algunos cortes de carne. “En Brasil te dan un menú y eliges qué parte de la res quieres comer, sin tener que cruzar los dedos para que salga a la primera”, bromea Luis Carlos, aunque después de un trago de cerveza su ánimo cambia con las llegadas de la Selección Mexicana.

“¡Thiago (Silva) no puede hacer todo, bosta!”. Un intento de Cielito Lindo surge desde un costado de donde está la pantalla, pero se frena al instante, debido a que Ochoa vuelve a contener un disparo de gol en su portería.

“A él (Ochoa) ni lo querían, ¿no?, mañana (hoy) seguro será la principal tapa de los periódicos”, concluye y no se equivoca.  A pesar del empate, la batucada siguió sonando.