SAO PAULO, 11 de junio.- Las aerolíneas brasileñas tienen una forma peculiar de recibir a los rivales de su selección, entre ellos a los mexicanos. Se han puesto de acuerdo y al aterrizar el avión, sin ningún tipo de cautela, dicen por ejemplo: “bienvenidos a Brasil, sabemos que hay muchos mexicanos que vienen felices, pero Brasil les va a ganar”.

Pero nada mina el ánimo de los mexicanos que se empiezan a repartir por las distintas ciudades brasileñas. Unos van a Río de Janeiro, otros a Fortaleza, unos más se quedan en Sao Paulo y el resto empieza el éxodo para Natal en la espera del debut ante Camerún.

A dos días de la Copa del Mundo y su silbatazo inicial, casi todos los vuelos a Río y Sao Paulo tienen atrasos de hasta dos horas. Poco a poco y mientras se acerca el momento de éxtasis, Brasil empieza a colapsar por el caos. “No se nos ha salido de control, pero sí se ha sobrepasado lo que se había estimado desde un inicio. Mexicanos han desfilado por aquí muchos, como nunca antes había visto”, revela Junior, un gerente de información del aeropuerto Santos Dumont de Sao Paulo.

Las filas son interminables para un taxi o la ayuda en los módulos de información. Casi todos tienen el problema de la pérdida de equipaje. “Nos falta nuestra ropa, lo único que tenemos en estos momentos son los pasaportes, algo de equipaje de mano y los sombreros. Esos sí no se pierden”, dicen dos amigos que han venido al Mundial sin tener la seguridad de conseguir boletos. México es, según la FIFA, el país que más aficionados lleva al Mundial con cerca de 40 mil.

Pero a poco menos de 24 horas para que el balón ruede en la inauguración, el estadio Itaquerao tiene más trabajadores que turistas. Las taquillas abiertas ofrecen boletos para partidos de primera fase y los obreros trabajan a vapor para colocar las butacas faltantes.

Por lo pronto, se acabaron las manifestaciones por un tiempo. Los huelguistas del Metro aseguran que si no se escuchan sus quejas, para el día del debut de Brasil contra Croacia harán paro en las calles. Sao Paulo está en vilo y mojado por la lluvia. Hace frío, como el ambiente que permea extrañamente entre los siempre felices brasileños. Los taxis enseñan las banderitas de su país y de las ventanas de algunos departamentos las banderas no ondean.