CIUDAD DE MÉXICO, 2 de junio.- Doña Chela abre uno de los álbumes familiares y con el dedo índice señala una foto en blanco y negro. En ella se mira más joven y rodeada de su madre y cuatro pequeños, uno de ellos con el cabello rubio. “Es el Güero”, refiriéndose al que hoy es el técnico de la Selección Mexicana.

Se llama Maricela y para ella su hijo sigue siendo aquel chamaco que rompía cristales de los vecinos con la pelota, el que se sentaba al revés en la sala de la casa para mirar la TV de cabeza. El niño con ángel, el que trepaba a todos los chamacos del equipo en la vieja combi verde de mamá para llevar a los jugadores del equipo llanero de la Narvarte a la Deportiva. También el fanático número uno del Gato Marín y Fantomas, así como el jugador de mesa que se enoja cuando pierde. Los otros niños de la foto son sus hermanas Maritza, Lizette, así como Tito, el hermano mellizo de Miguel.

Los cuates -Tito y Güero- fueron ochomesinos. Su madre, de ahora 68 años, relata que por accidente nacieron en Cuautepec, Hidalgo, cuando ella se encontraba de visita con unos compadres y el rompimiento de la fuente hizo que sus chamacos nacieran fuera del DF. El primero en asomarse fue Miguel.

“Una cosa roja con pelos blancos paraditos, sin cejas y sin pestañas. Muy chiquito. Lo primero que dije fue un ¡ay, qué feo está!”

Y, por cosas del destino, desde ese momento, el Güero siempre estaría antes que su hermano. “Por el cansancio, me quedé dormida después de que naciera Miguel”. Tito llegaría al mundo, mientras doña Chela descansaba. Más tarde se enteraría de su nacimiento.

Porque desde un principio la esposa de Miguel Herrera padre sólo esperaba un bebé. El doctor le había dicho que sería un niñote y por ello la joven veinteañera y ya madre de dos niñas sólo había tejido chambritas pensando en un elemento más a la familia.

Tito, el segundo en llegar aquel 18 de marzo del conflictivo año del 68, nació más robusto y apiñonado. Un niño que estaría destinado a llegar siempre detrás del ahora llamado Piojo Herrera. Tan así que no se había pensado en otros nombres para un segundo varoncito. “Al Güero lo bautizamos con los nombres de Miguel Ernesto Herrera Aguirre. Miguel como su papá y Ernesto por parte de su abuelo materno. Al otro sólo le invertimos los nombres. Sí, se llamó Ernesto Miguel”.

El primer apodo que recibió Miguel fue el de Lito. Su hermano siempre sería Tito. Ambos, así como Maritza y Lizette perdieron muy pronto la imagen paterna, pues su progenitor Miguel Herrera abandonaría el hogar cuando Lito y Tito tenían dos años de edad. “Se fue a Estados Unidos para buscar una mejor vida. Sólo que allá se olvidó de nosotros”, comenta la señora Maricela, quien atiende al reportero en la casa ubicada en la calle Navarra, en la colonia Postal. Ella, madre soltera, se refugió con sus chamacos en la casa de su mamá Margarita, en la calle de Zempoala, colonia Narvarte.

Maricela entraría, por obvias necesidades, a trabajar a la SCOP (Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas) a unas calles de la casa materna. Más tarde llegaría un segundo amor, al conocer a Eduardo Horta, trabajador del IMSS que le entró al toro al casarse con una mujer y cuatro niños. Años más tarde nacerían Claudia y Margarita.

Y como los mayores trabajaban, al Güero le tocó cuidar a la pequeña Claudia y asistir a la primaria en el turno vespertino. Así que, apenas regresaban los mayores, el niño agarraba sus útiles y corría rumbo a la escuela primaria Laos, que se encuentra en la misma calle en aquel barrio en el que los hijos de doña Maricela gastaron su niñez.

LA BANDA DE ZEMPOALA

El Güero y Tito aprendieron a jugar en la calle Zempoala, en la Narvarte, con niños como el Gelus, Chucho, Escobar, Jaime Santos (su mejor amigo), Toño Reyes, Beto Reyes, Vicente Calvo, Enrique Calvo y el Chino. Éste último (David Chávez) recuerda que “en aquellos años poníamos piedras como porterías, en plena calle, y jugábamos bote pateado, carreterita, beisbol y futbol americano”.

Miguel siempre traía la cabeza casi a rape, por lo que no tardaron sus amigos en apodarlo como el Cocol, sobrenombre que sobrevive entre los amigos de la calle Zempoala de aquellos tiempos. “El Cocol era de carácter recio y mecha corta. No se arrugaba y era bueno para los guamazos”.

El niño comenzó a armar sus equipos de futbol llanero, mientras Tito dejaba de ser el defensa del equipo y se refugiaba en los libros. Su hermano era el líder de aquel cuadro llanero llamado Pumas Álamos, el que cabía en la vieja combi verde de doña Chela y que llegaba puntualmente a los partidos sabatinos en la Deportiva.

El Cocol era delantero, el goleador y el más rápido de su equipo. Aunque chaparrito y flacucho, tenía mucho carácter y fuerza para enfrentar a los rivales. “Era el primero en armar la bronca y el último en rajarse. Con nosotros jugaba Martín (conocido en el espectáculo como Pedrito Fernández). También era delantero y con el Güero armaron una delantera goleadora. ¿A los golpes?, no. Martín cuidaba su rostro y las niñas de los otros equipos le pedían el autógrafo apenas reconocían que era el de la mochila azul”.

Aunque delantero, el Cocol era seguidor irredento de un portero argentino que llegó al Cruz Azul para convertirse en ídolo de muchos: le llamaban el Gato Marín. Entonces Miguel Herrera ya era requerido por equipos de las delegaciones para integrarse a otros niños talentosos.

El Chino es de los pocos amigos de aquellos años que aún se asoma por la Narvarte. Todos crecieron, se casaron y tomaron otros rumbos. El Chino sigue visitando el número 280 de Zempoala, porque ahí vive su mamá. “Era la casa de los Herrera, pero se cambiaron a la colonia Postal y nosotros nos mudamos a su vieja casa”.

Quien se asome por dicha calle encontrará vecinos que llegaron tiempo después a los años del Cocol. Dicen saber quién es Miguel Herrera, pero que no tenían idea que vivió en la calle Zempoala cuando niño. Un vecino se atreve a decir que eso es tan sólo un mito.

EL PULQUES DE LA PREPA 6

El Cocol y la familia Herrera se mudaron a la colonia Postal, en la calle Navarra, cuando el primero iba en la secundaria. Tan cerca de la Portales que se mantuvo el equipo Pumas Álamos y los niños Herrera se trasladaban, con el permiso de mamá Chela, a jugar con los amigos de Zempoala.

Un silbido y algunas malas palabras del Cocol bastaban para que Jaime, el Chino, el Gelus y otros amigos se asomaran para armar la cascarita en la calle.

Fue en la Prepa 6 cuando Miguel Herrera adoptaría otro apodo y cambiaría un poco de aires. Platica Guillermo Robles, amigo de Miguelón en los años 80, que “éste llegó a la prepa poniendo apodos a todos los compañeros del salón y no tardó aquél que lo bautizara con el sobrenombre de el Pulques”.

Y el Pulques se hizo amigo de Memito y casi todos los días se iba a la casa del segundo “a comer y hacer la tarea”. Era salir de la Prepa, entre Cuauhtémoc y San Pedro, en Coyoacán, cruzar las calles Moctezuma, Hidalgo, tomar Callejón San Miguel y doblar a la derecha. Ahí se encuentra la calle Teziutlán y en el número 15 vive Guillermo. El Barrio de San Lucas.

Tanto iba el Pulques a la casa de su amigo que tarde o temprano se daría cuenta que enfrente vivía una adolescente llamada Claudia. “Me pidió que se la presentara, pero ella no quería tratar con él”, comenta Memo.

Unas horas antes, vía telefónica, Claudia Álvarez comentaría al reportero: “El Pulques me caía gordísimo por peleonero”. Al final pudieron más el carisma y la insistencia de Miguelón que las negativas de Claudia. Entonces, Miguel tenía más motivos para visitar la calle Teziutlán y hacer suyo el recorrido de la Prepa 6 a casa de su novia. Tres años de noviazgo y el matrimonio estaba a la vuelta de la esquina.

Por aquellos años Miguel se haría de un vocho recortado, el que aún recuerda la que hoy es esposa del técnico del Tri y madre de Tamara y Mishelle. Su amigo Memo, quien fue campeón nacional de autos en la categoróa Pony, recuerda que “Miguelón fue cambiando de autos conforme fue ascendiendo en su carrera futbolística. A veces usaba la combi verde de su mamá, luego su vocho recortado para cambiarlo por un Cavalier. Ha tenido Trans Am, Mercedes Benz y últimamente colecciona varios, entre ellos un Jaguar, un Audi 6 y un Minicooper 73, su consentido”.

Al Pulques se le recuerda siempre en pants o short, delgado, de baja estatura y con el cabello un poco largo en la parte trasera. “A Tito lo conocí poco, pues era reservado y prefería un libro que un balón. ¿Miguel?, él era más fácil verlo detrás de una pelota”.

Memo y la señora Maricela recuerdan que en el terremoto del 85 Miguel se la pasó metido en unos edificios derrumbados en Xola. Se daba tiempo para ayudar a los damnificados en aquella tragedia, así como remover escombros.

MIGUEL HERRERA Y EL PIOJO

Tanto corrió Miguel detrás de la pelota que ésta lo llevó a canchas profesionales. El Güero, Lito, el Cocol, el Pulques y el Miguelón se aparecieron en la Primera División y sus conocidos querían presumirlo en todos lados. Doña Chela presume en sus paredes de la casa en la colonia Postal cuadros de su hijo Güero con camisetas de Pumas Álamos, de Tecos, Querétaro, Toros Neza, Atlante, Santos y el Tri.

Confiesa que Miguel Herrera, el papá del futbolista, intentó acercársele al muchacho, cuando éste ya aparecía en los diarios deportivos. Y cuenta una anécdota que ocurrió en el año 73, cuando a Miguel ya le decían el Piojo Herrera y ya sabía lo que se sentía ponerse la camiseta del Tricolor.

Llegó Miguel del entrenamiento a su casa y la muchacha lo recibió con un “está hablando por teléfono un señor que se llama Miguel Herrera y dice que es su papá”. El Piojo simplemente le respondió: “Dile que ya me morí”.

Doña Maricela, al respecto, comenta que ya pasó mucho tiempo. Sabe que el señor Miguel Herrera ahora es pastor de una iglesia en Otumba. “Tito quiere ir un día a su iglesia y decirle a los feligreses que su pastor abandonó a su mujer con cuatro niños que necesitaban pañales”.

Doña Maricela explica que para Miguel Herrera, el técnico del Tri, no hay más padre que Eduardo Horta, quien lo adoptó como su favorito y le compró sus primeros zapatos de futbol. Eduardo Horta vive ahora en Cuernavaca, con una de sus hijas, con problemas de salud. El Piojo se da tiempo para visitarlo.

LA SEÑORA PIOJA Y SUS ESTAMPITAS

A sus 68 años de edad, a Maricela le dicen Cheliwis y ya no tiene que ingeniárselas para darles de comer a sus  seis hijos. Fue secretaria, enseñó mecanografía, puso un negocio de comida y hasta valses para quinceañeras. Hoy apapacha a sus hijos, sus nietos y hasta tiene tiempo para juntar el álbum Panini de futbol. “¡Me faltan 14 estampitas!”, comenta, mientras muestra hojas llenas de imágenes con futbolistas que irán al Mundial.

Presume conocer a los jugadores del Piojo y quererlos como en su tiempo lo hizo con los chamacos que se trepaban a la vieja combi verde. “Ya no la tengo, si no con gusto llevaría a los del Tri en esa combi a los partidos”.

Dice que ya se acostumbró a que ahora le digan “señora Pioja”, que el defensa Paul Aguilar es su consentido, así como los también americanistas Layún y Macita. Chicharito, Guardado y Memo Ochoa también la consienten y ella los presume en el álbum.

Dice ser muy católica y que el Piojo también hace sus oraciones antes de pisar la cancha. “Es creyente de Dios, la Virgen y últimamente trae imágenes de San Judas y San Benito colgadas en las muñecas. De hecho, aquella noche en la que el América se coronó ante Cruz Azul, yo traje en las manos un San Juditas. No nos abandonó”.

Su esposa Claudia argumenta que “de futbol no sé nada. A duras penas sé lo que es un penal, porque miro a un jugador con el balón solo ante el portero. Pero no entiendo de posiciones y menos de alineaciones. Los que saben que soy la esposa de Miguel me piden playeras, les digo que no soy Martí. Me piden boletos, les respondo que no soy taquilla. ¿Qué hubiera sido Miguel si no hubiera pateado balones?, hubiera sido protesista dental”.

El Chino y Memo mantienen comunicación con el técnico del Tri, aunque entienden que tiene otras responsabilidades. Aseguran que sigue siendo el Cocol y el Pulques de siempre: un amigo malhablado que se apasiona con el futbol. ¿En la Narvarte?, ya son pocos los que convivieron con la pandilla de Zempoala. Los vecinos de hoy saben quién es el técnico de la Selección Mexicana, pero se encogen de hombros cuando se les pide señalen en qué calle vivió durante su infancia.

Doña Chela vuelve a abrir los álbumes: el de sus hijos y el de los seleccionados mundialistas. Para todos tiene algo qué contar.