CIUDAD DE MÉXICO, 24 de mayo.- Es una final singular. Europa cabe en dos barrios. De la Fuente de la Diosa Cibeles, donde celebran los madridistas, a la Fuente de Neptuno donde festejan los colchoneros hay apenas 500 metros de distancia.

En un día normal se recorrería turísticamente esa zona pero hoy habrá fuego por todas partes con la final de Champions League.

El corazón del futbol europeo se dirime por primera vez en una final disputada por dos equipos de la misma ciudad.

El Madrid, que dejó escapar la Liga pensando en este momento de Champions, tiene listo a Cristiano Ronaldo pero en vilo a Pepe y Benzema. El Atlético, que tras 16 años se volvió a montar en la cima de España y tras 40 años regresa a la fiesta final de Europa, apunta con Diego Costa recuperado y Arda Turan que corre como si no le doliera nada en los muslos.

Se espera una sobre población en Lisboa. Seis horas en carro o una hora y media en avión han aventurado a los madrileños a mudarse a Portugal por un día y una noche que serán únicos.

Para la UEFA, 10 copas los separan, las orejonas que presume el Madrid en sus vitrinas ante las vacías arcas del Atlético que sin embargo, siempre tiene hinchado el corazón.

El futbol es el único sistema válido para cambiar perspectivas y derribar la lógica. Nadie esperaba al Atlético en esta instancia y para muchos hoy en día lo merece más que el Madrid.

Hace mucho tiempo que no se tiene memoria de un equipo así como el de Simeone, y si es que hay medio de comparación, no tiene sentido.

A este equipo de partisanos que defienden con los colmillos el orgullo, Simeone les ha susurrado un pequeño secreto que casi siempre se olvida en el futbol, que al salir al campo lo disfruten como cuando eran niños y sólo piensen en pasarla bien. De ese modo han escalado a la punta de la montaña, el sitio donde sus más fieles optimistas no se atrevían a vaticinar.

El Madrid en cambio, vuelve a llegar como el Rey de Copas. Un equipo al que Carlo Ancelotti ha pacificado tras el huracán que fue la etapa de José Mourinho. El Real Madrid debe en verdad su mitología a partidos como este, donde el espíritu de Alfredo Di Stéfano, Telmo Zarra y Pirri resurge como bendición blanca.

Estoy bastante tranquilo porque estos son los partidos en los que no necesitas trabajar tanto para dar motivación a los jugadores. Tengo muchos sueños en este momento, uno puede ser jugar como contra el Bayern. Espero que se haga realidad. Si el Real Madrid es capaz de jugar como en Múnich tenemos la oportunidad de ganar esta competición”, recitó Ancelotti antes del juego. Sabe el italiano que  el equipo alcanzó su clímax en las semifinales.

La fuente de Neptuno le ha dado poderes extrasensoriales a los jugadores del Atlético que se han levantado ante todas las adversidades. Llegaron a una coordenada decisiva en Champions, donde el juego se traduce en algo universal, un enfrentamiento muy distinto al sabor casero que siempre han probado.

Desde los tres años que pasaron con Javier Aguirre de 2006 a 2009 y que fue la puerta del regreso a Europa, hasta la llegada de Simeone, no había existido paz en el Atlético.

Antes del Cholo pasaron Abel Resino, Quique Sánchez Flores y Gregorio Manzano hasta que se decidió darle la oportunidad a Simeone, que venía curtido del futbol sudamericano. Si entrenaba con la mitad de la pasión con la que jugó en el Atlético, las cosas irían bien.

Fue más. A estas alturas, Simeone es entrenador, curandero, médico, dogmático, sicólogo,  amigo, ídolo, emblema y “para muchos de nosotros que lo vemos como un dios, es algo que nos cambió la vida”, relató en la víspera Thiago Mendes, mediocampista titular.

Este equipo rojiblanco vive alrededor de Simeone y supieron levantarse de las peores profecías que acaban con los equipos que aspiran a ser gigantes en Europa y se resisten a la mediocridad: calendario, lesiones, suspensiones, presupuesto y presiones.

Simeone es ahora un consumado cazador de milagros y recompensas, “me imagino que no se alejará mucho del 4-3-3 o el 4-4-2 que viene utilizando, con alguna alternativa con Isco atrás de Bale o Ronaldo. Ellos tienen muchas virtudes e intentaremos a partir del bloqueo de esas situaciones el camino que nos acerque al partido que más nos conviene”, se decidió a desmenuzar al Madrid el Cholo antes del juego.

Esta final es especial porque significa mucho para ambos. No hay duda que el Madrid está encima en los blasones y desvelado por cierto, desde hace once años por conseguir la décima orejona. El Atlético va por su primera vez, suspirando por aquel equipo que se quedó chillando a las puertas del cielo en 1974 al perder con el Bayern Múnich.

Como el libro de Mark Twain, El Príncipe y el mendigo, estos dos personajes se parecen mucho  y viven para sus aficiones.

De Chamartín al Manzanares sólo hay kilómetros de pasión, de  la fuente de la Cibeles a la de Neptuno cabe la distancia en un balón.

Pase lo que pase, al Atlético nadie le arrebatará su condición de príncipe de los mendigos, una historia digna que contar y el Madrid, un poco más presionado por el propio peso de su historia, la aristocracia de Europa le debe algunas reverencias.