Suiza participa por novena vez en la fase final del campeonato mundial de futbol. Es cierto, una vez fue calificada “de oficio” como anfitriona de la edición del 54, el año del “Milagro de Berna”, que vio el resurgimiento de Alemania contra la favorita, Hungría, a tan sólo nueve años del final de la Segunda Guerra Mundial. Como para todos los equipos, es un orgullo estar entre las 32 naciones participantes, sobre todo, como este año, en el que Suiza por primera vez en su historia futbolística tiene el honor y el cargo de encabezar el grupo E, compuesto además por Ecuador, Francia y Honduras.

En Suiza el futbol es la disciplina deportiva más seguida y popular, aunque en cuanto a la práctica está en segundo lugar, detrás de la gimnasia artística. Con tan sólo ocho millones de habitantes, Suiza tiene mil 400 clubes por un total de 12 mil equipos, entre veteranos, élite, juniors, entre equipos masculinos y femeninos; cuenta con 235 mil jugadores activos, de los cuales 98% son amateurs. ¿Qué municipio no tiene su cancha? ¿Qué pueblito o barrio de las principales ciudades no tiene su equipo de futbol? ¿Qué campeonato regional no agrega familias y vecinos que acuden a apoyar a uno o a otro equipo? El futbol en Suiza es motor de integración social; la formación actual del equipo nacional es expresión clara de esta integración. Varios son los jugadores que descienden de padres emigrados en Suiza, reflejando así la imagen de un país abierto y que ofrece oportunidades de éxito a quien, con compromiso y dedicación, trabaja para obtenerlo. Y el mismo director técnico, Othmar Hitzfeld, que llevó como entrenador al Bayer y al Borussia Dortmund a ganar la Champions League de Europa, es ciudadano alemán que hizo casi toda su carrera de jugador en Suiza.

El futbol suizo vive desde hace unos años una fase de renacimiento, particularmente en su expresión europea e internacional. Si el número de aficionados en los estadios sigue creciendo en los últimos años, los equipos más fuertes como el Basilea o el Grasshopper atraen público e interés por sus papeles y jugadas en la Champions League europea. Y siempre más jugadores suizos están integrados en equipos de Italia, Francia, Alemania o España, dando lustro al futbol suizo. Como Lichtsteiner en la Juventus de Turín, o Senderos en el Valencia, sin olvidarnos de Inler en el Nápoles y Shaqiri en el Bayern Múnich.

¿Y cómo vamos a nivel de equipo nacional? ¿Somos temibles o los demás están contentos de enfrentarnos, por ser un adversario manso y fácil? En el papel, Suiza tiene amplias oportunidades de hacer un buen campeonato en Brasil. En 2009, el equipo sub 17 ganó el campeonato mundial de categoría: muchos de los entonces integrantes de ese equipo jugarán en Brasil dentro de pocas semanas, con motivación y ganas de superarse. A la fecha, en el ranking de la FIFA, Suiza ocupa la venerable plaza ocho, por encima de galardonadas y respetadas naciones futbolísticas como Italia, Inglaterra, Holanda y Francia, lo que promovió a Suiza como cabeza de grupo, resultado del esfuerzo de cada jugador, pero también de un esfuerzo colectivo, de un país que promueve la disciplina deportiva como disciplina personal y de grupo: compromiso, espíritu de equipo, visión a largo plazo, entrenamiento y regularidad.

Pero, y todo el mundo es consciente de esto, un campeonato mundial no es un torneo donde el más fuerte en el papel siempre gana. La emoción del futbol, de los grandes estadios, la presión del juego y de los medios de comunicación del mundo entero, son factores importantes en cada partido, en cada jugador. Por supuesto, esperamos que nuestra selección pueda jugar el mayor número de partidos, que regrese a Suiza lo más tarde posible, con el orgullo de poder ser unos de los mejores equipos del mundo, por lo menos hasta 2018. Pero lo que esperamos más aún de este campeonato es que el juego, el fair play y la inteligencia de los jugadores, como de los aficionados y de los cronistas deportivos, predominen sobre actitudes violentas y racistas de unos pocos exaltados que sólo buscan pelea y puños. Suiza combate firmemente tales actitudes; el futbol, como todos los deportes, no puede dar espacio a grupos e individuos que confunden pasión del deporte, afición a su equipo y a su país, con expresiones desplazadas de nacionalismos ciegos e intolerancia hacia los demás.

El evento deportivo más popular del planeta es una gran vitrina hacia el mundo. Cada uno muestra lo mejor de sí. Lo mejor en términos de futbol, por supuesto, pero también lo mejor en términos de solidaridad, de empeño, de equipo. El equipo de Suiza refleja bien nuestra idiosincrasia: organización, eficacia, un cierto conservadurismo, quizá poco brío individual, pero en cambio cohesión y trabajo en conjunto; pragmatismo y una dosis de creatividad que tiende al resultado más que al espectáculo.

Cada jugador, cada equipo, cada aficionado, perseguirá su sueño personal o colectivo de obtener el mejor resultado posible. Como Walacek en la novela del escritor suizo Giovanni Orelli, que no se voltea cuando recibe el balón, brinca hacia adelante y permite a Suiza con su gol recuperar el retraso y ganarle a Alemania en el campeonato mundial de Francia 1938. Walacek cumple así su sueño; su sueño futbolístico, pero también su sueño de pertenencia a un equipo. Toda Suiza, en su diversidad, participa en este gran evento deportivo con su sueño en el cajón.

Por supuesto, que gane el mejor, pero, en los idiomas oficiales de Suiza: “Hopp Schwiiz, Forza Svizzera, Allez Suisse, Hopp
Svizra!”

 

   *Embajador de Suiza en México