CIUDAD DE MÉXICO, 17 de mayo.- Sudáfrica se convirtió en la tierra prometida que tanto buscó la selección  de España y le sirvió de inspiración para que ofreciera una de las mejores muestras de futbol que se tenga memoria. Ahí, guiada por Vicente del Bosque, quien armó una maquinaria casi perfecta, puso punto final a su historial de fracasos para convertirse en el octavo representativo en ganar la Copa del Mundo.

El 11 de julio de 2010, en Estadio Soccer City de  la ciudad de Johannesburgo,
La Furia Roja doblegó 1-0 a la selección de Holanda para obtener su primera corona, en un partido que se quedó grabado por su crudeza y un gol agónico de  Andrés Iniesta. Sufrió lo indecible, sus jugadores terminaron con las piernas destrozadas por el cansancio y por los golpes de sus oponentes, pero pudo salir avante. Por un día el pueblo español conoció el paraíso. Por un día, la mayoría de los habitantes del país celebraron sin pensar en la política.

Del Bosque no renunció a la labor que inició Luis Aragonés en 2004, cuando tomó el mando del representativo ibérico. Mantuvo el juego organizado que tanto le gustaba al ya fallecido entrenador: la posesión del balón que se ha convertido en su máximo sello, la unión de los mejores jugadores dentro del rectángulo por sobre cualquier interés y la valentía de su once que tanto le ayudó para conseguir el título de la Eurocopa en 2008, a costa de la poderosa Alemania. Su equipo nunca jugó con miedo, sin importar el rival al que enfrentara, y siempre hizo que el balón corriera a su favor. En su país los medios lo catalogaron como un “futbol de orfebrería”.

Convencido de sus capacidades y arropado por su calidad, el cuadro español se plantó en la cancha del Soccer City confiado en que podía lograr el título, aunque se llevó una sorpresa que desconcertó a todo el mundo: el técnico tulipán Bert van
Marwijk apostó por un juego seco, en el que su gente buscó aminorar el ánimo español con patadas y entradas fuertes. Buscó un único error de su rival que le abriera las puertas para ganar.

La selección de Holanda se traicionó a sí misma y se olvidó ese futbol de vanguardia que enamoró al mundo desde 1974 para llevar a un partido de escasas emociones. Van Marwijk creía que era la fórmula idónea para trabar a su oponente, aunque aún así no pudo contener del todo a los españoles que tomaron el control del balón apenas iniciado el partido.

Empujado por Xavi Hernández, Xabi Alonso y Andrés Iniesta, el equipo de Del Bosque buscó llegar al área rival, aunque se encontró con una muralla naranja resguardada por los carroñeros Nigel de Jong y Mark van Bommel, que le arruinaron su buen inicio. Los dos con golpes y patadas de karatecas enfriaron el ímpetu de su rival, junto al árbitro inglés Howard Webb.

El colegiado perdonó dos tarjetas rojas a los contenciones holandeses por faltas sobre Iniesta y Alonso. Van Bommel barrió por detrás a Iniesta, mientras que De Jong puso su pie derecho en el pecho de Xabi. Webb consideró que ambas acciones sólo merecían la amarilla.

Los únicos jugadores de los Países Bajos que se salieron del guión fueron Wesley Sneijder y Arjen Robben, quienes estuvieron cerca de terminar con el sueño rojo. En el minuto 61, el primero filtró un pase que puso a Robben frente a Iker Casillas. El portero achicó bien para evitar el gol.

Robben volvió a tener la oportunidad de marcar en una acción en el minuto 81 gracias a Robin van Persie, quien le bajó un balón con la testa para ponerlo a competir en velocidad con Carles Puyol. El jugador del Bayern Múnich ganó el duelo, se plantó nuevamente frente a Casillas, pero el portero, imperial como pocas veces, le sacó el balón con sólo recostar. En ambas jugadas era España el equipo que estaba volcado en busca del gol.

Llegó la prórroga y con ella una nueva acción polémica de Webb. En una maraña de piernas, el balón le llegó a Xavi Hernández, pero cuando se aprestaba a fusilar a Maarten Stekelemburg se cruzó la pierna de John Heitinga. El árbitro no pitó nada. Ni siquiera requirió al jugador del Barcelona para que no lo tratara de engañar.

Aún así, La Roja recobró el ánimo en el afán de obtener la ventaja, siguió con su ritmo, su marca férrea y sus toques precisos. Uno de Iniesta, en el minuto 95, puso a Cesc Fábregas frente a  Stekelemburg, aunque el cancerbero ganó el duelo al desviar el tiro con la zurda. Tres minutos más tarde, el pálido medio español también tuvo una posibilidad para fusilar, aunque no logró acomodarse nunca.

Sin embargo, la recompensa llegó ante tanta insistencia. El futbol recompensó a la selección que mejor trato le dio a lo largo del campeonato. Fue en el minuto 116 cuando la zaga holandesa rechazó mal un centro de Fernando Torres para dejar el balón a merced de Fábregas. El 10, que usualmente utiliza el número 4, lo arrastró unos metros para cederlo enseguida a Iniesta, quien, solo, cruzó con la diestra su tiro para poner el 1-0 en el marcador. Era el gol que mataba, el que se celebraba en cada rincón del territorio de España.

El tanto de Iniesta, manchego de nacimiento pero adoptado por Cataluña, unió por un instante, una noche, a un país que se olvidó de regionalismos. Los catalanes gritaron su gol al igual que los vascos o los gallegos o madrileños. No hubo distinción, como lo relató el diario El País, en la madrugada del 12 de julio.

“No hubo debates, ni matices. Un solo tinte coloreó las calles de España y los gritos se convirtieron en una sola voz. Desde Madrid a Barcelona, en todas las ciudades, cada detalle sirvió para escribir el mismo cuento: el de un país volcado con la misión histórica de su selección.”

Los monarcas del balón

 JOHANNESBURGO.- Son pocas las veces que el deporte es justo con quien más lo merece, pero de pronto pasa y eso siempre habrá que agradecerlo. Ayer el futbol le dio un voto de credibilidad al buen juego y permitió que el mejor equipo se convirtiera también en el campeón.

España ganó el Mundial porque venció 1-0 a Holanda en tiempos extra, siendo siempre mejor que el rival. El equipo ibérico fue de lo más destacado que tuvo el torneo, hizo todos los méritos para levantar el título y, de la mano de una brillante generación de futbolistas, hoy puede presumir la Copa del Mundo.

España fue España todo el torneo y ahí, principalmente, recaerá su histórica victoria. No cambió, como sí lo hizo Holanda, en ningún momento del campeonato. Sí decidió hacerlo, en cambio, su rival de ayer.

Holanda, que en sus seis partidos anteriores y aún más atrás, desde que Bert Van Marwjik tomó a este equipo, sacrificó parte de su ideología futbolística a cambio de los resultados, en la final del Mundial decidió apostar por la agresividad en el peor sentido de la palabra. Borró el brillante futbol de varios de sus jugadores, el balompié de toque que se ha degustado a lo largo de décadas, para darle paso a una artera repartición de patadas que al final, y de forma tardía, dejó a los holandeses con uno menos en el campo por la expulsión de John Heitinga.

Pero ni las continuas faltas no los espacios cerrados parecen poder con el talento del equipo español que, al final, como justo premio a su actuación mundialista pero además a sus destacadísimas últimas temporadas con el Barcelona, tuvo en Andrés Iniesta a su héroe. Fue él quien se encontró una pelota dentro del área holandesa al minuto 116 del encuentro y lo cruzó de derecha a Maarten Stekelemburg para hacer de España, ya sin ninguna posibilidad de duda, el mejor equipo del mundo. 

El conjunto de Vicente del Bosque no contó con la letalidad de David Villa, perdió ante la falta de espacios que cedió Holanda. Tampoco tuvo en Xavi al hombre capaz de filtrar una pelota y resolver el partido. Ayer el motor del equipo fue opacado por las patadas y al final perdió el duelo, al menos mental, ante Mark van Bommel, quien de la peor forma posible lo sacó de concentración. Pero España sí tuvo a un hombre infaltable en los grandes momentos de este equipo: Iker Casillas. El portero de La Furia le ganó dos mano a mano a Arjen Robben que hubieran significado el adiós al sueño español. Con su equipo buscando el juego e intentando generar espacios, Holanda, gracias al talento de Wesley Sneijder y Arjen Robben y que ayer no quiso utilizar, le ganó dos veces la espalda a la zaga ibérica y forzó dos apariciones monumentales de Casillas.

Con su parte del guión cumplida, el portero y capitán del equipo español sólo esperó por su coprotagonista, que terminó siendo Andrés Iniesta.

A España le dieron el título dos jugadores que pasan diez meses del año siendo grandes antagonistas con el Real Madrid y con el Barcelona. Pero ayer los dos elementos jugaron por España, que fue la que al final ganó, y que, ante momentos como éstos, poco saben y les importan las comunidades, escudos, clubes o influencias futbolísticas.

- Fragmento de la crónica de Ricardo Puig publicada en excélsior