CIUDAD DE MÉXICO, 9 de mayo.- La discusión se hizo eterna con el tiempo. A aquella selección campeona de México 70 sólo se le asemejaba la de España ‘82.

No obstante, el verdadero sobrenombre del Jogo bonito vino con la generación que encabezaba Zico para el Mundial ibérico y que perdió catastróficamente ante Italia en la fase de grupos por jugar bello cuando podía especular y pasar con el empate a semifinales.

La selección que formó Telé Santana para el mundial de España 82 caló en los aficionados pese a que no ganó nada. Sin embargo, se quedó clavada en el corazón de muchos suspirantes por encima de las que sí ganaron la Copa como la de Estados Unidos 94 o Corea y Japón 2002.

Con todo, lo único que hizo el juego de Brasil en 1982 fue exacerbar la contracorriente del juego bonito porque el resultado también era una cuestión que empezaba a mandar en Brasil.

  Telé Santana conformó un equipo formidable, estético. Para muchos, el mejor. No cumplía la máxima de que el futbol empieza por el portero y acaba con el delantero.

Lo más débil de esa selección brasileña era el portero Valdir Peres y el ariete Serginho que no estaba a la altura de Careca que se había lesionado antes del Mundial. Con otro centro delantero las cosas hubieran sido distintas, piensan algunos nostálgicos.

Serginho se perdía desconectado de todo lo que pasaba a sus espaldas. Los que llevaban con sentimiento el juego eran Junior, Toninho Cerezo, Falcao, Sócrates, Zico, Eder... un cuadro de ensueño.

En la segunda fase, donde se eliminaban por grupo para buscar a los semifinalistas, Brasil hizo añicos a Argentina. Se les comparó entonces con la selección de 1970, pero la derrota con Italia hizo saltar por los aires el juego bonito.

 Brasil, por como se presentaban las cosas, requería únicamente del empate para pasar, pero aquella tarde en el Estadio Sarriá, en la comunidad catalana, la historia, el arte y el futbol, traicionarían a Brasil.

Era Italia ciertamente un equipo silencioso, parecido a su técnico Enzo Bearzot que cual fumador de pipa daba un aire espeso de hombre avejentado y que soportó todas las críticas previas sin engancharse en algún dilema.

A muchos les parecía un hombre menudo y débil, sin las agallas necesarias para conducir un cuadro nacional. Sin embargo, desde 1978 preparaba a la selección italiana en la que hizo ingresar a varias figuras juveniles respetando la base de la Juventus: Zoff, Tardelli, Rossi, Cabrini, Scirea, Cuasio, Gentile. Era una Italia diferente.

La cita con Brasil los ponía contra las cuerdas, pero pronto disiparon el asunto. Tardelli tocó para Cabrini al lado izquierdo y éste puso un centro impecable para Paolo Rossi que cerró con una decisión inquietante, de aquel que se perfilaría para ser el goleador del torneo.

No era común que Brasil bregara contra corriente por lo que el ímpetu empezó a desbordarse. Así pues, la primera señal de que las cosas saldrían mal no fue sólo el gol de Rossi sino que Falcao a la siguiente jugada intentó anotar desde medio campo y terminó el balón languideciendo suave en las manos de Zoff.

Los escarceos iniciales fueron para los italianos que tuvieron más control y diseño de jugadas que los brasileños, por increíble que pareciera. Francesco Graziani había mandado un aviso apenas por arriba de la portería.

Pero cuando se conectó Zico con Sócrates el baile fluyó de nuevo por las venas. Serginho, tal vez el centro delantero más ineficaz en la historia de Brasil erró una jugada frente al arco de Zoff. Zico le recriminó y a la siguiente decidió cederla a Sócrates que entró en diagonal al área italiana al ganarle por pulmones a  Gaetano Scirea y colocar el balón a primer poste de Zoff.

Brasil empataba y empezaba el juego bonito a emerger en una cita inolvidable.

El problema vino con los menos  talentosos. Con el juego otra vez quieto, Toninho Cerezo, en una jugada de rutina, pasó muy corto a Junior y apareció Paolo Rossi para robar el balón testero ante el arco de Waldir Peres para anotar violentamente el balón.

Italia nunca bajó los brazos y como un equipo que era igual a un consumado cazador de recompensas, aprovechó cualquier error o duda.

Tardelli y Rossi eran los pilares del equipo. Ganar ese duelo ante el favorito Brasil significaba revertir las sospechas de los críticos que en 19 países encuestados sólo el 1 por ciento daba a Italia como favorito para ganar la Copa.

Era a matar o morir porque el empate no les servía y para su fortuna tenían el juego ganado tras la desconcentración de la defensa brasileña.

Hacía un calor fuera de lo común en Barcelona y el estadio se pintaba a la mitad con los colores brasileños y la otra con los italianos.

Al medio tiempo, Leandro, defensa brasileño, a pesar de la derrota, aseguraba que estaban muy tranquilos porque sabía que podían anotar.

Aguantaron los europeos el toque y la suavidad en el campo de los brasileños hasta que Junior condujo por la izquierda y mandó balón cambiado a Falcao. La jugada no hubiera sido la misma si Toninho Cerezo no corre por detrás de su compañero para imantar a  Scirea y Marco Tardelli. Esa abertura la aprovechó Falcao para vencer a Zoff.

Brasil se colgaba una sonrisa nuevamente. A 20 minutos de  terminar el partido con un empate, prefirió jugar a lo espléndido  ante una incombustible selección italiana, dispuesta a pegar como un peso pesado a la primera oportunidad. Ésa llegó en un tiro de esquina donde la encontró Rossi para hacer su tercer gol y mandar a casa a Brasil.

 

Brasil, borrado por Rossi

Como una auténtica tragedia se sintió la eliminación carioca a manos de Italia, que aunque especulativa supo sacar el juego a su favor

Excélsior

BARCELONA (6 de julio de 1982).- Italia desvaneció hoy sorpresivamente todas las esperanzas  del continente americano para retener la Copa Mundial de futbol, al imponerse a la Selección de Brasil por 3-2 en el estadio Sarriá del Espanyol de Barcelona donde la samba, la batucada y el ondear de centenares de banderas “verdeamarellas”, explotaron sólo por momentos.

Miles de brasileños que acompañaron el paso triunfante de su selección por Sevilla y luego hasta Barcelona donde venció a la Argentina, tenían la seguridad de ver a su equipo en la fase de semifinal.

Para ello sólo les bastaba un empate ante Italia sin importar quizá el lucimiento del futbol habilidoso que venían mostrando y que pronto originó el favoritismo de críticos, técnicos y público.

El carnaval estaba montado con el sonar de los clásicos instrumentos en las tribunas, donde los gritos de “Italia, Italia, Italia...” se escucharon brevemente antes de iniciarse la pequeña tragedia.

Italia comenzó a desarrollar su sistema táctico con Gentile siguiendo por todas partes a Zico; Collovati a Serginho; Conti a Junior; Oriali a Eder; Tardelli a Cerezo y Brasil se veía imposibilitado para penetrar en el muro albiazul donde Scirea quedaba atrás como el último hombre  para corregir cualquier falla de sus compañeros en la marca.

Adelante Grazziani y Rossi esperaban amenazantes el momento de sorprender  con un contraataque y eso ocurrió a los cuatro minutos del inicio, en una falla defensiva brasileña.

Oriali avanzó por la banda derecha e inteligentemente ante todos los caminos cerrados trazó el balón hasta el lado contrario para el defensa Cabrini que estaba solo y con todas las ventajas para servir el balón por alto hasta el área donde Rossi entró justo, sin ninguna marcación y remató con la cabeza hacía el rincón del marco de Waldir Peres.

Un inicio desalentador para la torcida brasileña que quedó sumida en las tribunas. Los tambores dejaron de sonar lo que nos hizo recordar aquella final de 1970 y los recuerdos revivieron cada vez más cuando Brasil comenzó a presionar, a realizar sus movimientos sin balón para abrir los pequeños espacios que permitía la defensiva italiana.

A los diez minutos, Zico le entregó un balón al área a Serginho (de piernas torpes) en claro fuera de lugar, pero el árbitro permitió que siguiera la jugada y con todo el zaguán abierto, cruzó a un lado.

Pero un minuto después, Sócrates logró el empate en otro servicio de Zico justo a  la entrada de Sócrates por el lado derecho, desde donde no tuvo problemas para disparar por abajo y anotar entre la pierna derecha del portero Zoff y el poste derecho.

Pero el actual Brasil no era el de 1970, contundente, de un ritmo constante al ataque, con jugadores como Gerson, Carlos Alberto, Jair, Tostao, Rivelino y por supuesto Pelé.

Y con el empate en su poder, lo que bastaba para lograr la clasificación, se dedicaron a trazar  el balón de un lado a otro pero sin ir jamás al frente con toda decisión, con un Eder perdido y desubicado, demasiado confiado y un Serginho que sólo era una figura decorativa. Así,  los 24 minutos, la samba volvió a ahogarse.

         -Artemio Cano/enviado