CIUDAD DE MÉXICO, 1 de mayo.- El 4 de mayo de 1994, Ayrton Senna emprendió el último viaje a su amado Brasil; ésta vez no eran vacaciones ni para las labores humanitarias que hacía en una nación que pasaba por una crisis económica grave y que encontraban en sus victorias una pizca de alegría. No, ahora se dirigía en un vuelo de Varig procedente de París con destino a Sao Paulo, a su última morada en el cementerio de Morumbí tras el trágico accidente sufrido 1 de mayo, ocurrido en la sexta vuelta del Gran Premio de San Marino, cuando buscaba su primera victoria de esa campaña dentro de la Fórmula 1.

El ataúd del tres veces campeón de mundo, envuelto en una bandera brasileña, fue colocado en la clase ejecutiva de ese avión. Tres hileras centrales fueron retiradas para acomodar el féretro. A su lado, sólo cinco personas de extrema confianza viajaron con él; una de ellas era Josef Leberer, su fisioterapeuta y, para algunos, su verdadero gran amigo, aquel que no buscó la fama ni el dinero de Senna.

El último vuelo. El último viaje a casa, fue algo especial”, expresa quien ahora es el preparador físico de Esteban Gutiérrez en el equipo Sauber. Su sonrisa que expone en cada carrera dentro del paddock y su buen humor guardan una herida que no ha cerrado y es que, como él mismo dice: “El tiempo se fue muy rápido, ya son 20 años, pero aún es difícil hablar de eso”.

Leberer no sólo era de la confianza de Senna, sino de la misma familia. A él le encomendaron el cuidado de su cuerpo en ese viaje trasatlántico, y como un guardián fiel no se separó del ataúd. “No, no pude dormir nada en ese vuelo. Sólo caminaba, me sentaba. Hablaba conmigo mismo, hablaba con él. Fueron 11 horas que me parecieron largas, pero a la vez, fue un largo tiempo para decirle adiós a mi amigo, para rezar por él, para hablar con él. Pensaba que era un mal sueño, tuve el tiempo para meditar en cómo había pasado, orar por su alma y también para agradecerle por todo lo que vivimos. Me senté a lado de él por muchas horas.”

Las cortinas que dividían la primera clase de la turista fueron cerradas para dejar el cuerpo de Senna con ese círculo íntimo que viajó. Sin embargo, de vez en cuando las mismas eran abiertas por pasajeros que se acercaban a verlo, pero sin traspasar esa línea, guardándole un respeto.

Leberer, austriaco, recuerda que Ayrton Senna era una persona diferente aquel 1 de mayo de 1994. La muerte de Roland Ratzenberg, ocurrida un día antes en el mismo circuito lo tenía preocupado.

No era para menos, el destino parecía haber enviado diversas señales de que ese fin de semana sería recordado como uno de los más oscuros de la Fórmula 1. El viernes, el brasileño Rubens Barrichello sufrió un fuerte impacto del que muchos consideraron salvó la vida. El domingo, en el arranque, Pedro Lamy y J.J. Letho protagonizaron un choque que obligó a la salida del safety car, parecía ser la última advertencia de la tragedia que venía.

No hablamos mucho ese día (1 de mayo). Él estaba muy triste por el accidente del día anterior, estaba precavido, no tuvimos mucha conversación, era una persona diferente.”

La personalidad del tres veces monarca de mundo cambiaba conforme a su entorno. “No era fácil estar dentro de su círculo. Todos sabían cómo era dentro del coche: fuerte, comprometido, pero era una persona divertida; fuera de la pista era increíble, muy honesto. Una persona muy especial, pero a la vez tenía que ser duro. Tenía una gran relación con sus padres y conmigo. Me quería igual que a un hermano.” Destacó su gran humanidad: “Él era lo que las personas esperaban, muchos esperaban que los ayudara, especialmente en Brasil, y él lo hacía”.

La relación de siete años entre Senna y Leberer, que empezó cuando el sudamericano militaba en McLaren al lado del francés Alain Prost, terminó cuando el Williams diseñado por Adrian Newey se impactó en la curva de Tamburello. Los paramédicos llegaron y pocos minutos después el helicóptero que trasladaría a Ayrton al hospital arribó. Josef presintió desde el primer momento que ése era el final.

Recuerdo haber visto el accidente. Estaba observando la pantalla, no tengo la memoria si estaba en el motorhome o en el garage. Vi cuando movió la cabeza, él la estaba moviendo y yo pensé ‘Dios mío, no creo que esto salga bien’. Pensé en ese momento que podía haber fallecido, algo me decía que algo malo había pasado, desafortunadamente tenía razón. El profesor Sid Wat-kins (médico de la FIA) me dijo después que fue llevado con vida, pero que sería difícil que sobreviviera porque había un daño cerebral muy grande.”

Dos décadas después de aquel accidente dice sentirse orgulloso por haber sido parte del equipo de trabajo de una de las leyendas del automovilismo,y recuerda que Senna lo impulsaba a encontrar nuevos límites.

Estar con él era muy motivante. Yo conseguía energía extra porque él siempre daba lo mejor de sí y te obligaba a hacer lo mismo. Al principio fue difícil entendernos, pero las cosas se dieron. Hice lo mejor que pude con Senna. Ambos nos respetábamos.”

Leberer describe a Ayrton como un piloto “fantástico”, y no duda en que pudo haber conseguido más títulos mundiales y triunfado con Williams, escuadra a la que llegó en 1994 para sólo completar dos carreras: “Sin duda pudo haber luchado. Williams podía hacerlo, aunque también es difícil comparar tiempo contra tiempo. Épocas diferentes, pilotos diferentes, pero creo que sí podía”.

Veinte años después, Brasil ya no es el país al que Senna ayudaba. Tiene una de las economías más fuertes de América Latina. La zona de Morumbí, donde él descansa, es una de las más prósperas de Sao Paulo. Lo que no cambia es el cariño que siente su país por el ídolo caído; su tumba, como relatan quienes pasan por ahí, siempre tiene flores. “Fue un piloto impresionante, fuerte; está en la memoria de muchos. Estoy orgulloso de haber estado a su lado, es triste que ya no esté”, concluye un hombre que en 20 años ha guardado en su corazón aquel vuelo París-Sao Paulo.