CIUDAD DE MÉXICO, 22 de abril.- Tres veces a la semana llega a las instalaciones del Comité Olímpico Mexicano, se pone su traje de baño y se dirige a la fosa de clavados, donde entrena, lanzándose desde el trampolín de uno, tres y cinco metros. Son clavados muy sencillos los que realiza nuestra protagonista, pero no necesita más pues Ibone Belausteguigoitia tiene 83 años de edad y es la única clavadista master mexicana.

Camina lentamente y con ayuda, pero la vitalidad se nota cuando recuerda su vida. Sobre todo cuando se sube al trampolín. Su vida y pasión son los clavados.

Aunque es vasca de nacimiento, Ibone adoptó a México como su propia nación. Llegó a nuestro país cuando apenas tenía tres años. Al morir su abuelo materno, la familia se trasladó a Coahuila para atender el negocio algodonero que dejó. Posteriormente se trasladaron a la Ciudad de México, donde finalmente se asentó la familia Belausteguigoitia.

“Eramos cinco hijos, en ese entonces los traslados tardaban varios meses, en barco. Toda una travesía.”

Pero el deporte corre por la sangre de la familia Belausteguigoitia. Su padre José María fue futbolista del Athletic de Bilbao y uno de sus hermanos se dedicó al golf, la vela, squash y natación. Ibone fue la única que eligió el deporte de los saltos.

“Cuando jugábamos con los hermanos más chicos, mi papá nos obligaba a jugar con la mano izquierda. Ya una vez cumplíamos nuestro deber, podíamos ir a montar a caballo.”

En aquel entonces los clavados eran sencillos. “Los métodos de entrenamiento eran muy básicos. El trabajo de gimnasio es ahora más intenso que el que hacen en la alberca”.

Cuando apenas tenía 18 años llegó la oportunidad para que Ibone representara a México en los Juegos Olímpicos de 1948. Tenía apenas un año entrenando, era una completa novata. A pesar de su inexperiencia ganó las eliminatorias y se dirigió a Londres en una delegación mexicana que incluyó a otras cinco mujeres.

Fue en estos mismos juegos en los que Joaquín Capilla empezó su legado olímpico con un bronce, pero en los que nuestra protagonista no logró lucir.

Ibone llegó a Londres, un ciudad desconocida, impresionante y más que nada imponente. Quedó deslumbrada por este lugar desconocido. Su actuación no fue la esperada: quedó en el lugar 16. Una fractura en la muñeca la relegó de los entrenamientos, aún así ella asegura que su pobre desempeño no se debió a la lesión. Su falta de fortaleza mental, concentración y poco conocimiento del mundo le cobraron factura.

“No me habían enseñado la parte interna para competir, que tienes que estar concentrado en lo que estás haciendo. Yo estaba fascinada con todos los alrededores y no estaba pensando en lo mío.”

La fractura de la muñeca resultó un pasaje anecdótico, un reflejo de la situación tras la Segunda Guerra Mundial. Instalaciones deplorables que no cumplían estándares mínimos de seguridad y mucho menos para una competencia.

Ibone, acostumbrada a fosas profundas, se lanzó desde la plataforma de 10 metros. ¡Oh sorpresa! La alberca apenas tenía tres metros de profundidad y no cinco como ella estaba acostumbrada. Fue a dar directamente contra el suelo con las manos por delante.

Ninguno de los médicos de la delegación mexicana se encontraban en el lugar, por lo que su padre la llevó con un doctor amigo suyo de la Universidad de Oxford que la atendió. A pesar del dolor Ibone continuó su travesía por tierras inglesas.

Fue un año después, en una competencia en Estados Unidos, donde aprendió la técnica de los saltos y así ganó un bronce en las competencias nacionales de Estados Unidos.

“Nos tirábamos en un lago y ponían una red en el fondo. No tenían instalaciones.”

Pasó poco tiempo para que Ibone dejara los entrenamientos: ya no quiso continuar por el camino del deporte.

Cambió el traje de baño y las albercas por el altruismo. Se convirtió en misionera, viajó a París y Tokio y así pasó sus siguientes años.

Fue casi 20 años después que la fosa de clavados se cruzo otra vez en su camino. Sin posibilidad de poder competir con las nuevas generaciones se enfocó en los más grandes.

“Una entrenadora estadunidense me dijo que existían los clavados master en Estados Unidos y empecé a competir. Eso fue en 1968. Yo iba al deportivo y me echaba clavados. Desde entonces no he parado.”

En ese entonces eran pocos deportistas y escasas las competencias para mayores. “Hoy en día hay hasta cinco al año”.

Ibone es la única representante mexicana en categorías master, aunque en alguna ocasión clavadistas como Carlos Girón y Jorge Telch se aventuraron a participar en un Mundial de la especialidad.

También fue la primera mujer vasca en participar en unos Juegos Olímpicos, así como la primera en ingresar al International Swimming Hall of Fame. Ella no comenta mucho al respecto, como tampoco sobre el marcapasos que la acompaña desde hace ocho años. ¿Parar de entrenar? Dice que hasta que la fuerza le permita ella seguirá lanzándose a la piscina.