Viva Brasil: Estados Unidos 1994, ¡malditos penales!

Desde el manchón de los once pasos, México perdió ante Bulgaria La tarde en que Mejía Barón dejó a Hugo en el banquillo

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12/04/2014 00:43 JC Vargas

CIUDAD DE MÉXICO, 12 de abril.- Son varias las imágenes que se cruzan por la mente cuando el Mundial en cuestión es el de Estados Unidos 94: la afición mexicana, en las tribunas del estadio de los Gigantes de NY, gritándole al técnico Miguel Mejía Barón que metiera a Hugo Sánchez, el autogol del defensa colombiano Andrés Escobar ante los anfitriones, quien muriera asesinado un par de semanas después, en Medellín, así como el once brasileño dedicando el tetracampeonato al piloto Ayrton Senna, a quien todavía se le lloraba su trágica muerte en la pista de Imola.

La selección mexicana se asomaba al Mundial gringo después de la triste ausencia en Italia 90 por el cachirulazo. La sorpresa en el Grupo E fue que el Tricolor de Miguel Mejía Barón terminó por encima de Irlanda, Italia y Noruega, en un grupo extraño en el que todos terminaron con cuatro unidades.

México comenzó con una derrota ante Noruega, aunque dos tantos de Luis García ante Irlanda nos pusieron de vuelta en la pelea. El tercer partido sería dramático. Marcelino Bernal marcó el empate a un gol y con ello puso a los italianos en predicamentos. Los europeos apenas calificaron como uno de los mejores terceros lugares.

Llegaría entonces el cuarto partido ante Bulgaria, en el estadio de los Gigantes de Nueva York. El juego terminó empatado a un gol gracias a los jugadores que portaron el número 8 en la camiseta: Hristo Stoichkov y Beto García Aspe (de penal). 

Los viejos aficionados (y los no tanto) aún se molestan al recordar a Hugo Sánchez en el banquillo, mientras Mejía Barón se olvidó de hacer los cambios y darle a México la posible victoria ante los búlgaros.

Al final, el técnico no hizo el cambio que todos pedimos y el Tricolor se encontró con el fantasma de los penales. Aunque el multicolor Jorge Campos detuvo un penal a Balakov, Beto García Aspe, Marcelino Bernal y Jorge Rodríguez desperdiciaron sus disparos. Claudio Suárez hizo efectivo el suyo, aunque la suerte estaba echada: México perdía ante Bulgaria por 3-1 y era momento de cruzar el Río Bravo de vuelta a territorio mexicano.

Por aquellos días se dio un suceso trágico, aunque afuera de Estados Unidos. Sucedió que un defensa colombiano había marcado un autogol ante el cuadro anfitrión y aquello permitía a los Bora Boys llevarse la victoria por 2-1.

Se dice que fue cosa de apuestas, lo cierto es que el seleccionado colombiano fue eliminado y sus jugadores volvieron a su terruño. Justo estaba Escobar afuera de una discoteca en Medellín cuando un desconocido le increpó por aquel autogol. Seis disparos se escucharon y el defensa murió camino al hospital.

La mala fortuna también alcanzó a la Argentina de Diego Armando Maradona, luego de que el genio diera positivo en un examen antidoping celebrado tras el juego ante Nigeria. Al Pelusa se le encontró endorfina en el cuerpo y Argentina se quedaba sin su salvador.

Quedaba Brasil como único equipo americano en levantar la mano para mantener viva la leyenda de “América para los americanos”. Y la afición mexicana estaba con ellos.

Dunga, Romario y Bebeto eran los protagonistas de un cuadro sudamericano que soñaba con el tetracampeonato. Si bien, en el equipo ya no existía un Rei Pelé o un Garrincha, los futbolistas estaban decididos a romper el ayuno de 24 años sin levantar la copa.

Lo que no se dijo a los medios de comunicación es que cada noche, cuando los jugadores brasileños ingresaban a sus habitaciones, en sus camas y cajones encontraban fotos del piloto Ayrton Senna, así como frases de motivación.

La final fue un déjà vu para los creadores del jogo bonito. Como en México 70, los brasileños enfrentaban de nueva cuenta a la poderosa Italia.

En esta ocasión la squadra
azzurra
traía elementos como Franco Baresi y su delantero estrella Roberto Baggio. Ambos fallaron en la tanda de penales, dejando en los botines de Branco, Romario y Dunga la oportunidad de asegurar el título.

Fue un marcador de 3-2 el que otorgó a Brasil el ansiado tetracampeonato.

La de Estados Unidos fue una Copa del Mundo que contó con dos campeones de goleo:  el ruso Oleg Salenko y el búlgaro Hristo Stoichkov llegaron a la cuenta de seis goles.

Aquel partido contra Bulgaria dejó secuelas. Hasta la fecha Miguel Mejía Barón y Hugo Sánchez siguen distanciados.

 

Esa necesidad de festejar un gol

“Siempre seré un defensor del festejo que produce un gol porque, como dijo alguna vez el rubio defensa norteamericano Alexi Lalas, ‘es un momento muy sexual y un tiempo de descontrol’, pero no encuentro razones suficientes para entender la necesidad de quitarse la camiseta de juego, incluso cuando no hay debajo nada que enseñar a las cámaras, ¡incluso cuando no hay cámaras!

“La FIFA decidió dejar de penalizar a los anotadores  que sienten esa necesidad, quizá lo vivieron en carne propia al cascarear en Zúrich y decidieron llevar a cabo una más de las adecuadas correcciones que ha hecho el organismo rector: callándonos a quienes asegurábamos que solamente se reunían para destrozar al futbol y los futbolistas.

“La imposibilidad de usar las manos en el futbol hace que el anotador tome venganza en el festejo, utilizando como instrumento lo primero que encuentra, que desde hace algunos años es, justamente, la camiseta de juego. En ocasiones observamos que esta tendencia carnavalesca resulta más elaborada que el mismo gol; pero no es más que una manifestación proporcional a la dificultad, cada vez mayor,  para anotar actualmente dentro de un partido de futbol.

“Poco tiempo antes de que entrara en vigor este permiso para exhibir músculos, grasas o huesos, Walter Coyette, entonces jugador del Atlas, tuvo el honor de ser el último expulsado, en México, por quitarse la camiseta luego de anotar. Me recordó aquella fecha grabada en un resto del Muro de Berlín, de un alemán oriental asesinado por intentar escapar, en noviembre de 1989.

“Muy pocos meses más tarde de aquella fecha escrita, millones pudieron cruzar la Puerta de Brandenburgo con toda libertad y en la jornada 10 del torneo Verano 2001, Víctor Santibáñez (quien ya tenía tarjeta amarilla) festejó su gol ondeando la playera rayada por todo lo alto sin nada más que lo cubriera, sin nadie que lo penalizara.

“Durante las últimas décadas muchos futbolistas han internacionalizado festejos que han hecho olvidar el gol que marcaron en ese momento: desde la famosa cunita de Bebeto en Estados Unidos 94, hasta la línea de cal inhalada por el inglés Robbie Fowler en 1999, sin olvidar los trenecitos, los besos a las alianzas matrimoniales y aquel agarrón trasero que se dieron los búlgaros tras anotar el último penalti a México en Nueva York.

“Festejar no es exclusivo del futbol, ¡claro que no! Pero es probablemente la mejor manera de ejemplificar el alcance de un logro, aunque sea transitorio y aunque implique la desventura de alguien más.

“Los bebés festejan innatamente, sólo por haber presenciado algo que les agrada. Pero vemos que también las tragedias y los asesinatos desatan festejos, como constatamos el 11 de septiembre de 2001. México es un país que necesita festejar (incluso las derrotas), por eso salió a las calles en 1993, con el subcampeonato de la Copa América. Por eso celebramos nuestra independencia desde hace cerca de 200 años y por eso llevamos más de 140 años festejando, cada cinco de mayo, la victoria sobre los franceses en Puebla.

“Octavio Paz lo describe con toda exactitud en El laberinto de la soledad: ‘A diferencia de lo que ocurre en otras sociedades, la fiesta mexicana no es nada más un regreso a un estado original de indiferenciación y  libertad; el mexicano no intenta regresar, sino salir de sí mismo, sobrepasarse’.”

 

- Fragmento tomado del libro Guantes Blancos, escrito por el portero mexicano Félix Fernández, quien asistió a USA 94 como tercer portero del Tricolor (por detrás de Jorge Campos y Adrián Chávez) Al no tener actividad, Fernández decidió escribir sobre su profesión en pleno Mundial

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