CIUDAD DE MÉXICO, 11 de abril.- Si hay alguien que puede contar lo que ocurrió en Italia 90, ése es el argentino Diego Armando Maradona. Aquel que llegó a la Península Itálica con el gafete de capitán y campeón del mundo, el que se desquitó de los ingleses -por aquello de las Islas Malvinas- con La Mano de Dios y el que empujó al batallón de once argentinos a terminar la obra en México y finiquitar a los casi siempre invencibles germanos.

A Diego, amado por el pueblo napolitano, le esperaba una historia diferente. Basta recordar que en la inauguración, celebrada en el estadio Giuseppe Meazza (con desfile elegante gracias a la firma Armani y el cántico de Una state italiana con Gia-nna Nannini y Edoardo Bennato) se asomó un gigante camerunés que le echó a perder la fiesta a la campeona Argentina.

François Omam-Biyik alargaba sus piernas y firmaba con un testarazo la primera derrota del once de Diego Armando. El segundo descalabro sería en la final, ante unos viejos conocidos dirigidos por el Kaiser Franz Beckenbauer. Una revancha que sólo esperó cuatro años.

Antes de llegar al último partido, la Argentina de Diego tuvo un papel protagónico debido a que en el camino dejó a Brasil e Italia.

El duelo ante los brasileños fue en octavos de final y tuvo contexto en el Stadio delle Alpi, de Turín, en el que Dunga, Branco, Romario y Bebeto hicieron todo lo posible para tratar de borrar de la cancha a los eternos rivales sudamericanos. De pronto, al minuto 80, un toque genial del Pelusa Maradona dejó el esférico en los botines de Claudio Caniggia. Un minuto después  brasileños y argentinos lloraban, aunque por distintas circunstancias.

Argentina se encontró a Italia en semifinales y el escenario le quedó ni pintado a Maradona. El encuentro fue en el estadio San Paolo, en Nápoles, y los periodistas argentinos decían que Diego jugaría en casa. Diego Armando había llegado antes al país azurro (1984-91) para hacer campeón al Nápoles y romper años de desencanto
y hegemonía del poderoso y millonario AC Milán.

En el sur de Italia había emociones encontradas. Por un lado estaba el héroe que levantó con la zurda a todo un equipo y levantó la moral de la familia napolitana. Pero, por el otro lado, estaba la Squadra Azurra y el orgullo de tener a Zenga, Baggio, Baresi, Maldini, Donadoni y Salvatore Schillaci en territorio pobre.

Aquella noche, en el estadio San Paolo, aparecieron pancartas que le pedían a Diego que no hiciera daño a la selección italiana. El cariño lo mantenían para el ídolo argentino, pero querían a su selección en la final.

Diego Armando Maradona les respondería, en televisión italiana: “Napolitanos, 365 días al año son africanos, pero hoy les piden ser italianos”. Franco, como siempre, el número 10 de Argentina hacía alusión al racismo interno que existe entre los italianos del norte hacia los del sur.

Algo se rompió aquella noche entre los tifosi napolitanos y el que fuera su salvador en el futbol doméstico. Porque Argentina pasaba a la final luego de definir el juego desde el manchón de los once pasos. El juego había terminado empatado a un gol, con anotaciones de Roberto Baggio y Claudio Caniggia. En la tanda de penales sería el propio Diego el último argentino en hacer efectivo el disparo. Goicoechea, el portero albiceleste que llegó a la Copa del Mundo en calidad de suplente, se convertía en el héroe de la noche al parar los últimos penales a Donadoni y Serena. Había luto en Nápoles.

Mientras Argentina soñaba con el bicampeonato e Italia era despedida de su propio Mundial, la selección alemana hacía lo propio para convertirse en la otra finalista.

La máquina de Franz Beckenbauer terminó como líder del Grupo D y después dejó en el camino a la Holanda de Gullit y Van Basten (una de las favoritas por ser campeona de la Eurocopa en 1988), a la extinta Checoslovaquia y a la Inglaterra de Paul Gascoine.

Las tribunas del estadio Olímpico de Roma, en la final entre Argentina y Alemania, se saturaron de aficionados teutones y europeos que gustosos abuchearon el himno argentino, mientras Maradona era captado en la pantalla gigante escupiendo un ‘hijos de puta’.

El final se ha contado muchas veces. El árbitro Edgardo Codesal marca un penal. Sensini derriba dentro del área a Rudi Voeller y  Andreas Brehme se encarga de borrar a Goicoechea y compañía. ¿Diego?, él llora en el centro de la cancha.

 

Las opiniones de un pie izquierdo

El escritor mexicano Juan Villoro recuerda al Diego Maradona que llegó a Nápoles para ganar un scudetto prohibido durante 60 años

“... inyectado por médicos sin escrúpulos, dispuesto a viajar 20 mil kilómetros para jugar un amistoso, Maradona se había consumido a un ritmo de cuatro partidos por semana, en medio de una verbena de reporteros y fotógrafos.

“En 1984, el bebé nacido en el hospital Eva Perón refrendaba la capacidad argentina para producir mitos melodramáticos. Nápoles era su Pompeya posible, un lujoso cementerio con vista al mar de la leyenda. Sin embargo, en su misma precariedad, el club celeste le brindaría el combustible de entusiasmo  y rencor para crear ‘un equipo desde abajo y contra todos’, y cumplir la máxima tarea de Hércules deportivo: el regreso contra los pronósticos.

“En su primer partido en la Italia del norte, Maradona conoció el racismo con que se trataba a los napolitanos. Una pancarta decía: ‘Bienvenidos a Italia, lávense los pies’. El niño de Villa Fiorito había caído en la sede de los italianos pobres que décadas antes buscaron refugio en las barriadas argentinas. Decidió poner su sentimentalismo cum laude y su pie izquierdo al servicio de San Gennaro, patrono de la ciudad. Los resultados desafiaron toda lógica: el equipo que en los excelsos vestidores del Milán de Armani era visto como una horda africana empezó a ganar partidos.

“El futbol es, entre otras maravillas, un gran disparate físico. Maradona mide 1.62; en sus tiempos como profesional dormía hasta las 11, corría sin ganas y digería con calma chicha (una ración de más en el espagueti del sábado se le notaba en el juego del domingo). Sin embargo, una tensión extraña le recorría el cuerpo. Aunque se vistiera de frac, parecía a punto de matar un balón con el pecho. Fue el mayor artista del capricho que ha conocido el futbol, el más dramático y el que más ha influido en su equipo. Ni siquiera Pelé ejerció un liderazgo tan unánime. En el Mundial de 1986, Diego logró hacernos creer que cualquier selección hubiera sido campeona con él en punta.

“Maradona llevó al Nápoles a su primer scudetto en 60 años, en una liga de formidable rudeza, y aceptó ser el hombre más públicamente pateado del siglo XX. La aldea global atestiguó sus lances en el circo romano. De las brumosas estepas de Europa oriental y las insoladas planicies del leopardo llegaron legionarios dispuestos a romperle los tobillos. Diego jugó según su peculiar sicología: como Novato del Año, con una ansiedad primaria para ganarse el puesto. Sin la pelota, Diego se siente más solo que Adán el Día de las madres. Nunca dejó de ser el adolescente al que Menotti tuvo que hacerle el nudo de la corbata para que recibiera el trofeo de mejor jugador en el Mundial Juvenil de Tokio 79.

“Nápoles se entregó sin miramientos al salvador extranjero. El bel canto adoptó arias en su honor, cada tavola calda incluyó en su menú la pizza Maradona y los nombres de los próceres fueron borrados de las calles para honrar con redundancia al nuevo héroe: la Via Maradona desembocaba en la Piazza Maradona. En 1990 Argentina eliminó a Italia del Mundial, nada menos que en el estadio San Paolo. El drama rebasó a los cronistas de La Gazzetta dello Sport y reclamó un libreto de Puccini. El Espartaco del sur luchaba contra las huestes de la Roma imperial. En Nápoles, Argentina parecía una Italia más verdadera. La ópera se resolvió en penales. Cuando Maradona se dispuso a tirar el suyo, los napolitanos no pudieron silbarle; soportaron el ultraje en silencio: la pelota rodó, lenta, perfecta, inalcanzable. Los napolitanos aplaudieron, con lágrimas en los ojos, en franco suicidio emocional”.

 

*Texto tomado del libro Dios es redondo, del escritor mexicano Juan Villoro.