CIUDAD DE MÉXICO, 10 de abril.- El 31 de mayo de 1986 la atención se concentró en la Ciudad de México. Miguel de la Madrid, en ese entonces presidente de la República Mexicana, se presentó en el estadio Azteca para inaugurar la edición numero 13 de la Copa del Mundo y la afición que asistió al llamado Coloso de Santa Ursula lo recibía entre abucheos y aplausos.

Contradictoriamente, al tiempo que el máximo mandatario pedía, en su discurso de apertura, estabilidad y paz para todo el mundo, en la Ciudad de México todavía se encontraban escenas de damnificados y estructuras destruidas por el terremoto de 1985, fenómeno natural que causó la muerte de más de 30 mil personas y provocó perdidas que rebasaban los cuatro mil millones de dólares.

En Colombia una crisis económica fue el pretexto suficiente para evitar la organización de una Copa del Mundo, mientras que en México un terremoto no acabó con la idea de celebrar un segundo Mundial en su territorio.

En el plan original, la FIFA había decidido que la justa de 1986 se organizaría en el país cafetalero y el grupo  bancario El Águila de Colombia aceptó la responsabilidad de financiar las obras necesarias para el Mundial.

En 1982, El Águila no logró resistir la crisis de América Latina y se declaró en bancarrota. Colombia se quedó sin dinero para acatar las exigencias de infraestructura que le pedía la FIFA y el presidente de Belisario Bentancur declinó la posibilidad de organizar el Mundial.

Joao Havelange, presidente de la FIFA en esa época, aceptó el consejo de Guillermo Cañedo y eligió a México como la sede alterna para organizar el Mundial de 1986.

El terremoto de 1985 dañó la Ciudad de México, pero no afectó a la infraestructura de los estadios. El gobierno mexicano avisó que el guión dispuesto para organizar el Mundial no cambiaría.

En el juego inaugural entre Italia y Bulgaria, en la gradas del estadio Azteca, además del aficionado común, esperaban su turno el entrenador de Escocia, Alex Ferguson, la selección de Argentina y, en sus hoteles, la Unión Soviética, España y Brasil aguardaban para salir a escena.

México,  encomendado a la sapiencia de Milutinovic, regresó a un Mundial después de estar ausente en España 82 y centró sus esperanzas en el goleador del Real Madrid, Hugo Sánchez.

La Selección Nacional clasificó sin perder ningún partido en la fase de grupos, Manuel Negrete ilusionó al brincar lo más alto posible para anotar un gol de tijera en el estadio Azteca y resistió hasta quedar eliminado en la tanda de penales por Alemania, en los cuartos de final.

México brilló en cinco partidos, pero el protagonismo lo robó el equipo albiceleste. Argentina arribó a México sin ser cabeza de serie y lejos de los equipos considerados favoritos. Fue líder de grupo y superó los cuartos con un gol de Pedro Pascualli, tanto que Uruguay no supo superar.

En los cuartos de final se encontró a Inglaterra. Una noche antes del partido,  Jorge Valdano habló a una televisora mexicana para reclamar porqué no habían comentado la importancia del partido para Argentina.  La herida que causó la batalla de las Malvinas, una guerra entre Reino Unido y el país albiceleste que costó  la vida de 649 militares argentinos, 255 británicos y tres civiles isleños, se mantenía presente en el equipo de Carlos Bilardo.

En el encuentro, Argentina soltó a uno de sus genios en el estadio Azteca. Gary Lineker, goleador del certamen, esperaba aumentar su cuenta de seis goles y Argentina esperaba desquitarse de la derrota bélica que se había consumado en 1982.

Maradona apareció para acrecentar su mito. El jugador del Napolés, ídolo en Italia, primero venció al meta de Inglaterra con la mano. Brincaron, en el área, el portero inglés y el argentino, pero venció Diego al empujar el esférico con la mano. El 1-0.

Luego llegó el “mejor gol de todos los tiempos”, nombrado así por el cronista uruguayo Víctor Morales. Maradona superó  a seis jugadores de Inglaterra en su recorrido y anotó el 2-0. El Barrilete cósmico, llamado así después del gol, hizo posible el festejo argentino. Lineker anotó el 2-1. Insuficiente para provocar la reacción de Inglaterra.

Argentina venció a Bélgica en las semifinales y enfrentó a Alemania en la final. El equipo teutón logró empatar una desventaja de 2-0, pero no reaccionó tras el gol de Burruchaga al 84’, el 3-2 que coronó al equipo de  Diego Armanado Maradona.

 

El momento más sublime de Diego

Maradona, a través de las plumas de Daniel Arcucci y Ernesto Cherquis, recuerda el día que levantó la Copa en el estadio Azteca

“Yo lo miraba de reojo, porque sabía que mucho no faltaba, que no faltaba nada. Lo miraba de reojo a Arppi Filho, el réferi brasileño, chiquitito así, y cuando levantó los brazos y pegó el pitazo, ¡me volví loco! Empecé a correr para un lado, para el otro, me quería abrazar con todos. Sentí en el cuerpo, en el corazón,, en el alma, que estaba viviendo el momento más sublime de mi carrera, el más sublime... 29 de junio de 1986, estadio Azteca, México; esa fecha y ese lugar están marcados en mi piel. La Copa en mis manos, la sacudía, la levantaba, la sacudía, la besaba, la sacudía, no sé, se la presté un ratito a Pumpido, en el palco, pero se la pedí enseguida, quería asegurarme de que era de verdad. Que la Copa del Mundo era nuestra, de los argentinos.

“Nos habíamos jugado tanto por eso, nos había costado tanto. Que no creyeran en nosotros, que nos putearan, que nos criticaran. Si hasta los mexicanos se nos volvieron en contra, gritaron los goles de los alemanes. ¿Latinoamericanismo? ¡Latinoamericanismo las pelotas. Los latinoamericanos éramos visitantes, ahí, en el Azteca justamente! Lo que nadie entendió, nunca, fue que nuestra fuerza y nuestra unión había nacido precisamente de ahí, de la bronca. De la bronca que nos daba haber tenido que luchar contra todo. Así tenía que ser, ¿no?, ¡si era un equipo mío! Un equipo hecho desde abajo y contra todos.

“Para mí, el Mundial de México 86, la más grande alegría de toda mi carrera, había empezado, en realidad, tres años antes. Bah, también podría decir que comenzó en el mismo momento en que terminó el Mundial de España, porque la revancha me daba vueltas por la cabeza desde aquellos terribles días, pero... en enero de 1983 pasó algo decisivo, fundamental. Yo estaba en Lloret de Mar, en la costa brava española. De joda, nada: estaba recuperándome de la maldita hepatitis que no me dejaba jugar en el Barcelona, acompañado por Fernando Signorini y un médico. Vivíamos en una casa hermosa, sí pero era sólo para las fotos: nosotros nos pasábamos todo el día laburando. Y en eso apareció Bilardo, que ya era el nuevo técnico
del seleccionado argentino, en el lugar del Flaco Menotti. Venía caminando junto con Cyterszpiller,  desde la casa y hacia la playa. Hacia nosotros.

“Yo me estaba preparando para salir a correr y el Narigón me saludó, me dio un beso, y me preguntó:

-¿Tenés un buzo para mí?

Le di uno y me dijo:

-¿Puedo salir a correr con vos?

“Lo primero que pensé fue exactamente lo mismo que después sentí muchas veces, a lo largo de tantos años de relación: ‘Este tipo está loco, este tipo está mal de la cabeza..’. La cosa fue que corrimos un rato y cuando volvimos me preguntó:

-Quiero saber cómo estás y también comentarte mis planes para el Seleccionado, por si te interesa participar.

-¿Cómo? Por supuesto. Quédese tranquilo que mi contrato con el Barcelona dice bien clarito que me tienen que ceder para las eliminatorias y también para algún otro partido, siempre que el club no tenga algún compromiso importante.

-Me imaginaba. Y el otro punto: ¿tenés alguna exigencia económica o algo?

-¿Exigencia económica para jugar en el seleccionado? De eso olvídese, Carlos. Yo, por defender la camiseta argentina jamás voy a hacer un problema.

-Bueno, bárbaro, bárbaro. También quiero decirte que, si estás de acuerdo, vas a ser el capitán de la Selección.

“Me largué a llorar. Y llorando se lo conté a Claudia, a mi vieja. A todos. Capitán de la Selección. Era lo que siempre había soñado ser”.

 

*Texto tomado del libro Yo soy el Diego/editorial Planeta.