CIUDAD DE MÉXICO, 9 de abril.- En Valladolid se enfrentan las selecciones de Francia y Kuwait. Es junio de 1982. Los galos tienen ventaja en el marcador (3-1), pero anotan otro tanto gracias a Alain Giresse en la primera ronda del Mundial de España. Segundos más tarde, el príncipe Fahid, entonces presidente de la Federación de Futbol de Kuwait, ingresa al campo con su túnica y turbante, ordenando a sus jugadores que se retiren del campo.

Tras hablar con el árbitro e indicarle que había sonado un silbato desde algún sector de las gradas, se anula el gol. Acto seguido es expulsado el técnico de Francia, Michel Hidalgo, por protestar el incidente. El partido continuó y Bossis puso el 4-1 en el último minuto.

Los galos quedarían eliminados en semifinales por Alemania en la tanda de penales (5-4), aun con todo y el extraordinario talento de futbolistas como Michel Platini, Giresse, Bossis, Rocheteau, Tresor y Tigana. El árbitro que revirtió la decisión fue suspendido y el príncipe Fahid recibió una multa de 14 mil dólares.

El formato de la primera Copa del Mundo organizada por la nación española incluyó seis grupos de cuatro equipos cada uno. Los dos mejores clasificaban a la segunda ronda, conformada por dos sectores de tres equipos cada uno. Los ganadores tenían su boleto a las semifinales.

En total se marcaron 146 goles, con Francia a la cabeza de los más efectivos (16). En la eliminatoria participaron 109 selecciones, en gran parte por la reestructuración que se hizo del torneo, expandiéndolo a 24 participantes para permitir la presencia de equipos de África y Asia.

Se instauró por primera vez la definición por penales en las semifinales y la final. Una simpática naranja conocida como Naranjito apareció como mascota y surgieron el Botín de Oro (para el campeón goleador) y el Balón de Oro (al mejor jugador), que terminaron en manos del italiano Paolo Rossi (con seis tantos).

La mayor goleada en la historia de los Mundiales tuvo lugar en la ciudad de Elche, donde Hungría aplastó 10-1 a El Salvador con tres anotaciones de Laszlo Kiss, recordado como el único suplente que marcó un hat trick en tan sólo ocho minutos de un partido mundialista.

A España 82 no llegó la selección mexicana. Su eliminación en la fase clasificatoria quedó fechada el 22 de noviembre de 1981, en el Estadio Nacional de Tegucigalpa. El Tricolor debía vencer a Honduras, que ya tenía su boleto, para avanzar y superar un hexagonal lleno de irregularidades.

A pesar de dominar el juego en la capital catracha, ni Hugo Sánchez ni Manzo ni Tomás Boy, entonces dirigidos por Raúl Cárdenas, pudieron cambiar el 0-0 en las cifras.  “Es realmente triste lo sucedido. La eliminación es una muestra de que nuestro futbol anda mal en todos los niveles”, declaró Hugo tras terminar el encuentro.

Rafael del Castillo, en ese tiempo presidente de la Federación Mexicana de Futbol (FMF), le siguió: “México jugó muy mal y por eso no se pudo calificar. El equipo estuvo muy por debajo de su nivel, faltó inteligencia. Si se hubiera jugado al 50 por ciento de la capacidad, se hubiera calificado sin problemas”.

Honduras quedó ubicada en el Grupo E de la Copa del Mundo. En tres partidos sumó dos empates y una derrota, quedándose en el último lugar por abajo de Yugoslavia, España e Irlanda del Norte, que fue líder. A pesar de ello, hay quienes, como el defensa Jaime Villegas, recordaron con dureza la eliminación de los mexicanos: “Les faltó coraje, garra y amor propio para lograr participar”.

Inglaterra tuvo un comienzo arrollador en el Mundial, imponiéndose a la poderosa Francia (3-1) y luego a Checoslovaquia (2-0) y Kuwait (10). Pero en la segunda ronda fue superada en puntos por Alemania Federal y España, a los que no pudo marcarles goles.

El campeón defensor, Argentina, con todo y el debut de Diego Armando Maradona, se despidió de la corona tras quedar ubicado en la segunda fase en el llamado Grupo de la Muerte, junto a Italia y Brasil, sin poder sumar unidades.

Brasil sufrió la misma suerte, a pesar de contar con Zico, Falcao, Sócrates, Junior y Careca, quien por una lesión no pudo ayudar a la causa.

En la final se enfrentaron los italianos frente a una Alemania Federal que brilló desde el primer partido. El tanto de Breitner para los germanos fue insuficiente frente a los de Rossi, Tardelli y Altobelli, con los que Italia logró su tercer título del mundo.

 

Cuando se juega mal y de malas en casa

Tras el Mundial de 1978, Japón y Estados Unidos inician esfuerzos para llevar el juego a sus canchas, al tiempo que España sufre su propio Mundial

¿Y España? Mal, gracias. Tras no habernos clasificado ni para el Mundial del 70 ni el del 74, sí fuimos al del 78 y nos echaron a la primera.

[...] Poco después de ese Mundial, Argentina ganó en Japón el Mundial juvenil, con Maradona a la cabeza.

[...] Japón se estaba interesando en el futbol. Eso formaba parte de los frutos de la estrategia Adidas-Havelange estaba rindiendo un poco por todas partes. Japón salvaría con su interés la Copa Intercontinental, que estaba decayendo por el puro miedo o, mejor, pánico, de los europeos a ir a Sudamérica a jugarse las piernas. Varios campeones de Europa renunciaron, así que o jugaba el subcampeón (fue el caso del Atlético de Madrid, que ganó la del 74) o no se jugaba. Hasta que Japón, con la Toyota por delante (¿ven cómo los mercaderes a veces son útiles?), se ofreció como escenario para un partido único, en campo neutral.

Estados Unidos se interesó por el futbol en esos años. Pelé, que había renunciado a la selección en 1971, se había despedido del futbol en octubre del 74, tras un partido Santos-Ponte Preta. Pero en junio del 75 da la campanada al firmar con el Cosmos de Nueva York, equipo propiedad de Warner Comunications, que le da a Pelé cuatro millones y medio de dólares por jugar al futbol y colaborar en sus campañas. Brasil considera mitad traición, mitad sacrilegio lo que hace Pelé, que pierde con esta maniobra parte del inmenso fervor popular que había reunido. Allí, en el Cosmos, le juntarán con otros ilustres: Carlos Alberto, Chinaglia y Beckenbauer. Pero la llama del futbol-espectáculo no llega a prender allí. Hay tres años prometedores, y a otros equipos van a hacer sus américas otros ilustres en el tramo final de su carrera, como Cruyff. Pero aquello se disuelve cuando esa generación de genios entrega definitivamente el petate.

El espectador americano siguió prefiriendo el beisbol. Y si no, su propio futbol, el de los cascos, corazas y balón oval. Y si no, la NBA. O hasta el hockey sobre hielo. No les paró ante el televisor ese juego de tan pocos puntos.

Y, sin embargo, aquello sí sirvió para que allí pasaran a jugar masivamente. Los colegios caros descubrieron en este deporte valores educativos superiores a los que allí se practicaban más. O dijeron descubrirlos, por algún prurito snob. Y el futbol se empezó a jugar en los colegios caros y ahí sigue. Se juega mucho, no se juega mal y de cuando en cuando algún jugador norteamericano acaba haciéndose un hueco en Inglaterra, España, México o cualquier sitio. Su selección olímpica llegó a las semifinales de Sidney. Eso sí, todos impecablemente blancos, impecablemente rubios, impecablemente wasp.

En 1982 nos tocó organizar a nosotros el Mundial, ocasión que de nuevo aprovechamos para hacer el ridículo. Pasamos la primera fase arrastrados por los árbitros, y la segunda, contra Inglaterra y Alemania, se acabaron las bromas. No nos importó demasiado, porque aquí, como a esas alturas ya no nos fiábamos mucho de nosotros mismos, la mayoría de la gente iba con Brasil. Y cuando les echaron los italianos aquello sí que dolió.

Porque Brasil trajo un equipo fabulosos, divertido, confiado y bello. Y una masa de aficionados tan agradable como el equipo, por su música, sus sonrisas, sus cometas que hacían moverse al son de la samba, por sus garotas, que también movían las caderas al son de la samba. Italia les echó, con un juego eficaz, válido para toda la cancha y rematado por un pícaro, Paolo Rossi, que encontró el estado de gracia en el campeonato. Desde el palco, el Jefe de Estado italiano, Sandro Pertini, viejo guerrillero antifascista, se levantaba exaltado con cada gol de la final. Su simpatía nos congratuló con el triunfo de Italia, que ganó en la final a Alemania, que, como siempre, se resistía a morir. 

- Fragmento de
El futbol narrado con sencillez