CIUDAD DE MÉXICO, 8 de abril.- El ambiente era desquiciante en la cancha de Rosario.

Argentina necesitaba cuatro goles y había hecho seis en su último partido contra Perú antes de pasar a la gran final contra Holanda.

Nadie estaba más complacido que el presidente Jorge Rafael Videla del proceso de reorganización  social y de Argentina.

Se había desplazado a Rosario para apoyar a sus seleccionados que estaban contra las cuerdas, porque Brasil tenía una buena ventaja de goles en la segunda fase del Mundial que se jugaba por grupos.

Videla no dudó en bajar al vestidor y saludar de mano a cada uno de sus rivales.

“No nos presionó ni nos dijo nada fuera de lo común”, recordó con los años el defensa peruano Héctor Chumpitaz; “pero Videla tenía una forma extraña de mirar, muy penetrante y te daba un apretón de manos que dolía. Entonces estaba en el aire todo el rumor de que desaparecía personas aventándolas de un avión al mar”.

Perú fue goleado y formó parte, a raíz de eso, de una mitología  oscura alrededor de todo el mundo argentino durante 1978, época de una dictadura que desapareció a 30 mil personas.

Fueron 25 días de futbol y miedo. Mientras el país se desangraba, la selección argentina cargaba con el peso de un aparato militar gobernante que no admitía humillaciones internacionales, por lo que el título era obligado.

“Duele saber que fuímos un elemento de distracción. Mientras nosotros hacíamos y gritábamos goles, afuera había torturados y desaparecidos”, comentó Osvaldo Ardiles, mediocampista de aquel equipo comandado en el banquillo por César Luis Menotti.

Desde el facismo de Benito Mussolini, en 1934, no se observaba la ocupación del deporte como telón de una política macabra de obediencia.

Desde un año antes, varios países manifestaron su preocupación por viajar a Argentina, donde a todas luces existían violaciones a los derechos humanos, pero la junta militar desestimó esas denuncias, acusando de terroristas a todos aquellos que dijeran lo contrario.

“Un terrorista no sólo es alguien con un revolver, sino aquel que trae ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana”, decía Videla.

Mientras Argentina avanzaba en el Mundial, madres desesperadas por no encontrar a sus hijos (algunas de ellas perdieron a bebés) clamaban en la Plaza de Mayo. El portero de Holanda, Jan Jongbloed, asisitó como espectador a estas manifestaciones.

Las predicciones apuntaban al campeonato de Argentina, en la que sus jugadores trataron de abstraerse del entorno. Salvo el dudoso partido ante Perú, investigado a conciencia sobre si hubo sobornos o amenazas, la albiceleste tuvo un rendimiento por encima de todos sus rivales.

En la primera fase vivió encuentros muy duros con Francia e Italia, pero gracias a Daniel Pasarella, Mario Kempes y Américo Gallego lograron sobrevivir.

Sorprendió, por otro lado, una estética selección peruana que no soportó el ritmo en la segunda fase de grupos, en la que ya no pudo hacer un solo gol a pesar del bello futbol de Teófilo Cubillas, Gerónimo Barbadillo y Héctor Chumpitaz.

Brasil empezó flojo y terminó batiendo tambores de guerra con la indignación de quedarse con el tercer lugar tras la polémica del Argentina-Perú, mientras que Italia, siempre poderosa, no pudo con Holanda, que la detuvo en un partido decisivo del Grupo A en la segunda fase.

Los holandeses tuvieron que asentar sus esperanzas de campeonato en una dura cancha rioplatense y sin Johan Cruyff, que prefirió no jugar ese Mundial.

Quizá ninguna selección tenía tanta información sobre el estado político de Argentina como la Naranja Mecánica.

Amagaron con no jugar la final debido a las presiones que hacían los organizadores para desestabilizarlos mentalmente.

“Nunca tuvimos miedo, pero  eran muy tramposos. Había mucha presión. Veía a la gente tensa en las tribunas, más que emocionada. No querían dejar que Van De Kerkhof jugara enyesado del brazo cuando en la fase de grupos participó así. No nos importaba Videla, porque hubiera sido peor para ellos que no salieramos a jugar. Perdimos en un duro partido y queríamos regresar pronto a casa, no era un buen ambiente. Nos hicieron una cena de gala esa noche, a la que decidimos no asistir”, confesó Johan Neeskens, talentoso mediocampista holandés de la época.

De México, poco que destacar. La vergüenza más grande se consumó con el último lugar en el Mundial. Saldo negativo de 12 goles recibidos y ni un punto conseguido.

 

Si el juego pierde su alegría ante al dinero...

El amateurismo puro nunca existió en el deporte desde su conversión a espectáculo. No postulo la reivindicación del amateurismo en el futbol, puesto que sería utópico y ocioso hacerlo. El deporte siempre tuvo -en condición de espectáculo- un objetivo material en el ánimo de sus protagonistas. En forma de dinero, de trabajo, de distintos beneficios en su convivencia social, máxime cuando toda comunidad suele ser gustosa de tener ídolos y proteger a sus hérores. Esto ocurre desde hace siglos.

El hecho profesional en el deporte no escandaliza ni es en sí mismo un factor negativo. Incluso puede ser muy positivo y hasta muy educacional. Pero si el futbol profesional no rectifica el monto del dinero que pone en juego, puede darse por inevitable su cesantía universal como juego seductor de masas.

 No puede seducir lo que carece de alegría. El futbol ha matado su alegría para dar paso a la afirmación de su seriedad e importancia comercial. No puede sonreír quien está angustiado; no puede hacer sonreír a otros quien no está en estado de ánimo de sonreír, puesto que lo absorbe la angustia... de lo serio que está jugando, valga la contradicción tan propia del futbol en su actualizada manera de jugarse.

No es un problema el que muchos ganen ‘demasiado’. Es un problema que haya demasiados que se están angustiando demasiado con lo demasiado que pueden perder de ganar en demasía.

¿Cómo reimplantar un ‘ánimo de juego’ en el jugador? Esencialmente, estableciendo la prioridad de reducir la circulación del dinero en el futbol.

No postulo un profesionalismo pobre. Tampoco un profesionalismo con jugadores mal pagados. Solamente pagar bien para que se juegue bien al futbol, que quiere decir pagar lo que el futbol recauda y no más. Pero no pagar las exageraciones capaces de convertir al jugador de futbol en angustiado comerciante de sus pies.

Las reglas internacionales permiten perfectamente la aplicación de esos objetivos sin riesgos mayores de éxodos de protagonistas del futbol, porque el futbolista es, antes que el efecto de una profesión, el efecto de una vocación, que luego se convierte en profesión y reiteradamente subsiste como una vocación aunque la profesión caduque.

No me atrevo ni podría encarar seriamente una predicción respecto de las condiciones socioeconómicas en que vivirán los pueblos del futuro.

Pero es un hecho constatado que el futbol más ingenioso que se haya jugado fue en gran medida la extracción impensada de condiciones sociales y económicas, también educacionales y espirituales, muy propias de la miseria, el precario confort de vida y la más obligada inclinación de los jóvenes a recrearse en el deporte que improvisaba su propio ingenio.

Tengo para mí, muy fuertemente afirmada como convicción, que en gran medida el buen jugador de futbol es fruto de la miseria y el bandidaje juvenil.

Las mejores condiciones sociales y económicas en que vivimos, con la ciencia, la técnica y la pedagogía invadiendo el mismo terreno de las diversiones infantiles. No creo que alienten ninguna esperanza de reporoducción masiva de aquel tipo de extracción futbolística. Sobran los cálculos. Escasea el desparpajo.

Si la misma diversión de los niños es alcanzada por la comercialización convertida en fuente de trabajo de profesores de entretenimientos, menos condiciones potenciales habrá en los pueblos para que surjan ‘los atrevidos’ que hicieron del futbol la más grande de las seducciones deportivas en masa.

Sin romanticismo, el profesionalismo muere. Y creo que esto no es una utopía.

- Fragmento de Futbol. Dinámica de lo impensado