CIUDAD DE MÉXICO, 7 de abril.- ¿Por qué coleccionas el álbum del mundial? Los signos de interrogación encapsulan un desdén implícito: las estampitas no le pueden producir felicidad a alguien que ronda los 30 años, y que en lugar de invertir parte de su quincena en un AFORE la desperdicia en sobres con cinco papelitos autoadhesivos.

Es innegable que el placer de pegar una estampa –casi siempre chueca, nunca perfecta- en una hoja de papel tiene un alto componente de nostalgia infantil. El álbum del Mundial nos reubica en el tiempo.

La primera vez que me tomé el futbol en serio fue en Estados Unidos 94. En lugar de que los penales contra Bulgaria nos alejaran para siempre del deporte, a mi generación la volvieron más fanática: la desgracia con la que tenemos que cargar es parte de nuestra identidad. Mi lucha nunca será por ganar el mundial, sino por llegar al quinto partido.

En el ’94 el furor no eran las estampas, sino las tarjetas Upper Deck:

Así es como uno aprendía de los jugadores de Rusia, de Nigeria, de países de los que apenas empezábamos a tomar conciencia a los ocho años. Iniciaba la globalización del futbol, pero todavía nos llegaba a gotas. Estábamos a décadas de la Champions en televisión abierta, y con suerte podíamos ver un partido de la liga española a la semana.

Ya para 1998 el Panini se arraigaba en los patios de escuela. Los tazos habían pasado a súper tazos y mega tazos, y la cultura del trueque funcionaba con todo: estampas, fichas, hasta el lunch. Habíamos regresado de los nuevos pesos a los pesos, y el lujo semanal era gastar el domingo en hasta cinco sobres para intercambiar. De ahí vienen las reglas que hasta ahora recuerdo, y que me da pena utilizar en intercambios de estampas “serios”: la foto del equipo vale por dos, la de la estrella por tres y el holograma con el escudo de la federación cuatro o cinco.

Así fue en 2002, 2006 y 2010, mundial en el que yo ya había terminado la carrera pero igual iba en verano a la universidad sólo para intercambiar cromos con todo tipo de estudiantes: ingenieros que te hablaban de la ínfima probabilidad de obtener el holograma de Brasil, y abogados que no hacían cambios, sino apuestas.

En 2014, en plena época de redes sociales, debo decir que llenar el álbum ha sido más fácil. Existen apps para medir el progreso (recomiendo iSticker para iPhone) y para renviar la lista de repetidas y faltantes por Facebook, Twitter y hasta Whatsapp. Con un ‘tuit’ puedes encontrar a alguien con la estampa que buscas, y los arreglos son más de transacción que de amistad: intercambias con amigos de amigos, con los que nada en común tienes salvo el interés de completar el álbum lo antes posible.

Tal vez ahora es más mecánico y es posible que menos divertido, sí. Pero el intercambio de estampitas, más allá de la nostalgia por la niñez perdida, nos recuerda algo fundamental. En la vida, más allá de los AFORES y las hipotecas, hay placeres tan simples como tener la repetida del Chicharito.

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fdr