CIUDAD DE MÉXICO, 31 de marzo.- La escena es inequívoca. Dondinho, un delantero venido a menos que vivía ya en el anonimato, le gritó a su hijo Edson para que entrara a la casa a escuchar la radio.

La estancia en Tres Corazones, Brasil, era modesta. Una pequeña choza de techo bajo con madera en la fachada y algunos recuerdos futbolísticos.

En el barrio algunos conocían a Dondinho como el hombre que metió cinco goles de cabeza en un juego, algo que estadísticamente no estaba comprobado. Era como un mito de voz en voz.

Entonces, el pequeño Edson deja por un momento de patear el balón y entra convencido, como le dijo su padre, que Brasil va a ser campeón del mundo en el Estadio Maracaná.

Pero sucede lo opuesto y, por primera vez, Edson Arantes, que más tarde le apodarían Pelé, observa llorar a su padre y a su tío Jorge, que para paliar el dolor beben unas cervezas. Ahí, bajo la luz cenicienta de un foco le promete que le va a traer la Copa del Mundo alguna vez.

Ocho años después, en 1958, a los 18 años, Pelé fue felicitado por el mismo rey Gustavo Adolfo y por 50 mil suecos que hacían tanto ruido como los 200 mil brasileños en el Maracaná, antes del gol del uruguayo Gighia. Le había bajado un pedazo celestial a su padre.

  El inicio de la final del Mundial del 58 fue frío como el clima en el Estadio de Solna, pero conforme los brasileños apretaron tuercas todo quedo listo para la historia nueva de Pelé.

Brasil era un equipo que con espacios libres era letal, pero también si las defensivas decidían encerrarse. De esa forma, Pelé hizo uno de los mejores goles de su vida al parar el balón, quitarse a un defensa, elevarlo cuando otro le salía al paso y, sin dejar que cayera, anidarlo en el arco. El defensor sueco Sigge Parling dijo: “Después de que anotó ese gol, le quería aplaudir”.

Junto a él, la gran pléyade de futbolistas se nombraban como  Vavá, Didí, Garrincha (un cojo que hacía magia con las fintas), Zagallo, Orlando, Bellini, Djalma Santos y Gilmar.

Las chicas suecas, rubias de hielo, no lo eran tanto con los brasileños, que les resultaban exóticos en las concentraciones y, sobre todo, de un humor incomparable. Se dice que los visitaban para hacerlos sentir como en casa y que Garrincha, un consumado cazador de amores, dejó hijos en Europa.

Era parte de un despertar del futbol entre la modernidad y el pasado. Fue también la primera vez que algunos partidos llegaron a transmitirse por televisión en ciertos países que, a pesar del cambio de horario, se mantuvieron a la expectativa.

Pelé hizo seis goles con Brasil, que no perdió un solo partido y dejó atrás a Austria, Inglaterra, Unión Soviética, Gales y Francia hasta antes de la final.

Pero nadie como Just Fontaine, un francés que en una sola Copa del Mundo hizo 13 anotaciones, récord que se mantiene hasta ahora.

Casi nadie conocía a Fontaine, humilde delantero del Stade de Reims, que tuvo que pedir botas prestadas para poder jugar. Suplía a la estrella Rene Bilard y nunca imaginó lo que la vida le tenía previsto cuando decía haber nacido en 1933, en Marruecos, protectorado de Francia.

Le hizo tres goles a Paraguay,  dos más a Yugoslavia, dos a Irlanda del Norte, uno a Escocia y uno a Brasil en semifinales.

Su mejor cuota vino en el partido por el tercer lugar ante Alemania que los franceses ganaron 6-3 con cuatro goles suyos, de tal forma que su nombre quedó para siempre en la memoria colectiva de la afición.

Tal vez Fontaine nunca pudo haber sobresalido sin Raymond Kopa, quien era el extremo perfecto para ponerle pases y le dio casi todas sus asistencias.

Francia hizo un Mundial decoroso al quedarse con el tercer sitio. Su alma descansó tanto como la de los mexicanos.

Por primera vez en un Mundial, México no perdió un partido y cosechó su primer punto al empatar con País de Gales gracias a un gol de Jaime Belmonte.

Nueve partidos de fracasos quedaban atrás en el Estadio Rasunda de Solna tras casi 30 años de lamentar derrotas mordiendo ajos.

Fue un día extraño. Recuerda Jesús del Muro que camino al estadio se bajaron a mitad de la carretera a comer algo porque en la planeación se había perdido tiempo.

“Cuando llegamos y vimos a los galeses, sabíamos que no teníamos nada que perder, era nuestra oportunidad de cerrar decorosamente el Mundial.”

Al empatar, Nacho Trelles, el eterno técnico mexicano, les dijo  en el vestidor: “¿Saben lo que acaban de hacer? Le dieron el primer punto a México en un Mundial. Bien hecho”. Más de uno contuvo el llanto.

El duodécimo apóstol... Pelé

>Pletórico por el semanal vínculo con el taco y la gambeta, Pelé recibió el gratificante plus de un salario de cuatro mil 500 réis mensuales, suma que ayudó a cubrir los urgentes gastos de los Nascimiento.

Sumadas las horas de vuelo necesarias para cubrir la ruta aérea del salto a un grande, el míster -conocido como Dançarino en sus años de corto y remates a los ángulos- le comunicó el interés del Santos por su antológico futbol.

Legalizada la estelar contratación del Santos en 1955, Pelé debió pulir la endeble base física de su adolescennte cuerpo; el intangible de la sufrida tarea adicional tuvo una doble recompensa. Por una parte, potenció su arranque para desequilibrar al rival en el duelo del uno contra uno; por la otra, enriqueció la genética de su mortífero pique en dominios hostiles.

Alistado -entonces- para la alta competencia, la monarquía del cuero reservó la corona para un lujoso destinatario: O Rei  Pelé.

Edson Arantes do Nascimento se consagró campeón del torneo paulista con el Santos en 1956, siendo el máximo anotador de la gala doméstica.

Cautivado por la fantasía de su atrevido juego y por sus fantásticos seis gritos en el coloso del Maracaná, convertidos en el marco de un relevante certamen internacional, Vicente Feola activó su convocatoria al scratch.

De ese modo, Pelé debutó oficialmente  en la Seleçao el inolvidable 7 de julio de 1957, careándose ante el deponente de Argentina en el Alto Tribunal del Mario Filho.

Aquella Copa Julio Roca, soslayando la mínima derrota con  los gauchos (1-2), marcó la estadística oficial de su bautizo goleador.

Superado el escollo del estreno con atronadora ovación de los torcedores, el fenomenal garoto “10” estampó la pisada de su artesanal talento en los amarillos corazones de la parroquia brasileña.

Pelé participó en cuatro Copas del Mundo en forma consecutiva. En Suecia 1958, ausente por lesión en los dos partidos iniciales, asombró al mundo junto a Vavá, Didí y Garrincha.

Recién en cuartos de final se produjo su estreno a la red. Victimario de Gales, el colchón de su áurico pecho durmió la pelota. Sin perder un segundo, el elfo brasileño descendió a tierra firme. A continuación, engañó a su perturbado marcador con un fascinante quiebre, ajusticiando con su botín diestro al impertérrito arquero Jack Kelsey.

La cita de la semifinal resultó consagratoria para el as mineiro. Fontaine, Kopa y Piantoni, cerúleo trinomio de mosqueteros galos, opuso tenaz resistencia a la Selección de Feola.

Sin embargo, el monarca de la bossa nova, atrapado por el sublime pentagrama de Garota de Ipanema (¡gracias por el arte, Vinicius de Moraes!), interpretó tres canciones goleadoras que sentenciaron la velada (5-2).

Y llegó la hora señalada.  Estocolmo agasajó a los escuadrones de Brasil y Suecia, gallardos finalistas de la escandinava justa.

Luego de 90 anárquicos minutos, el primerizo equipo de la batucada danzó el sincopado baile del ¡campeón del mundo!

 Acompañados musicalmente por los percusionistas del amague y el sombrero, los solistas Vavá, Pelé (ambos por duplicado) y Zagallo entonaron el hit de los cinco pases a la red, derrotando al equipo del Barón Nils Liedholm por un contundente 5-2.

Extasiado por alcanzar el edén de la gloria, un emocionado Dico -aturdido por sus mancebos 17 años- lloró desconsoladamente sobre el paternal hombro del portero Gilmar.

 

— Fragmento de
Los 12 apóstoles del futbol