CIUDAD DE MÉXICO, 29  de marzo.-  “Escuché algo que no era ruido. Sentí el silencio”, fue la última frase que Juan Schiaffino, campeón del Mundo en Brasil 1950,  dijo antes de subirse a uno de los dos aviones Douglas DC3  que les permitiría abandonar el territorio brasileño y llegar a festejar a Uruguay.

Mientras, a más de diez mil pies de altura, el representativo de Uruguay comenzaba a celebrar la proeza de conquistar la Copa del Mundo de 1950 ante Brasil en el Estadio Maracaná. En tierra, todavía trataban de explicar cómo el jubilo de una nación se había convertido en decepción.

Desde días antes del comienzo de la Copa del Mundo, más de  mil 500 trabajadores habían forzado a terminar a tiempo el inmueble que sería el inicio y el fin del éxito brasileño: el Estadio Maracaná. Las crónicas de la época juraban que ante más de 200 mil aficionados la Verdeamarela alzaría su primer título del Mundo. El gobierno brasileño había adelantado que el día de la inauguración y la clausura del Mundial serían pretextos perfectos para declarar asueto nacional.

Las invitaciones a las 13 selecciones participantes se habían repartido. El bloque de representativos europeos aceptó su incapacidad para organizar la Copa del Mundo, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, y acataron la decisión de que un país sudamericano fuera la sede: Brasil.

El equipo de Alemania, desde el principio, fue excluido debido a que se consideraba una nación poco grata, acusada de provocar la Segunda Guerra Mundial.

La selección de Argentina, enfadada con la Federación de Brasil, se retiraba del Mundial antes de iniciar el torneo y sólo los equipos de Bolivia, Brasil, Chile, España, Estados Unidos, Inglaterra, Italia, México, Paraguay, Suecia, Suiza, Uruguay y Yugoslavia se presentaron.

La FIFA decidió que el trofeo del campeón se llamaría Jules Rimet, para conmemorar los 25 años de su presidente francés en el cargo. Italia llegaba con nueve bajas debido a un avionazo cerca de las colinas de Turín y,  gracias al sorteo para definir los grupos, Uruguay disfrutaba su fortuna de quedar en el grupo D, sector en el que sólo debería de enfrentar al representativo de Bolivia para avanzar.

Los brasileños confiaban en su equipo y la teoría de que Brasil era la mejor selección del  orbe parecía comprobarse al final de cada juego. Inició la Verdeamarela su camino contra México, goleó 4-0.

Ademir descubrió en Zizinho, Jair y Baltasar los compañeros perfectos para convertirse en el campeón de goleo de la justa. En el segundo partido contra Suiza, Brasil empató a dos tantos.

En el último de la fase de grupos, en el Estadio Maracaná, logró su pase a la siguiente fase al vencer a Yugoslavia por 2-0.

Por su parte, Uruguay, comenzaba su participación con una victoria de 8-0 sobre Bolivia. Las historias indican que  Juan Alberto Schiaffino anotó cinco de esos ocho tantos, pero 54 años después aclaró que sólo consiguió dos. El resto fue debido a la confusión de los periodistas encargados de la crónica.

A la fase final clasificaron las cuatro selecciones con más puntos en su grupo. Brasil fue el primer lugar del grupo A. España superó, en puntos, a Inglaterra, Chile y Estados Unidos; lo mismo hizo Suecia al dejar en el camino al entonces bicampeón del Mundo, Italia, además de Paraguay. 

La reglas indicaban que el Campeón del Mundo se definiría con un cuadrangular final entre los cuatro mejores equipos del torneo. Brasil demostró su pegada al vencer en su primer juego de la fase final a España por 7-1. Al mismo tiempo, Uruguay, menos ofensivo, empató con España.

Luego, la Verdeamarela volvió a demostrar su capacidad al vencer por 6-1 al representativo de España. Uruguay,  a su vez, apenas vencía 3-2 a Suecia.

El último partido del Mundial definiría al campeón. El país más grande de Sudamérica, Brasil, enfrentaría al segundo país más pequeño de aquella región, Uruguay.

En el protocolo de coronación sólo se esperaba que el representativo local alzara el trofeo de la Copa del Mundo y en la plaza mayor de Río de Janeiro se aguardaba el festejo. En el partido, Friaca cumplía el guión al anotar el 1-0 a favor de Brasil al minuto 47. Juan Schiaffino, de Uruguay, comenzaba a romper la lógica de los organizadores con la igualada a uno al minuto 66.

Y ante más de 200 mil aficionados, la teoría de que Brasil era el mejor equipo del Mundo se deshizo a falta de 11 minutos de finalizar el Mundial. Brasil necesitaba el empate para levantar la Jules Rimet, pero al minuto 79 el gol de Alcides Ghiggia (2-1) provocaba el silencio más recordado en una Copa del Mundo.

“Nuestro equipo era el mejor del mundo”

> Nuestro equipo era el mejor del mundo, y lo era realmente, sólo faltaba consagrarlo en la cancha, en un partido con el equipucho de Uruguay, cuyo resultado todos sabíamos de antemano. Aquella noche en la concentración nadie durmió. En mi casa yo tampoco pude dormir, esperando con ansias la hora en que seríamos campeones del mundo.

Era el día 16 de julio de 1950. Cuatro horas y cincuenta minutos. ¿Por qué diablos no puedo olvidar ese día? Treinta - ¡treinta, carajo! -, treinta oportunidades de gol perdidas por nuestro equipo y, repentinamente, el uruguayo Ghiggia tira chueco y la pelota pasa entre el travesaño y nuestro portero Barbosa, que había cerrado el ángulo correctamente. Nadie, ni Barbosa ni los doscientos mil espectadores, esperaba  que Ghiggia tirara tan mal, y que su equivocación nos causara aquella desgracia. (Barbosa acabó siendo crucificado, él y Bigode, el lateral que supuestamente recibió un golpe de Obdúlio Varela y no reaccionó. También se culpó al técnico Flávio Costa. Pero, por más chivos expiatorios que se inventaron, la tragedia de aquella derrota no tenía explicación).

Cuando el partido acabó, el silencio fue profundo, tan estruendoso (perdónenme el oxímoron) que nos dolían los oídos. Doscientas mil personas mudas y sordas. Hasta los llantos eran silenciosos, y las lágrimas escurrían sólo de los ojos más fuertes, aquellos que no habían quedado transidos, perplejos y obnubilados con la desgracia que se había batido sobre nosotros.

El presidente de la FIFA, Jules Rimet, cuenta en su libro L’histoire merveilleuse de la Coupe du monde: “Al terminar el partido, yo tenía que entregar la Copa al capitán del equipo vencedor. Una vistosa guardia de honor se tenía que formar desde la entrada hasta el centro de la cancha, donde me estaría esperando, alineado, el equipo vencedor (naturalmente, el de Brasil). Después de que el público terminara de cantar el himno nacional, yo tenía que proceder a la solemne entrega del trofeo. Cuando faltaban unos cuantos minutos para que el partido terminara (el marcador 1-1, y a Brasil le bastaba el empate), abandoné mi lugar en la tribuna de honor y, preparando ya los micrófonos, me dirigí a los vestidores, aturdido por el griterío de la multitud... Continué por el túnel en dirección a la cancha. Cuando salí de él, un silencio desolador había tomado el lugar de todo aquel júbilo. No había guardia de honor, ni himno nacional, ni entrega solemne, me vi solo en medio de la multitud, empujado por todos lados, con Copa bajo el brazo”.

Jules Rimet estaba perplejo con la derrota de Brasil y no sabía qué hacer. Nosotros los brasileños, estábamos agonizando, atormentados por una tristeza punzante, por un padecimiento insoportable. Yo estuve ahí, lo puedo repetir, como en el clásico“I-Juca Pirama”, de Goncalves Dias: “Meninos, eu vi”.*

Ya me ha tocado sufrir en otras ocasiones con la selección de Brasil. Con aquel balón cruzado frente a nuestra área por Toninho Cerezo, en 1982, cuando Paulo Rossi aprovechó la ocasión para destruir nuestras más fundadas esperanzas de ser campeones del mundo, con el equipo dirigido por Telé Santana, el mejor equipo del campeonato. (Rossi fue nuestro verdugo: metió los tres goles que nos derrotaron 3-2.) Con el penalti que Zico falló en 1986 - Zico nunca había fallado un penal en su vida - ante el portero francés Bats, penalti que, si hubiera entrado, nos hubiera dado la clasificación. Con nuestra derrota ante el equipo mediocre de Francia, en 1998. Y con otros reveses afortunadamente olvidados.

Sin embargo, jamás olvidaré el sufrimiento del 16 de julio de 1950. Para describir lo que sentí aquella tarde, me viene siempre a la mente la famosa frase de Conrad, en El Corazón de las tinieblas: el horror, el horror, el horror.

- Fragmento de “La copa del mundo: alegría y sufrimiento”, incluido en La novela murió