CIUDAD DE MÉXICO, 25 de marzo.- Una de las decisiones más polémicas en la historia de la FIFA se tomó el 9 de octubre de  1932, en la ciudad de Estocolmo, Suecia, cuando su comité ejecutivo determinó otorgarle a Italia la sede del Mundial  de futbol de 1934. Lo hizo a pesar que Benito Mussolini, el fundador del fascismo, gobernaba al país  elegido y entre la duda de saber  si  el nombramiento fue amañado por Achille Starace, secretario general de Partido Fascista y el general Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Futbol. Extrañamente Suecia retiró su candidatura.

Lo que no quedó en duda fue que Mussolini convirtió al Mundial en un asunto de Estado al utilizarlo como una herramienta propagandística para afianzar su régimen. Sabía de la penetración de la Nazionale en el pueblo italiano y por eso puso a trabajar a su aceitada maquinaria fascista para encaminarla al título.

El interés crece

La cercanía de Italia, sumada a la recuperación de la economía mundial tras la crisis de 1929, llevó a que la participación de las selecciones de Europa se incrementara en el segundo Mundial de futbol. Por primera vez, la FIFA debió organizar una fase previa de clasificación, en la que 32 selecciones buscaron uno de los 16 sitios disponibles, incluido el país anfitrión. Las dos grandes ausencias fueron las del monarca Uruguay y la de Inglaterra, que se negaron a participar.

El 27 de mayo  de 1934 comenzó el Mundial con la participación de los representativos de Alemania, Argentina, Austria, Bélgica, Brasil, Checoslovaquia, Egipto, España, Estados Unidos, Francia, Hungría, Países Bajos, Rumania, Suecia, Suiza y el equipo de casa, que jugarían en ocho sedes. El equipo de Italia en ese momento ya tenía la instrucción de ser campeón, por orden directa de Mussolini. 

Previo al torneo, según un diálogo recuperado por el diario español El País en 2010, el Duce se reunió con el presidente de la Federación Italiana de Futbol para decirle lo siguiente:

- No sé cómo hará, pero Italia debe ganar este campeonato.

- Vaccaro: Haremos todo lo posible...

- Mussolini: No me ha comprendido bien, general... Italia debe ganar este Mundial. Es una orden.

Vencer o morir

La injerencia de Mussolini, sin embargo, no le allanó el camino a la Nazionale como deseaba. Si bien en su primer juego aplastó 7-1 a Estados Unidos, en las siguientes fases se cruzó con España y las potencias futbolísticas Austria y Checoslovaquia.

Para doblegar a sus vecinos europeos, además de un sistema defensivo perfeccionado por el técnico Vittorio Pozzo desde 1929, la calidad de Giuseppe Meazza y una horda de gladiadores, Italia necesitó de la ayuda de los árbitros Louis Baert, René Mercet e Iván Eklind.

A los ibéricos, Italia los superó en dos juegos polémicos. En el primer partido, igualado 1-1,  Baert no anuló el gol de Giovanni Ferrari, a pesar de que Angelo Schiavio sujetó a Ricardo Zamora, y en el segundo, que acabó 1-0, Mercet le anuló goles legítimos a Regueiro y Quincoces.

En la semifinal frente a Austria, le tocó a Eklind hacer el trabajo sucio y ahí dio por bueno un gol en fuera de lugar de Enrique Gaita, además de dejar que el carnicero Luis Monti tundiera a placer a sus oponentes. Se decía que en el transcurso del torneo el juez central cenó con el Duce.

Ya en la final, que fue pitada por el propio Eklind, no cobró  un penal de Monti sobre Oldrich Nejedly, aunque su labor acabó por no ser vital debido a la calidad de los checoslovacos.

Sufrió  tanto Italia que al medio tiempo el técnico Pozzo debió recordar lo que se jugaban en un papel en el que se leía “Vincere o morire” (Vencer o morir”). Tras eso, al plantarse frente a sus jugadores les dijo: “No me importa cómo, pero deben ganar o destruir al adversario. Si perdemos, todos la pasaremos muy mal”.

Había, pues, temor. Los checoslovacos tomaron la ventaja en el marcador en el minuto 71, gracias a Antonin Puc. El gol  silenció el Estadio Nazionale, pero aún más a Mussolini, que estaba presente. Para su fortuna Raimundo Orsi igualó en el 81.

Tras el empate, la azzurra se lanzó al frente sin encontrar huecos por dónde hacer daño y ahí se originó el mito. Dicen que  el portero Frantisek Planicka se apiadó de sus rivales italianos al ver el miedo de morir en sus rostros. Después de resistir todo, un tiro sin potencia de Schiavio encontró las redes. Planicka no lo alcanzó a detener. 2-1 final.

 

Sensaciones de una derrota lejos de casa

El 24 de mayo de 1934, en Roma, México se jugó el boleto de la Copa del Mundo contra Estados Unidos, partido que perdió 4-2

 Los americanos atacaban con ímpetu, pero casi sin hacer avances de conjunto, sino más bien como producto de patadones de sus defensas y correteo de los delanteros que, aunque grandes y pesados, eran muy veloces. Estuvieron ellos en peligro varias veces, pero en una descolgada logró Donelli hacer el primero gol.

Mi impresión fue terrible, sentí que se me hundía el mundo, pero casi de salida del centro, Manolo Alonso igualó el marcador, producto de una serie de pases entre los delanteros en alarde de verdadero futbol. El público estalló en una verdadera algarabía y a mí me volvió el alma al cuerpo junto con la confianza que hacía creerme capaz de realizar las cosas que sabía.

¿Para qué seguir detallando lo que a la postre fue un fracaso muy grande para nuestra causa? ¡Fuimos derrotados por cuatro goles contra dos!

[...] Yo no recuerdo cómo salí del estadio. Vagamente vislumbro que se nos condujo al hotel en el mismo autobús; de ahí salí solo a vagar por las calles de Roma en una profunda meditación, tratando de dilucidar mi grado de responsabilidad.

¡Sentía una vergüenza enorme al sólo pensar en el regreso a nuestra Patria! ¡Como si fuera culpable de lesa Patria!

Ya muy avanzada la noche, a gran distancia de mi hotel, fui abordado por unos sacerdotes, que me reconocieron como mexicano por el escudo en mi uniforme; en perfecto español me dijeron que habían estado en el juego, que me felicitaban porque, según ellos, lo había hecho bien y que no debería sentir pena por la derrota, ya que habíamos luchado dignamente.

Los días que siguieron al de ese desafortunado suceso se fueron pasando en medio de las tensiones existentes, haciendo más y más palpable la división que desde el principio existía. Afortunadamente llegó el domingo 27 en el que tendríamos, como consuelo, el asistir al juego que por  derecho propio había logrado el equipo de los Estados Unidos contra la escuadra Azzurra.

[...] Al contemplar el escenario de nuestra desafortunada actuación, sentí desfallecer...

[...] Desde el primer momento se hizo patente la superioridad de los italianos y casi caminando empezaron a anotar goles hasta completar siete, quedando el marcador final con ese número y un solitario gol para los americanos.

Desde Combi, portero, hasta Orci, extremo izquierdo, era notoria la superioridad sobre los equiperos del equipo americano, quienes, ante tan notables jugadores, parecían enteramente como si fueran unos principiantes. Al ver su pobre exhibición, más dolorosa se me hacía la derrota, porque estoy seguro que de haber tenido nosotros otra oportunidad, muy diferente hubiera sido el resultado.

Me maravillé ver actuar a jugadores como Meazza, Piola, Monti, Alemandi, Orci, Combi, Guaita, en fin, a todos y cada uno de los que al final del torneo conquistaron para su país la Copa del Mundo. Cuando terminó el partido, me dirigí a los vestidores para felicitar a Vitorio Pozzo por el triunfo, quien lo primero que me dijo fue que si nosotros hubiéramos sido sus contrarios, no creía que nos hubieran logrado hacer tantos goles como a los americanos, porque todavía estaba convencido de la superioridad nuestra sobre el equipo de los Estados Unidos. Esas palabras, desde luego, me confortaban, pero no desterraban de mi mente el dolor de la derrota sufrida.

Una derrota es una derrota, y no tiene explicación cuando deja una cauda de desilusiones como la que había dejado la nuestra en toda la afición de mi querido México.

— Fragmentos de Recuerdos de un futbolista.