CIUDAD DE MÉXICO, 25 de febrero.- Esta historia se escribió hace 50 años, en 1964. El mismo año que se anunciaron los planes para construir las Torres Gemelas de Nueva York, cuando un cuarteto de ingleses llamados John, Paul, George y Ringo lanzaban su primer álbum (Meet the Beatles), visitaban Estados Unidos y Bob Dylan les hacía probar la mariguana por primera vez. Por aquellos días el gobierno sudafricano condenaba a cadena perpetua a Nelson Mandela, mientras que Martin Luther King Jr. recibía el premio Nobel de la Paz. En Argentina, Mafalda veía la luz por primera vez y en México Gustavo Díaz Ordaz ganaba las elecciones presidenciales.

Las historias de los pesos pesados eran miserables hasta la mitad del siglo pasado. San Langford
terminó ciego y arruinado, Joe Louis esclavo de la coca y huyendo del fisco. Beau Jack lustraba zapatos de clientes blancos, Ike Williams acorralado por la mafia, Tony Galante peleaba contra canguros y pulpos y Floyd
Patterson estaba arruinado por la mafia.

El último eslabón, antes de la llegada de Cassius al título de los pesados, se llamaba Sonny Liston. La prensa lo llamaba La Bestia, El Tonto, El Mono. Sonny, hombre con espaldas del tamaño del cuadrilátero, no conoció lugar ni fecha de nacimiento, sabía escribir su nombre y conoció la cárcel antes de subir al ring.

Y sin embargo, nadie apostaba un centavo por Cassius Clay, medallista dorado de los semipesados en Roma 60, cuya bocaza era más rápida que sus movimientos en el cuadrilátero. En realidad odiaban que un negro fuera arrogante, que se autonombrara “el más grande, el más rápido y el más bonito”.

El show comenzaba en las conferencias, donde el campeón olímpico recitaba poemas y decidía en qué round acabaría a su rival. Cassius había recibido humillaciones de la raza blanca en restaurantes y otros establecimientos que se negaban a atenderlo, sin importar su medalla olímpica. Entonces llegó a su vida la Nación del Islam y  pronto dejaría de llamarse Cassius Marcellus Clay.

Cassius inició su carrera profesional en 1960. El 20 de octubre derrotaba a Turney Hunsaker en un combate a seis asaltos. Su entrenador era Fred Stoner, elegido básicamente por ser negro. Más tarde llegaría su preparador definitivo, el gran Ángelo Dundee, al que aceptó (pese a su irremediable tez caucásica) porque no quiso imponerle sus propias reglas ni restarle protagonismo, sino explotar sus cualidades.

El campeón vigente de los pesos pesados era por aquel entonces Floyd Patterson, uno de los boxeadores más prestigiosos del siglo, y tal vez el más educado. Kennedy llegó a decirle, antes de su pelea contra el terrorífico Sonny Liston, que debía vencerle porque representaba el lado bueno de la sociedad, mientras que Liston era un ex presidiario, el último campeón del mundo controlado por la mafia de John Garbo, un mafioso que probablemente dio la orden para asesinar al famoso Bugsy Siegel, el “fundador” de Las Vegas.

Cassius Clay iba ganando terreno como el boxeador más impopular del momento, casi a la par que Sonny Liston. Con una salvedad: Liston sencillamente daba miedo, al público y a sus rivales, mientras que en el joven Clay veían a un negro orgulloso como no se veía desde Jack Johnson (primer campeón de raza negra de los pesados), y mucho más irritante. Aquello era terriblemente divertido, y sólo hubiera dejado de serlo en caso de una derrota, pero el negro Clay, de 22 años, estaba en el ring para evitarlo.

Tras dos peleas dudosas en 1963 contra Doug Jones y Henry Cooper, el mánager de Sonny Liston (campeón del mundo tras volatilizar a Floyd Patterson en dos peleas sucesivas que duraron en total ¡menos de cinco minutos!) anunció que su representado había aceptado la propuesta de Cassius Marcellus Clay para un combate en el que se pondría en juego el campeonato del mundo de los pesos completos.

Y comenzó una de las guerras sicológicas más famosas de la historia del deporte. En ella, Cassius Clay llevó al extremo su particular habilidad para desquiciar al público y a los rivales, como cuando se paseaba por Londres con bombín.

Había solicitado el combate persiguiendo a Liston armado con un tarro de miel, “para atraer al gran oso feo”, y tras conseguirlo se trasladó a Denver para, a las tres de la mañana, organizar un alboroto frente a la casa de su oponente. No sin haber llamado antes a todas las agencias de noticias de la ciudad.

Durante los meses anteriores a la velada se dedicó a hacerle creer a Liston y al mundo en general que estaba loco de remate: “¡una de mis alfombras va a ser su pellejo! ¡Lo voy a regalar al zoológico cuando termine con él!, bla, bla, bla...”

Y mientras el gremio de periodistas daba por sentado que iban a cubrir una de las peleas más breves de todos los tiempos, Cassius Clay se dedicó a entrenar , ajeno a las críticas, de forma implacable. Dos semanas antes de su “defunción”, se hizo unas fotos con un joven cuarteto musical inglés que también iniciaba su carrera con revuelo. Y empezaron a llamarlo, despectivamente, el Quinto Beatle.

Sonny Liston era el prototipo de campeón del mundo, un bombardero que no sólo derrotaba a sus oponentes sino que además les hacía daño, los lisiaba, humillándoles con aquellos nocauts fulminantes. Aparte de una estrecha relación con la mafia, poseía el jab más devastador de la historia, una especie de golpe hacia arriba que era una especie de cañonazo (levantaba a la gente del suelo), y unos reflejos soberbios acompañados de un buen control de los pies y de su rapidez. El boxeador más temido desde los tiempos de Joe Louis, quien estaba en su esquina el día de la pelea.

El New York Post de ese día anunciaba: “nuestra predicción es que Liston ganará a los 18 segundos del primer asalto, y en el cálculo incluimos los tres segundos que Bocazas (Clay) ponga por su cuenta.” El convencimiento de que Cassius estaba aterrorizado llegó a tal punto que las apuestas estaban 7 a 1 en su contra. Se dijo, incluso, que había escapado de Miami. Pero el Bocazas tenía sus propias ideas. Lo había conseguido; todo el mundo pensaba que era un chiste malo, un demente, y Sonny Liston no se había entrenado lo suficiente.

¡En el séptimo asalto..!

El 25 de febrero de 1964, a mediados del segundo asalto, el hombre más duro de la Tierra sangraba abundantemente por un bulto horrible debajo del ojo izquierdo. Por ende, el rey de los pesos pesados no había sido capaz de alcanzar a Clay en ningún momento.

De nada sirvió que los preparadores de Liston untaran con sustancias picantes los guantes de su pupilo en una maniobra ilegal, desesperada y nunca reconocida. Pese a disputar el quinto asalto casi ciego, no hubo color. Una vez limpios los ojos, tranquilizado por Ángelo Dundee, nada cambió hasta el inicio del séptimo, cuando Sonny Liston arrojó la toalla, alegando una lesión de hombro. En realidad, el gran oso no pudo aguantar la humillación.

Cassius Marcellus Clay era campeón del mundo. Como un loco se volvió hacia los periodistas gritando desaforadamente: “¡Quiero que todo el planeta sea testigo! ¡Soy el más grande! ¡Soy la conmoción del mundo! ¡Acabo de cumplir 22 años y he liquidado a Sonny Liston! ¡Soy el rey... Soy el rey del mundo!”