CIUDAD DE MÉXICO, 17 de diciembre.- Hace cinco años el periodista y escritor chileno Juan Pablo Meneses compró una vaca. La destetó, engordó y llevó al matadero, todo para documentar el funcionamiento de la industria carnicera en Argentina.

Su experimento causó revuelo y ahora retumbó el eco cuando compró a un niño. “Más bien invertí en él. Lo sorpresivo fue cuando llegué a diferentes puntos de Sudamérica y los propios padres me decían que ya me esperaban, que qué bueno que por fin iban a fichar a su hijo”.

Entonces, lo que hizo Meneses con su más reciente libro, Niños futbolistas, fue un arma de filo doble. “Me superó en muchos sentidos. Iba en búsqueda de la historia y resulta que saqué dos cosas: un aviso de la comercialización de los niños y un manual de cómo adquirir a un chiquito para tener derechos sobre él si llega al profesionalismo”.

Meneses recibió un par de llamadas telefónicas casi a la par. Una era de Madrid, donde un maestro de fuerzas inferiores le decía que debían hacer una organización no gubernamental para proteger a los pequeños, “y la otra fue de Barcelona, donde un maestro me decía que podíamos hacer una plataforma virtual para detectar talentos en todo el mundo y sacar dinero de eso. Ahí fue donde me impresioné de lo que hice”.

Desde hace diez años los grande equipos de Europa expandieron sus redes para buscar los talentos en todo el mundo. Casi siempre escarban en los lugares marginales, donde la pobreza es acompañada de un baloncito de trapo y zapatos rotos. Capturan a los niños a los que les ofrecen precontratos, escuelitas de futbol o promesas a futuro.

“El caso es que no todos llegan”, dice Meneses, quien se ha sorprendido de la falta de humanidad de los equipos de futbol que buscan la joya a toda costa.

De esa forma, se pudo hacer de los derechos de un niño chileno de 12 años después de llegar a un trato con sus padres. Si el pequeño trasciende a nivel mundial, Meneses se hará acreedor al 10 por ciento de lo que cueste el traspaso.

“Puedes pagar alrededor de 200 dólares por uno, dependiendo de las circunstancias y de lo que pida el padre”. Muchos han cuestionado que en su afán de escribir sobre la misma línea de la vaca que alguna vez conservó sólo para matarla, ahora lo haga con un niño.

“El gran culpable de todo esto, tal vez sin querer, es Leo Messi. Él fue el claro ejemplo de la perfección. Antes de que tuviera el éxito descomunal, nadie pensaba que podía sacarse dinero, pero ahora todos los padres quieren que su hijo sea Messi sin importar nada. Su caso es tan brutal como la fiebre del oro: todos quieren encontrar una pepita aunque cueste la vida”, afirmó Meneses y pone de ejemplo el caso de Neymar, otro precoz hombre convertido en futbolista. “Su padre dice que de puertas adentro es el progenitor de Neymar, a partir de que ponga un pie fuera del hogar es el presidente de la compañía de representación”.

En el transcurso de la escritura de Niños futbolistas, las historias que se echó a la bolsa Juan Pablo Meneses son desgarradoras y estremecedoras. Está por ejemplo el del chiquillo aquél que logró entrar a un reality show con los galácticos del Real Madrid. Parte de su sueño se cumplió al saludar  de mano a Zinedine Zidane, Ronaldo y Luis Figo. Competía con otro chico por llegar al final y en su afán de demostrar su calidad, en la primera jugada le pega tan fuerte al balón que se desgarra. Su lesión le impidió continuar. Hoy vende gaseosas en un estadio.

O el de un chico peruano al cual el padre le presionó tanto por ser jugador de futbol que hoy en día, a los 27 años, “cree que puede serlo. Ya en corto, en un momento en que el padre se alejó, me confesó con frustración que él piensa que pudo haber llegado si no hubiera sido por el padre que lo fastidió tanto”.

 Relata el caso peculiar en un partido donde su equipo de llano llegó hasta los penales y el chico, ofuscado por la asfixia del padre, esquiva a toda costa el tiro hasta que ya no puede y le toca el último. “Lo falla. Su vida quedó destrozada. Ahora es empleado en una tienda de electrónicos y asegura que aún puede jugar al futbol. No se ha dado cuenta que su tiempo ya pasó”.

Esta misma familia peruana, ávida por tener un futbolista en casa, recibió a Leonel Messi hace muchos años. “Fue un sudaméricano. Messi estaba muy chiquito y el torneo acostumbraba, por no tener muchos fondos, a que los padres recibieran a los niños. Este papá que quería que su hijo fuera futbolista aceptó tener hasta tres chicos en su casa con la condición de que fueran argentinos porque quería estudiarlos y preguntarles cómo los entrenaban. Uno de ellos casi no hablaba, era muy tímido pero terminó anotando cinco goles en la final. Se trataba de Messi. Con el tiempo se dieron cuenta que lo tuvieron en casa a los siete años. Hay fotografías de eso”, relata Meneses de su experiencia en Perú.

Los clubes han empezado una guerra de visorias. Con el pretexto de poner escuelas en diferentes países, el nombre y logotipo de la institución es un gancho para que los padres lleven a sus hijos y de esa forma tener todo el control. “Ahora, por ejemplo, las fuerzas inferiores de Boca Juniors pertenecen al Barcelona por un contrato que se hizo”.

Meneses se ha encontrado con que el Real Madrid ha fichado últimamente a un niño japonés de nueve años, Takuhiro Nakai, apodado Pipi, el cual tendrá que viajar en 2014 a un cambio de vida, clima y país, pero los padres se sienten orgullosos por entregarlo al Madrid.

“Hay casos escandalosos, como firmar a niños de 18 meses o uno que me sorprendió mucho en Argentina donde quisieron fichar a alguien que ni siquiera había nacido. Ofrecía Boca Juniors pagar por el hijo de Sergio Agüero que vendría a ser el nieto de Maradona. Por la genética creen que puede ser un crack y ya querían tenerlo, es decir, ha empezado ese otro lado de la guerra, la de los clubes por el territorio y por dar en el clavo correcto, en descubrir otro Messi”.

El escritor tardó dos años en deshebrar todas las historias y fichar a un niño. En ese interín descubrió mundos escondidos para el ojo del espectador como la presión familiar, las escuelas y los detectores de talento con los que pudo platicar.

Aún así, no hay nada más que haga feliz a una persona que enriquecerse jugando al futbol, que encima de ser un juego, es una especie de alargue de la infancia.