Como un gran lucero aparece el esfuerzo de Bob Beamon calificado como el salto del siglo XXI, el revolucionario estilo de Dick Fosbury que ensanchó los límites del salto vertical, la plataforma de despegue hacia el infinito de la raza keniana, la primera final de 100 metros lisos con protagonistas de raza negra, “The black power” , el puño digno, reinvindicativo, enguantado en negro de Tommie Smith y John Carlos –a los que se sumó el australiano Peter Norman–, la doble victoria en la pileta de Mike Burton, La máquina de nadar, y la triple de la estadunidense Debbie Meyer, la amarga derrota de Mark Spitz que le aguijonearía el espíritu y lo lanzaría más tarde a una dimensión de inmortalidad; el punto final, con la arrobadora expresión de la checa Vera Caslavska, de la época de mujer-gimnasta que cambiará cuatro años después en la niña-gimnasta: el episodio romántico, como, de cuento de hadas, su casamiento en la Catedral Metropolitana; después el matrimonio reventó y años después ocurrió un desenlace trágico, fatal, triste; la desmitificación de los héroes olímpicos, con las Semanas Deportivas Internacionales previas, … las nueve medallas de México, tres de oro: Muñoz, Delgado, Roldán; tres de plata: Pilar, Pedraza, Gaxiola; y tres de bronce, Tere Ramírez, Zaragoza y Rocha, cifra récord que tras medio siglo no ha sido superada.

Unidas en el tiempo como un eslabón con otro eslabón las imágenes cobran vida y alegran y nutren los recuerdos.

El 7 de diciembre de 1962, época de la carrera espacial, de la Guerra Fría entre las dos grandes potencias Estados Unidos y la URSS, México formalizaría ante el Comité Olímpico Internacional su aspiración como sede de los Juegos Olímpicos.

El 18 de octubre de 1963 en la asamblea del COI, en Baden Baden, Alemania, con el esfuerzo e interés del presidente Adolfo López Mateos, México obtiene la sede por 30 votos contra 14 de Detroit, 12 de Lyon y dos de Buenos Aires.

Es la primera vez que un país subdesarrollado va a organizar unos JO. En Europa y en distintos puntos del planeta se generan no sólo dudas y desconfianza en la capacidad y responsabilidad de los mexicanos sino en la ubicación de la metrópoli, situada a dos mil 240 metros de altura sobre el nivel del mar, despierta temor, rechazo, que se transforma en la orquestación de una pérfida campaña orientada a que le quiten la sede.

El doctor inglés Roger Bannister, el primer hombre que corrió la milla en menos de cuatro minutos, fue acaso, el principal detractor de México como sede de los JO al asegurar que estaba en riesgo la vida de los deportistas. Con enfoque hiperbólico, catastrófico, algunos comunicadores europeos afirmaron que los atletas morirían, iban “a caer –con los efectos de la altura- como moscas”.

La capital mexicana tenía el antecedente, el testimonio irrefutable de haber organizado los Juegos Centroamericanos de 1954 y los Panamericanos de 1955, sin que se hubiese registrado un accidente fatal.

Por el contrario la altura tenía un efecto sorprendente, de magia, en los atletas que competían en saltos y distancias cortas: el 18 de marzo de 1955 el estadunidense Lou Jones rompió en un crono de 45.4 el récord mundial que pertenecía al célebre jamaiquino George Rhoden, de 45.8. Dos días antes en el mismo escenario de Ciudad Universitaria el brasileño Adhemar Ferreira da Silva, conocido más tarde como Orfeo Negro, rompió la plusmarca mundial del salto triple con 16.56 metros.

Ninguna ciudad del planeta tiene en su historial siete récords mundiales de salto triple como la capital mexicana.

Los Juegos Olímpicos se desarrollaron del 12 al 27 de octubre de 1968.

En los próximos días Excélsior evocará algunos de los momentos estelares, los episodios dulces y amargos, de aquellos Juegos Olímpicos que tal vez, como ninguno otros recogió por diversas circunstancias el ideal y el romanticismo del barón Pierre de Coubertin, creador de los Juegos Olímpicos de la era moderna.