Igualdad de género, batalla silenciosa
El 8 de marzo, Día de la Mujer, tiene un significado especial para las habitantes de Gómez Palacio, Durango: la lucha por hacerse de los espacios públicos que el machismo local se ha negado
CIUDAD DE MÉXICO, 5 de marzo.- Una caminata en las calles hirvientes y llenas de polvo de Gómez Palacio, Durango puede ser una tarea peligrosa, sobre todo cuando se tiene rostro de mujer.
En este entorno dominado por la cultura del macho, de la bravura de la botella de alcohol, de la hombría de tomar una hembrita por la fuerza, bajo este sol y en medio de esta tierra que quema lo mismo en verano que en invierno se han contado historias de violencia, historias de silencio, quizás desde tiempos de la Revolución Mexicana, quizás desde mucho antes… quizás desde siempre.
Gómez Palacio es una región llena de historia y leyenda, parte fundamental de la zona metropolitana de La Laguna y cuna de personajes revolucionarios, pero también de violencia.
Según el Estudio Nacional sobre las Fuentes, Orígenes y Factores que Producen y Reproducen la Violencia contra las Mujeres, entre 2001 y el 2010 se registraron 192 muertes por homicidios en mujeres dentro del estado de Durango, lo cual representa cerca del dos por ciento del total de asesinatos que ocurrieron en el país en dicho periodo de tiempo.
Durango se encuentra dentro de las primeras diez entidades que concentran la mayor parte de los municipios con tendencia creciente de homicidios de mujeres.
En Gómez Palacio, el Ejército y la Policía Federal resguardan el hogar de la presidenta municipal, Rocío Rebollo Mendoza, tras los ataques que sujetos armados hicieron a cuatro de las madererías propiedad de la familia de la dirigente.
En Gómez, los espacios públicos para la mujer son una lucha constante. Según el Observatorio del Instituto Municipal de la Mujer, los municipios de Durango “han atravesado por procesos de urbanización acelerados y desordenados” que han dado pie a la expansión de condiciones de vulnerabilidad que “no se distribuyen de manera indistinta entre sectores de la población, y aún más, entre hombres y mujeres”.
Para Dulce Muñoz, coordinadora en 2012 de los proyectos “Redes de mujeres para la prevención social de la violencia” y “Recorridos exploratorios con enfoque de ciudades sin violencia para las mujeres” de Desarrollo y Gestión Local, “caminar por las calles de Gómez es sumamente difícil en todos los sentidos. Se ve y se percibe mucha pobreza, tanto económica como social, manipulación política, indiferencia, necesidades en infraestructura enormes y por supuesto, inseguridad, una inseguridad que se percibe en la presencia de narcomenudeo y la violencia intrafamiliar, por ejemplo, gritos y golpes, entre otras cosas”.
Diversas teorías en el mundo han señalado la importancia del espacio público en la construcción del tejido social y prevención de la violencia.
Assata Richards, participante en el Segundo foro internacional de prevención del delito e innovación social, llevado a cabo en Tijuana en septiembre de 2012 y ha señalado que “el cambio en el aspecto físico del espacio público contribuye a crear un cambio en los habitantes”, de este modo “las flores, los árboles y la pintura en las paredes son un símbolo de que la comunidad es valiosa y se debe cuidar”.
Así, en una sociedad donde el valor histórico, cultural y social de cada uno de sus habitantes y de la comunidad en sí, como un todo, es restablecido, “el crimen se vuelve inaceptable”.
En el mismo orden de ideas, el espacio público es símbolo y es creador del alma de una comunidad. De este modo y en opinión de la maestra en políticas públicas y especialista en temas de género, Tatiana Revilla Solís, “así como las políticas públicas, leyes, mundo laboral y mundo familiar han sido diseñados con base en estereotipos de género y roles sexuales, las ciudades también han sido y continúan siendo un espacio público masculinizado.
Si las mujeres de una comunidad no se han apropiado de sus cuerpos ni están totalmente empoderadas, el espacio público es lo mismo o incluso puede ser peor, ya que históricamente es un espacio que le correspondía a los hombres”.
La lucha por el espacio
Desde el siglo XX, las mujeres han dado la batalla por sus derechos. Algunos marcan el inicio de esta lucha en el momento en que empezaron a salir a las calles a trabajar, cuando los hombres se ausentaron por la guerra. Otros la identifican con las luchas sufragistas.
Lo cierto es que la batalla sigue en pie, en muy diversos frentes. Las mujeres de Durango se encuentran en el frente de la batalla por el espacio público.
“En una colonia de Durango, las calles sin pavimento, mal iluminadas (a veces un solo foco por cuadra, si es que había foco), sin la correcta señalización no eran impedimento para que los jóvenes realizaran actividades deportivas, para que las mujeres salieran a correr, bailaran zumba en el centro comunitario o acudieran a la iglesia. La gente se sentía muy contenta en su colonia, decían que estaba ‘muy fea’ físicamente, pero que lo más importante era que se conocían y que si ocurría alguna eventualidad, se ayudaban”, señala Dulce Muñoz. Para ella, lo más importante en la construcción de la seguridad es, sin duda alguna, “el sentido comunitario, la cohesión social”.
En esta lucha, los hombres juegan también un papel fundamental como actores de cambio, ellos también dan la batalla en contra de los estereotipos del macho, de la cultura machista inculcada a lo largo de los años, reforzada en la televisión, transmitida de padres y madres a hijos e hijas, sobre todo en esta región donde el estereotipo del norteño se basa principalmente en la figura del hombre borracho, mujeriego y golpeador.
Así, para Tatiana Revilla, la construcción de espacios públicos seguros debe acompañarse de una cultura de respeto. “Mientras los hombres continúen sintiendo el derecho de chiflarle a una mujer porque es atractiva o porque muestra parte de su cuerpo, mientras los hombres crean que tienen al derecho de tomar de la cintura a las mujeres para saludarlas, mientras los hombres sigan creyendo que tienen derecho a mirar en la calle a las mujeres lascivamente y gritarles cosas como lo hacen, mientras las mujeres tengan que seguir llenando los primeros vagones del metro para no correr riesgos en los vagones de hombres, no podremos hablar de ciudades seguras para las mujeres, ni ciudades con perspectiva de género”, señala.
Los resultados en Gómez Palacio son una batalla ganada en una lucha que recién comienza. Después de la realización de entrevistas, reuniones con la comunidad y autoridades y pequeñas obras para el mejoramiento del espacio público orientadas a la seguridad de las mujeres, se comprobó, una vez más, que en una sociedad donde el valor de cada uno de sus habitantes y de la comunidad en sí, como un todo, es restablecido, el tejido social reconstruido y las relaciones de solidaridad revaloradas, la seguridad se vuelve una tarea de todos.
Hablando de los resultados del trabajo por la construcción de ciudades seguras para las mujeres en Gómez Palacio, Dulce Muñoz manifestó para Código Topo que “el cambio que se pudo lograr tiene que ver con los principios de ‘actuar en conjunto’ y ‘participación comunitaria’, estudiados e implementados en la ciudad de Montreal.
Las mujeres tenían claro que lo único que las podía ayudar a sentirse un poco más seguras y transmitir esto a sus familias era tener un sentido de solidaridad. Entendieron que, solamente actuando en conjunto, de manera solidaria y pacífica se pueden tener avances en el tema de la seguridad”.
jgl

