¡Qué nivel! Festinamos como histórico lo que debería obligar a la autocrítica
Ángel Verdugo
Bueno sería mantener la objetividad y no andar regando adjetivos. 18/01/2013 00:43
Las imágenes dicen más que mil palabras (para utilizar el viejo refrán, que no por conocido deja de ser útil); ver al presidente Enrique Peña Nieto departir como amigos en las instalaciones del Senado de la República con los senadores que coordinan las tres principales fracciones en esta Cámara, ha llevado a más de uno a calificar el hecho de histórico y extraordinario por la civilidad y espíritu de cooperación que dicen, dejan ver las imágenes exhibidas en los medios.
Sin embargo, pienso que deberíamos ver las cosas con una buena dosis de mesura; si bien no hay que caer en el rechazo tajante e inmediato de lo que algunos infieren después de ver las imágenes del “hecho histórico”, bueno sería mantener la objetividad y no andar regando adjetivos.
Hoy, más que en otras épocas, la política que practican algunos de los que se ven la mar de contentos con el Presidente, es muy distinta. Por ejemplo, ¿cuál es el verdadero Cordero? ¿El de la cerrazón e infantilismo apoyado por los otros dos chiflados o el del martes, cuando daba pruebas claras de civilidad y madurez, la cual ha estado ausente en su conducta desde que es senador? De Barbosa, mejor ni preguntar.
Pienso, contrario a lo que muchos afirman en relación con la visita del Presidente al Senado, que lo visto debería darnos pena. ¿Cómo es posible que festinemos como histórico lo que debe ser normal y cotidiano? ¿Qué tiene de extraordinario intercambiar puntos de vista acerca de los problemas del país? ¿Acaso no es esto el pan de cada día de los políticos?
Luego entonces, ¿por qué la gritería aldeana que festina lo que es obligación de los políticos profesionales? ¿En verdad piensan los que babeantes llaman “histórico” a lo visto, que Cordero, Barbosa y sus huestes actuarán mañana con la misma civilidad mostrada este martes, y atenderán los argumentos que los priistas ofrecerán cuando el pleno del Senado discuta ésta o aquella iniciativa?
¿Acaso desconocemos la conducta exhibida —desde hace siglos— por los parlamentarios de decenas de países cuando se trata de compartir el pan y la sal con los funcionarios del Poder Ejecutivo, o con sus pares cuando se analiza y discute una nueva ley o la reforma de alguna vigente?
¿Acaso es histórico lo que en realidad debería ser muestra diaria de civilidad política? Es más, ¿debemos festinar la corrección de una de nuestras peores muestras de inmadurez e irresponsabilidad política? ¿Será, como dice el refrán, que “a cualquier taco le llamamos cena”?
Ahora bien, si las cosas a partir de ahora van a ser juzgadas a la luz de este enfoque —que en vez de la obligada autocrítica por tantos años de irresponsabilidad política prefiere ensalzar la esperada civilidad parlamentaria—, esto podría convertirse en un circo donde el autoelogio y el triunfalismo reinarían por encima de la objetividad y mesura.
Conviene recordar, para que la evaluación de lo visto este martes no sea sólo elogio triunfalista, que al Poder Legislativo se lo juzga por los resultados que entrega a la sociedad los cuales, no olvidarlo, deben ser leyes que estimulen el crecimiento y la modernización del país para reducir la pobreza y marginación de millones de mexicanos.
Por todo lo anterior, si fuéremos objetivos, deberíamos reconocer que de aquellos resultados hay muy poco; sí hay, por fin, gestos y muestras de amabilidad personal y civilidad política pero de las leyes que requerimos con urgencia, nada todavía.
