Por Gilberto Bosques

Fernando Serrano Migallón

17/01/2013 01:41

Por Gilberto Bosques

Entre otros, en la tradición bíblica, Job, un gentil, recibió de Dios el trato de Justo. Ello resulta interesante si se piensa que la generosidad, la bondad y la humanidad, son sentimientos que se experimentan más allá de las fronteras y de las diferencias étnicas. Job es un preferido del Señor, por su conducta y no por su origen. Durante la Segunda Guerra Mundial, fueron unos cuantos los que arriesgaron sus vidas, su prestigio y libertad por salvar la vida de judíos perseguidos; unos cuantos que el gobierno israelí reconoce ahora como justos entre las naciones, hombres que compartieron la indignación, el miedo y la voluntad de sobrevivir.

Existe una profunda deuda histórica de Israel con mexicanos como Isidro Fabela, Luis I. Rodríguez y, particularmente, con Gilberto Bosques que, en cumplimiento de las órdenes de salvamento giradas por Lázaro Cárdenas, lo arriesgaron todo por cumplir y salvar, por establecer la razón y la ética, sobre la brutalidad y la violencia. El propio Bosques fue internado en un centro de detención nazi por sus actividades de salvamento. Hoy, aunque muchos no lo crean, Bosques no ha sido reconocido como Justo entre las Naciones. La información aparece parcial, en algunas fuentes se le da como miembro de tan honorable nómina y, sin embargo, las fuentes oficiales del Yad Vashem, autoridad internacional para la recordación de la Shoah, no lo considera y, en sus fuentes públicas no aparece ningún mexicano.

Viena ha rendido homenaje ya a Bosques con el nombre de un paseo en el distrito de Donaustadt; en México, somos muchos los que conmemoramos su obra y diversas organizaciones judías, con el apoyo de muchos miembros de la sociedad en general, se ha abocado a reabrir la causa de la recordación de Gilberto Bosques. Se trata, pues, de un acto de justicia, de la satisfacción de una deuda histórica y del reconocimiento final de la voluntad de un magnífico ser humano y diplomático.

Existe en la literatura una forma novelística llamada ucronía, en ella, una supuesta variación histórica modifica el futuro que constituye el núcleo narrativo, parte de la afirmación, “qué habría pasado si...”; me pregunto qué habría pasado si Bosques no hubiera ejercido toda su voluntad, toda su capacidad y valor, frente a un enemigo que lo avasallaba; habrían muerto muchos seres humanos más en la más abyecta de las persecuciones que conozcamos; Max Aub no habría escrito su laberinto y nuestra cultura sería menos rica; Walter Gruen no habría unido su vida a Remedios Varo, Walter Reuter no habría legado su magna obra fotográfica, tendríamos que vivir sin la obra de Ernst Röemer ni habríamos disfrutado de la breve, pero intensa vida de ese ciudadano del mundo que fue Egon Kisch.

El lema del Yad Vashem es un versículo de la Mishná que reza: “Quien salva una vida, es como si salvara un universo entero”; con Bosques, los mexicanos aminoramos una buena parte de la vergüenza histórica mundial constituida por el silencio frente al genocidio; con Bosques, renovamos siempre los valores que identifican nuestro amor por la vida y la libertad; con Bosques, en fin, nos identificamos con las cosas que vale la pena salvar cuando se cree que todo está perdido.

El momento para la causa de Bosques no es fácil; estamos en 2013; sus acciones de salvamento se verificaron en 1939, hace ya 74 años; él mismo falleció en 1995, después de una larga e intensa vida de 103 años. Dentro de poco, no habrá sobrevivientes que testifiquen por él, lo que es fundamental para el triunfo de su causa; dentro de unos cuantos años, todo será polvo e historia si no marcamos la línea del tiempo, con un árbol y una inscripción que afirme, para siempre, que un mexicano lo apostó todo, por salvar las vidas de quienes, irremisiblemente, parecían condenados.

                *Profesor de la Facultad de Derecho,      UNAM

                fserranomigallon@yahoo.com.mx

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