¿Y la imagen de las reformas?
Victor Gordoa
16/01/2013 00:50
Toda imagen se construye sobre una esencia y ésta será su sustento. Será la esencia la base en la que radicará su fortaleza, de tal manera que, si carece de ella, por más atractiva que se haya creado, se considerará una imagen débil, puesto que durará muy poco. Por el contrario, cuando la imagen cuenta con el respaldo de una esencia sobre la que será construida, se convertirá en una imagen sólida, poderosa por su calidad de verdadera y por lo tanto podrá considerarse como una imagen fuerte. Ahora bien, la construcción de toda imagen como elemento formal de la comunicación deberá respetar la esencia sobre la que descansará como requisito indispensable para que funcione, ya que si la viola intentando introducir estímulos que no corresponden a la verdad esencial, el resultado será un disfraz que ni siquiera su portador creerá, y si a éste le falta la convicción, imagínense lo que sucederá con todos aquellos que lo perciban… simplemente no le creerán.
El juego es cruel…
La imagen es inevitable, todo tiene una imagen, trátese de una empresa, un producto, una persona, una marca, una institución, un proceso, un hecho, etcétera, todo aquello que pueda ser percibido tiene una imagen y esto es porque nuestra mente fue construida para percibir de manera simultánea a través de los cinco sentidos todos los estímulos verbales y no verbales que le son enviados desde fuera, de tal manera que, constituyéndose en verdaderos códigos de comunicación, son decodificados para transformarse en una imagen mental. Esta a su vez será traducida en una opinión, misma que finalmente se convertirá en la identidad de lo percibido. Lo explico más fácil: Yo te percibo, te comparo con la información que he absorbido durante toda mi vida y saco la conclusión de si me gustaste o no, con esa opinión te identificaré y quedarás marcado por ella convirtiéndote en el que creo que eres, sin importarme el que verdaderamente seas. Un juego cruel, pero así somos.
El sexenio de las reformas…
Por lo visto, es un hecho que el presidente Peña Nieto tiene la intención de que su sexenio sea recordado como el de las reformas con las que México se transformó. Basta analizar el hecho de que ha nombrado como secretarios a las personas consideradas por la crítica especializada como idóneas para lograr cada una de ellas. Ya de por sí, la sola elección de ellos se ha convertido en un estímulo bien percibido por propios y extraños: Chuayffet para la educativa, Videgaray para la hacendaria, Joaquín Coldwell para la energética y Navarrete Prida para la laboral, por sólo nombrar los cuatro ejes considerados como fundamentales. Con sus nombramientos el proceso reformatorio inició con una buena imagen, pues se supone que los elegidos por el Presidente para ayudarle están calificados para lograr los objetivos correspondientes. Digamos que la parte del fondo, de la esencia del cambio, ya existe: las reformas tienen la intención del bien común, los elementos necesarios de contenido están bien definidos y se cuenta con los mejores hombres para ejecutarlos. Pero…
¿Y la imagen, apá?…
Pero falta el elemento de la imagen para cada una de las reformas, ése que logrará BLINDARLAS contra la oposición natural que enfrentarán por la afectación de intereses egoístas; que consiga que a pesar de las protestas se cuente con el apoyo convencido de la gran mayoría para influir, para impedir que la carencia de la buena forma impida el logro del buen fondo. Un trabajo que va más allá de la política, se trata de un trabajo de metapolítica que involucra directamente a la ingeniería en imagen pública. Ojalá y a los ejecutores no se les olvide, pues todo podría quedar en sólo buenas intenciones.
*Rector del Colegio de Imagen Pública
@victor_gordoa
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