Ah, y el caballo
Marcelino Perello
La combinación de inteligencia y pasión es imbatible. 16/01/2013 00:24
El tiempo es una auténtica “loca de la casa”. Es frívolo y voluble, al servicio de ciertas ideas y de su contrario. Esclavo de mil amos. A veces el tiempo sirve para clarificar los hechos y los sentimientos. A medida que transcurre, las impurezas se van decantando y la realidad se vuelve más transparente. Pero en ocasiones sucede al revés, y los acontecimientos, a medida que se pierden de vista, se van oscureciendo, transformando y deformando. Mitificando.
A este propósito, existe una perfumada anécdota que no resisto la tentación de contarle, y que precisamente estos días comentaba con mi estimada Vica. La divirtió y ahora lo divertirá a usted, jocoso lector. Dicen que en la primera mitad del siglo pasado, en alguna recepción oficial, una señora popof distingue entre los asistentes al gran e inconfundible Ramón del Valle-Inclán, con su silueta quijotesca y su interminable barba blanca que le llegaba cerca de la cintura, célebre por su ácido sentido del humor.
Valle-Inclán fue un hombre de fama extraliteraria y de una personalidad desbordante. Visitó nuestro país en dos ocasiones, ambas memorables. La primera en pleno porfirismo. Y es aquí de hecho donde inicia, como periodista, su carrera de escritor. En ella influyen decisivamente varios personajes ilustres de nuestra vida política y cultural. En 1921 volverá, invitado por el presidente Obregón y por Alfonso Reyes a las festividades del centenario de la Consumación de la Independencia.
El caso es que nuestra dama, deseosa de codearse con tan ilustre personaje, para poderlo contar a sus amigas, se acerca al insigne autor y, adoptando el aire de persona culta y enterada, le espeta: “Don Ramón, disculpe que lo importune, pero es que hay un enigma de la historia de la literatura que me atormenta y que quizás usted podrá aclararme. Dicen que no habría sido Homero el autor de la Odisea, ¿usted qué opina, don Ramón?” A lo que Valle-Inclán, quitándose los espejuelos y con toda seriedad, le responde: “Así es, señora mía, así es. El autor de la Odisea en efecto no fue Homero. La confusión proviene del hecho de que quien en realidad la escribió también se llamaba Homero”. El relato no cuenta el estupor de la buena mujer, pero no es difícil imaginar su incomodidad.
De broma en broma, en efecto, nadie sabe si el tal Homero existió o no. Para los grandes estudiosos y pensadores griegos del siglo de Pericles, el V a.n.e., ya era un clásico, un misterio que se perdía entre la bruma de un pasado lejano. Y los dos grandes poemas épicos que le son atribuidos, La Odisea y la Ilíada son probablemente una mezcla de hechos verídicos embellecidos, en principio, y de leyendas imaginarias. Una especie de antología, de síntesis de mil cuentos tradicionales y religiosos, con historias orales y dispersas. Como la propia Biblia, en fin, varios siglos posterior.
Digamos, que el autor y su obra, para hacer un símil abusivo, en otras longitudes y en otro dominio, son tan misteriosos como lo fue y lo sigue siendo “nuestra” civilización teotihuacana, que ya había desaparecido en el momento de la fundación de la Gran Tenochtitlan, probablemente en el siglo XII, y que ya era un enigma incomprensible para los propios mexicas. Y así seguirá. Puede usted jurar que ellos ya iban de paseo a visitar las antiguas pirámides.
No es necesario, sin embargo, remontarse al origen de los tiempos para constatar este hecho, tan curioso como inevitable. Basta repasar la propia biografía para identificarlo. Tiene lugar en vida de hombre. De cada hombre. Toda Historia y toda historia posee un componente importante de leyenda, de mito. Que si es grande se hace mitote. Y, en contraparte, toda leyenda tiene, en grados diversos, elementos verdaderos, realmente acontecidos. Imposible discernirlos.
En particular, durante toda la Edad Media, el Renacimiento y hasta bien entrado el siglo XIX, se consideraron del todo imaginarias tanto la saga del bravo Aquiles en pos de la bella esposa de Menelao, como el incomparable periplo del intrépido Odiseo y la no menos incomparable entereza amorosa de su mujer Penélope. En ese sentido parece del todo pertinente revisar su inscripción lapidaria en el género épico, pues en ellas aparece una faceta lírica, en absoluto despreciable. De ello me ocuparé aquí mismo en una nueva semiserie acerca de la historia del amor, de las relaciones amorosas, como concepto y como fenómeno. Antes que pronto.
Y además, en el siglo pasado irrumpen nuevas consideraciones y descubrimientos que no sólo permiten sino que obligan a ponderar los factores estrictamente históricos, verídicos. No únicamente en los relatos de los que hablo, sino más en general en los textos ancestrales y libros sagrados de las distintas constelaciones culturales, de los germánicos a los hindúes, pasando por los islámicos o los budistas. Como ejemplo paradigmático de tales búsquedas me es imposible no mencionarle el caso del mismísimo Isaac Newton que dedicó los últimos años de su vida, en el siglo XVII —¡en pleno Renacimiento!— a intentar establecer con precisión la fecha del viaje de los argonautas en procura del vellocino de oro. No le digo.
Hoy le quiero hablar del caso del empresario alemán Heinrich Schliemann, quien, a la manera de Newton, se tomó en serio la narración de la Ilíada y que consideró una mentira considerarla una mentira. Pero a diferencia de Sir Isaac, él sí puso manos a la obra, estudió arqueología, y en la segunda mitad del XIX dedicó todo su tiempo y fortuna a buscar y localizar exactamente lo que restara de la mítica Troya. ¿Y qué cree? Lo logró. Después de múltiples intentos y fracasos, a base de un esfuerzo, físico y anímico, sobrehumano, finalmente dio con las huellas de la ciudad de Priamo. Del aguerrido Héctor y del cachondo enamoradizo de Paris.
Encontró los restos de Troya en la actual Turquía, precisamente en la costa del estrecho de los Dardanelos, cerca del Bósforo y de Estambul. Los vestigios que halló y recuperó no dejaron lugar a dudas. Era el escenario real del drama homérico supuestamente imaginario. Para ello debió renunciar a las tendencias historicistas, meramente teóricas, desechar numerosos postulados arbitrarios sin sustento, y basarse exclusivamente en los resultados de su propia investigación de campo. Schliemann, más que un pragmático fue un empírico.
Prefirió omitir referencias frágiles improbables negando los axiomas verificados en ruinas exploradas. Vagar entre registros obsoletos necesariamente implicaba contradecir atributos validados en numerosos descubrimientos rigurosamente autentificados. Y siguió estudiando restos arqueológicos menos investigados antes.
El éxito del insólito prusiano demuestra que la combinación de inteligencia y pasión es imbatible. Si además le añadimos perseverancia, resulta arrolladora. Y es un regalo para todos nosotros el poder concebir, conmovidos, que Helena, la beldad de beldades, a lo mejor sí existió. Ah, y el caballo.
